miércoles, 28 de febrero de 2018

En la zafra algodonera del Chaco


  
Fue así que en mayo de 2004, partí de Buenos Aires rumbo a la capital de la provincia del Chaco, acompañada por mi hijo Martín que en ese momento tenía trece años. Salimos a la noche, cruzamos el río Paraná por el puente Zárate-Brazo Largo, que siempre es algo muy agradable, atravesamos toda la provincia de Entre Ríos, la de Corrientes, y volvimos a Cruzar el Paraná por el puente General Belgrano hacia la localidad de Barranqueras, para llegar a la terminal de ómnibus de Resistencia en las primeras horas de la mañana.
 Nos alojamos y nos apuramos en ir al Centro a buscar información a diferentes entidades gubernamentales, ya que como en toda ciudad del norte argentino, las actividades comienzan muy temprano, pero al mediodía se cierran oficinas y negocios con el fin de almorzar y dormir una larga siesta. Y nosotros tuvimos que imitarlos porque las calles se comenzaron a vaciar.
Resistencia era una ciudad que siempre me había resultado amigable, no necesariamente a nivel arquitectónico, pero sí a nivel humano. La gente era calma, simpática y muy amable. Y esas cualidades, hoy por hoy, deberían cotizar en bolsa. Tal vez esas particularidades puedan también que ver con su escasa cantidad de habitantes, que para esa época apenas superaba los trescientos cincuenta mil, a pesar del fuerte proceso inmigratorio que se estaba produciendo, y de ser un nudo de comunicaciones a nivel regional.
Había sido fundada en 1878 sobre la base de un asentamiento forestal. Las calles eran espaciosas y las veredas anchas, lo que daba fluidez a la circulación. Pero su proximidad al río Paraná y el ser atravesada por el río Negro, hacía que fuera susceptible de muy frecuentes inundaciones. Su clima subtropical sin estación seca, con precipitaciones de alrededor de 1300 mm anuales, con una pequeña merma en el invierno contribuían a ello.
Y a pesar de que su plaza central se encontrara en el lugar de mayor altitud relativa del sitio, de hecho, el casco estaba emplazado en el valle aluvional del río Paraná, no demasiado distante de la confluencia del río Paraguay, que también solía llevar un gran caudal. Y a esto se le sumaba sus deficiencias de escurrimiento por encontrarse en una hondonada, la impermeabilidad de sus suelos, predominantemente arcillosos, y que muchas lagunas naturales hubieran sido rellenadas para ampliar el ejido urbano. Y, además, a que las obras de infraestructura no respondían a los requerimientos de esta situación.
 Si bien en Resistencia abundaban las plazas, la 25 de Mayo era la más importante. Tenía cuatro hectáreas de extensión y constituía el epicentro de la ciudad. Contaba con una tupida arboleda que proporcionaba buena sombra en un lugar donde las temperaturas podían superar los 45ºC en pleno verano. También rodeando el monumento al General San Martín podían verse varias palmeras a modo de custodia.
 Los pueblos originarios que conformaban la población de la ciudad eran tobas, matacos y mocovíes, pero a ellos se le sumaron europeos, predominantemente del norte de Italia y del sur de Austria. Y la mayoría de los criollos han provenido de la provincia de Corrientes y del Paraguay.
Según estadísticas oficiales más del 60% de la población urbana estaba bajo la línea de pobreza, de la cual casi la tercera parte, bajo la línea de indigencia, lo que la situaba entre las ciudades más pobres del país, siendo el sur del área urbana la que se encontraba en condiciones más desfavorables.
Cuando bajó un poco el sol, salí a caminar con Martín, aunque los negocios aun estaban cerrados. Pero debido a la gran cantidad de esculturas que poseía, que las había por todas partes, las calles constituían un verdadero museo a cielo abierto, lo que nos permitió contemplarlas sin que nadie nos interrumpiera. Y también pudimos visitar El Fogón de los Arrieros, un centro cultural donde se exponían artesanías y objetos de diversa índole.
 Otro de los lugares hacia donde me dirigí por información sobre la zona que pretendía estudiar, fue la Universidad Nacional del Nordeste. Pero al margen de lo específico que fui a buscar, en su hall central, nos encontramos con la exhibición de un gran bloque del meteorito El Chaco, que cayera en Campo del Cielo, en el sudoeste de la provincia, hacía alrededor de cinco mil años, y que era una de las piedras más grandes de las caídas desde el cielo. Nosotros habíamos visto otro de los fragmentos a la entrada del planetario de la ciudad de Buenos Aires.
Una vez concluidas todas las actividades que tenía programadas para la ciudad capital, regresamos a la terminal para tomar un ómnibus que nos llevara a la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña. Y como suele hacerse antes de viajar, pasamos por los baños, donde encontramos el insólito cartel de “SOLO PARA ORINAR”, ya que se contaba con un balde de agua como única descarga. Y como esto ya era de carácter permanente, daba una idea más de las condiciones de precariedad en que se encontraban ciertos servicios públicos.
 Presidencia Roque Sáenz Peña era una ciudad que no contaba con grandes atractivos para mi gusto, salvo su plaza central que se destacaba por sus árboles de grandes hojas, y, por ende, de buena sombra. Algo que nos resultó imprescindible a pesar de estar en el mes de mayo.
 Nuestra estada allí iba a tener como principal objetivo hacer entrevistas a personas abocadas a la producción y comercialización del algodón y de productos del agro, así como las relacionadas con las principales fumigadoras; además de ser el punto de partida hacia la zona algodonera de la ruta provincial número 95.
Una vez finalizadas las visitas y entrevistas en la ciudad, contraté un remis para desplazarme por la zona rural.
Tomamos la ruta hacia el sur, y comenzamos a recorrer los campos donde se estaba llevando a cabo la última etapa de la cosecha del algodón, que había comenzado en el mes de febrero. Desde la ruta veía muchas mujeres trabajando, y algunas con sus hijos atados a la espalda, pero en ninguno de esos sitios nos permitieron ingresar. Era muy común que los grupos familiares completos trabajaran en la zafra, ya que la mano femenina retiraba con mayor delicadeza el copo de la planta, ayudadas por los niños, mientras los hombres armaban y cargaban los fardos.
Uno de los agravantes de esa situación, de por sí muy sacrificada, era que, al registrarse tan altas temperaturas, la cantidad de plaguicidas que se utilizaban era muy superior a los de otras zonas, pero, además, al tratarse de un producto no destinado a la alimentación, nadie se ponía límites en el uso de los tóxicos. Y además de su aspiración, hecho ya totalmente insalubre, al ser tomado el copo con las manos, sin ningún tipo de protección, el veneno era distribuido rápidamente al resto del organismo propio como a los cuerpos ajenos. ¡Y ni qué hablar de los fetos, bebés y niños que acompañaban a las mujeres! Pero ese detalle no era tenido en cuenta absolutamente por nadie.
Y después de dar varias vueltas, nos permitieron ingresar a una plantación entre las localidades de La Tigra y La Clotilde donde sólo trabajaban hombres. Era lógico, ellos prácticamente no hablaban, y mucho menos con una mujer, por lo que lo único que pude lograr fue tomar algunas fotografías y nada más.
Pero allí comprobé lo que expresaba Ramón Ayala, en su rasguido doble, intitulado “El Cosechero”:

