jueves, 27 de julio de 2023

De Dourados a Puerto Iguazú, no tan cerca como parecía

   El viernes 30 de septiembre de 2011 al mediodía finalizó el XIII Encuentro Humboldt y era hora de despedirnos de Dourados y de nuestros colegas y amigos, esperando volver a verlos en poco tiempo en algún otro evento. Así que almorzamos junto con los brasileños en un agradable restorán donde aproveché para volver a pedir las típicas comidas acompañadas con feixoada, arroz y bananas.  

 

Con Elias Antonio Vieira del estado de Sao Paulo

 

 

Solange y Telma, quien estaba viviendo en Rio de Janeiro

 

 

Adáuto, de Dourados; y Nathan, quien residía en la ciudad de Brasília

  

Por la tarde, Adáuto y Silvana, nuestros anfitriones, nos llevaron a recorrer diferentes lugares de Dourados que por la intensidad de las actividades del Encuentro no habíamos tenido posibilidades de conocer, y cuando ya el sol estaba cayendo, nos invitaron a probar empanadas brasileñas acompañadas con cerveza, jugo de naranja y helado. 

 

Solange y Silvana degustando empanadas brasileñas

  

Esa misma noche partí junto a Omar y Solange rumbo a Puerto Iguazú, que a pesar de aparecer en los fríos mapas como que se encontraba distante sólo a quinientos kilómetros de Dourados, sabíamos que nos demandaría casi un día llegar a destino.

 

Omar tomando una bebida bien fría en el hotel a la noche antes de partir

  

Efectivamente se trataba de un excelente ejemplo para mis clases de Geografía Económica donde establecía la diferencia entre distancia geométrica y distancia geográfica, diciéndoles a mis estudiantes que en Geografía “…quinientos kilómetros no eran iguales a quinientos kilómetros”, dependiendo de las condiciones físicas del terreno, de la infraestructura existente, de cuestiones políticas, así como de las particularidades de quien se trasladara, fueran tanto relativas a edad, sexo, estado de salud como de carácter socio-económico. Y en este caso se sumaban otro idioma y otra moneda.

Si bien el Google Maps daba como tiempo estimado siete horas con veintiocho minutos, de hecho, hacía referencia a un traslado en automóvil; y aun así no creo que fuera posible recorrer ese trayecto en tan poco tiempo, no sólo por las condiciones del camino sino por la existencia de un paso fronterizo.

La primera cuestión a considerar era que no había servicio directo, no sólo al sector argentino sino tampoco a Foz do Iguacu. Así que tuvimos que tomar un ómnibus que partió cerca de medianoche de Dourados, en Mato Grosso do Sul, para llegar a la ciudad de Cascavel, en el estado de Paraná, casi diez horas después, a la mañana del día siguiente, ya que durante los cuatrocientos diez kilómetros del trayecto subieron y bajaron pasajeros en varias localidades. Además, el vehículo era el equivalente a los servicios comunes de Argentina, y con menores comodidades.

En Cascavel, después de esperar alrededor de una hora que aprovechamos para tener un frugal desayuno, tomamos el ómnibus de la empresa Princesa dos Campos, que me parecía una maravilla, comparado con el anterior, y que en algo más de dos horas recorrió los ciento cuarenta kilómetros que nos separaban de Foz do Iguacu, en una ruta bien marcada pero tan angosta como la anterior.

Desde allí, en un micro local cruzamos la frontera que de no existir controles demandaría media hora para los dieciséis kilómetros que faltaban, pero que, a pesar de no haber tenido inconvenientes, nos llevara una hora más hasta la terminal de Puerto Iguazú.

Y ese era el caso, del cual si bien la distancia Dourados–Puerto Iguazú, que medida en términos geométricos era de quinientos sesenta y siete kilómetros y de sólo ocho horas con treinta minutos, en términos geográficos, es decir en tiempo, había alcanzado a un total de catorce horas, más el desgaste físico que estaría incluido en los costos, ya que los pasajeros nos comportamos como carga perecedera.

Nos alojamos en el Apart Hotel El Paraíso, un lugar pequeño y sencillo, pero muy cómodo y bien ubicado, lo que nos permitió salir a recorrer Puerto Iguazú, a pesar del cansancio. 

 

Catedral de Puerto Iguazú

  

Era sábado a la tarde y la ciudad estaba repleta de turistas. Compramos prendas, yerba mate, y algunas artesanías para llevar de regalo a nuestras familias. Y en cuanto se hizo la noche fuimos a cenar y prepararnos para al día siguiente, volver a visitar las Cataratas. 

miércoles, 26 de julio de 2023

Una bonita excursión en Mato Grosso do Sul

   Entre las excursiones ofrecidas durante el Encuentro Humboldt de Dourados, elegí la que se promocionaba como “BONITO, A NATUREZA E VOCE!”, uno de los destinos más visitados del centro-oeste brasileño, en Mato Grosso do Sul.

Junto con Omar, Solange, Telma y Aline Fernandes Guimarães salí de Dourados casi al amanecer en una van conducida por un chofer profesional, pero que era la primera vez que transitaba por esa ruta, la doscientos sesenta y siete, por lo que en muchas ocasiones se detuvo para consultar si estábamos en el camino correcto, a pesar de que nosotros, con mapa em mano lo íbamos guiando.

Pensábamos que podríamos llegar a ver algo de la mata, sin embargo, lo único que encontramos a lo largo del trayecto fueron rastrojos de plantaciones de soja y de otros cultivos. Y, sinceramente, esa “pampeanización” del Mato Grosso no nos pareció para nada positiva.    

  

Campo de soja a la salida de Dourados como si fuera la llanura pampeana

 

 

Rastrojos de diferentes cereales a lo largo de la ruta 267

 

 

Suelos lateríticos en toda la región

 

 

Silos para acopiar lo cosechado

  

Casi doscientos setenta kilómetros separaban a Dourados de la ciudad de Bonito, pero debido a lo estrecho de la carretera y a las indecisiones del conductor, le pusimos alrededor de cuatro horas.

Nos bajamos frente a la plaza que estaba cubierta de césped, arbolada, con bancos para descansar, pero el monumento central no era el de ningún militar a caballo, sino dos piraputangas saltando sobre una fuente. La piraputanga era un pez plateado y de cola anaranjada, un verdadero emblema de la región.  

  

Piraputangas ornamentales en la fuente de la plaza de la ciudad de Bonito

  

Los pueblos originarios de la región habían sido los Guaianás, los Tapetim, los Chamacocos y los Nelique, todos pescadores y cazadores que contaban con abundantes recursos para subsistir.

En el siglo XVI la zona fue descubierta por los conquistadores europeos que destinaron esas tierras a la agricultura para luego en el año 1797 construirse el “Presídio de Miranda” en lo que fuera la Fazenda Bonito. Y casi un siglo después, la zona fue adquirida por el Capitán Luiz da Costa Leite Falcao, quien expulsó a la población indígena.

Recién en 1927 se fundó la ciudad de Bonito, momento desde el cual la población comenzó a crecer en mayor medida, pero recién hacia fines del siglo XX fue cuando se comenzó a valorar su entorno debido a sus atractivos naturales y arqueológicos, y a hacerse famosa por el ecoturismo. En septiembre de 2011, momento en que nos encontrábamos allí, la población se estimaba en algo más de veinte mil habitantes, con más de cuatro mil camas entre resorts, hoteles, posadas, hostels y casas de familia.  

 

Bonito, centro urbano de una extensa área de bellezas naturales

 

 

Una de las calles principales de Bonito

 

 

SONRÍA! USTED NO ESTÁ SIENDO FILMADO

  

La gastronomía era otro de los atractivos de la región, que se caracterizaba por contar con platos preparados con yacaré, diversidad de pescados y carnes vacunas, costillas de cerdo, gallina, arroces, y otras recetas que desconocíamos por completo.

 

Listado de platos de la cocina regional

 

 

El restorán Tapera era uno de los más destacados

 

 

El restorán O Casarao ofrecía rodízio de pescados y yacaré

  

Retomamos la ruta en dirección a Campo dos Índios, donde otrora predominara la actividad ganadera, sin embargo, pudimos ver más vestigios de lo que fuera la mata del sur brasileño.

Veinte años atrás Bonito era el centro de una zona de estancias de miles de hectáreas dedicadas a la ganadería, sus calles eran de tierra, en los ríos se pescaba con arpón y sin restricciones, y en el campo se cazaban los mismos jabalíes que ahora sólo se enfocaban con binoculares. Cada tanto había tiroteos porque los fazendeiros no daban un paso sin su arma por si se encontraban con un jaguar o para evitar robos de ganado. Hasta hacía poco se podía conseguir una aroeira, el árbol más alto del cerrado, de una madera noble y duradera, en cualquier aserradero, pero ya no era sencillo porque estaba protegida. Pero cada vez más estancieros cambiaban la cría de cebúes blancos por el turismo ya que habían descubierto que dentro de sus propios campos había cachoeiras, arroyos de agua cristalina donde se podía flotar con máscaras de snorkel, se podían avistar aves, hacer rappel, mountain bike y trekking.

 Los mismos estancieros que antes desmontaban sus campos, ahora trabajaban con los biólogos haciendo planes de reforestación y creando reservas privadas de patrimonio natural, por un compromiso ecológico, ¿o sólo para eximirse de pagar impuestos? Bonito se había convertido en un polo ecoturístico con énfasis en el uso responsable de los recursos naturales o “turismo consciente”. 

 

Cada tanto, entre los cultivos podían verse áreas reforestadas

  

El hecho era que el turismo les estaba dando de comer, pero todos coincidían en que la transición no había sido fácil porque para ellos eran inaudito que a alguien le interesara mirar peces con una máscara. Y recordaban que Sergio Ferreira González, el primero que habló de la importancia ecoturística de la región y del riesgo de los agroquímicos y el desmonte, fue amenazado de muerte. Pero poco a poco, con la ayuda de la Conferencia Eco 92 realizada en Rio de Janeiro, los habitantes de Bonito entendieron que el turismo ecológico también podía ser un negocio, por lo que no se podían utilizar agroquímicos cerca de los ríos, el ganado no podía llegar a más de cincuenta metros del agua, y además se aplicaron normativas y leyes del IBAMA (Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables) que debido a su cumplimiento habían recibido varios premios.   

   

Vestigios de la mata brasileña y del parque de palmeras entre los viejos alambrados

  

A poco de Bonito se encontraba la sierra de Bodoquena que se suponía que hacía más de quinientos millones de años fuera parte del océano, y que debido a los movimientos tectónicos, a la erosión y a la presencia de formaciones calcáreas se había formado un paisaje con tantas atracciones naturales.

 

Sierra de Bodoquena en las cercanías de Bonito

 

 

La mata a la vera de la ruta

 

 

La vegetación sobre los morros

  

Y en algunos minutos estábamos arribando a la Gruta do Lago Azul, que se trataba de una gran caverna con estalactitas y estalagmitas calcáreas que tenía en su interior un lago de aguas azules cristalinas.    

 

Ingreso a la Gruta del Lago Azul

 

 

Con Omar, Telma, Solange y Aline preparados para ingresar a la Gruta del Lago Azul

 

 

Sendero que conducía a la gruta

  

La Gruta do Lago Azul, declarada Monumento Nacional, fue descubierta por los indios Terena en 1924, y se localizaba en la Fazenda Jaraguá, a sólo veinte kilómetros de Bonito.

 

 

 

Entrada a la gruta, rodeada de mata

 

 

Lianas y estalactitas

 

 

Desde dentro de la gruta

 

 

Omar en la Gruta do Lago Azul

 

 

En algunos lugares parecía fantasmagórica

 

 

Rocas con alto contenido de azufre

 

 

Estalagmitas con malaquita

 

 

Detalle de las rocas de la gruta

 

 

El hijo de Jacques Cousteau había hecho una expedición a la Gruta

  

Al fondo de la gruta se encontraba un hermoso lago de aguas azules muy cristalinas, cuyo origen se desconocía, aunque muy probablemente se alimentara de un río subterráneo.  

 

Al fondo de la gruta se encontraba el lago Azul

 

 

Saliendo de la gruta

  

Durante la tarde fuimos al Balneario Municipal de Bonito que se encontraba a siete kilómetros del Centro de la ciudad, y era administrado por la Prefeitura local. Se encontraba a la vera del río Formoso de aguas cristalinas donde, además de poder admirar a una gran cantidad de peces, algunos integrantes del grupo se sumergieron para nadar entre ellos. 

 

Balneario Municipal de Bonito

 

 

Río Formoso con gran cantidad de vegetación en sus márgenes

  

 

Variedad de peces en las aguas cristalinas del río Formoso

 

Piraputangas, pacús, curimbatás y enorme dorados

 

 

Solange y Telma nadando entre los peces

 

 

Debido a la calma de las aguas del río Formoso, las chicas se animaron a más

 

 Todo era tan placentero que nuestro chofer se entusiasmó y se fue a comprar una zunga para también él poder disfrutar del lugar, pese al riesgo que eso implicaba para nuestro regreso.

El detalle fue que gastó todo lo que llevaba encima y tuvo que pedirles a las chicas brasileñas algo de dinero para comprar el combustible.

 

El chofer en zunga poniéndose el salvavidas junto a Aline y Solange

 

Pero el balneario contaba además con buenas infraestructuras para camping, áreas deportivas, bares, restoranes, barbacoas y un espacio para el canto y la danza donde un buen número de parejas bailaban diferentes ritmos, incluso tango. 

 

Parejas bailando diferentes ritmos en el Balneario Municipal de Bonito

  

Mientras permanecíamos observando a los improvisados bailarines, divisamos a lo lejos un guacamayo rojo (Ara chloropterus) posado sobre el tejado de una de las instalaciones; y a pesar de que supusimos que se iba a espantar, fuimos acercándonos sigilosamente con el fin de fotografiarlo. Pero lejos de que eso ocurriera, nos miró durante un largo tiempo con cierta desconfianza, para luego posar para nuestras tomas. 

 

Guacamayo rojo (Ara chloropterus)

 

 

Guacamayo mirándonos con desconfianza

 

 

Guacamayo posando para nuestras tomas

  

La idea inicial era arribar a Dourados antes de que se hiciera de noche, pero la estada en el balneario duró más de lo pensado y la oscuridad plena nos sorprendió en la ruta.

Todos estábamos sumamente cansados, pero fundamentalmente temíamos por el chofer, ya que el haberse sumergido en el río Formoso podía generarle somnolencia como nos estaba ocurriendo a la mayoría de nosotros. Por eso las chicas se encargaron de darle conversación para evitar el cabeceo.

Y en determinado momento, cuando todos estábamos muy relajados y disfrutando con tranquilidad del regreso, un vehículo se nos vino encima. No puedo describir exactamente qué pasó porque, como casi todos los demás, estaba distraída, pero lo que sé es que, gracias a una audaz maniobra de nuestro chofer, terminamos pasando apretadamente en medio de dos coches. Él continuó conduciendo como si nada hubiera pasado, pero todos quedamos absolutamente mudos hasta llegar a nuestro destino.

Esa noche nos reunimos a comer unas pizzas frente al hotel Bahamas con algunos de nuestros colegas y amigos brasileños, a quienes les preguntamos sobre las sesiones del Encuentro y, a la vez, les contamos todo lo vivido.

 

Con Nathan


 

Omar y Odeibler Santo Guidugli

  

Con Omar, Telma, Aline, Solange, Nathan y Luiz Fernando Mazzini Fontoura

  

Creo que en todo el mundo, cuando se pensaba en Brasil se tenía como principal referencia a las extraordinarias playas de arenas blancas y con un clima que permitía aprovecharlas durante gran parte del año. Y si bien en parte coincido, ya que una de las ciudades que más me agradaban de las muchas que conocí en el mundo, era Río de Janeiro, considero que Brasil era mucho más que eso, que se trataba de un país tan extenso como bonito, tanto en la costa como en su interior profundo.