El viejo rio que va
Cruzando el atardecer
Como un gran camalotal
Lleva la balsa en su loco vaivén

Rumbo a la cosecha cosechero yo seré
Y entre copos blancos mi esperanza cantaré
Con manos curtidas dejaré en el algodón
Mi corazón.

La tierra del Chaco quebrachera y montaraz
Prenderá en mi sangre con un ronco sapucay
Y será en el surco mi sombrero bajo el sol
Faro de luz

Algodón que se va ... Que se va ... Que se va ...
Plata blanda mojada de luna y de sol
Un ranchito borracho de sueños y amor
Quiero yo

De Corrientes vengo yo
Barranqueras ya se ve
Y en la costa un acordeón
Gimiendo va su lento chamamé

Rumbo a la cosecha cosechero yo me iré
Y entre copos blancos mi esperanza cantaré
Con manos curtidas dejaré en el algodón
Mi corazón

En realidad, dejaban la vida; la de ellos y la de sus hijos. Trabajaban de sol a sol. De ese sol que nos estaba partiendo la cabeza. En ese momento la temperatura superaba de lejos los 30ºC. ¡Inimaginable lo que ocurriría en el mes de febrero! En que según dijeron, la sensación térmica llegaba a 50ºC. Y a eso había que sumarle los insectos y los reptiles que se mimetizaban con la vegetación. Pero allí suero antiofídico no había. Nosotros estábamos rociados en repelente y teníamos la prevención de no internarnos en los surcos más angostos, pero los zafreros no podían tener esos cuidados.
Yo pregunté si no usaban algunas de las maquinarias que había visto en los campos más cercanos a Sáenz Peña, a lo que los capataces me respondieron que la mecanización deterioraba las plantas, pero que además la mano de obra era más barata que el combustible. Ahora bien, que cuando la gente se quejaba de la paga, la amenazaban con reemplazarla con las máquinas. De todos modos, algunos establecimientos ya habían comenzado a reemplazar el algodón por cultivos de soja, y eso les ahorraba al máximo la cantidad de brazos.
Dejamos el remis en La Clotilde, y desde allí tomamos un colectivo de línea, bastante elemental, que nos llevó hasta Villa Ángela, lugar de acopio y comercialización de gran parte de la producción algodonera. Pero en el camino el sol pegaba sobre los vidrios y nos deshidratamos totalmente. Teníamos los labios resecos a pesar de que íbamos tomando líquido permanentemente, y toda la ropa empapada por la traspiración. Así que, al llegar, buscamos un buen hotel para poder reponernos un poco.
Al día siguiente continuamos el periplo observando, fotografiando, tomando nota y haciéndome de toda la documentación que fuera posible.
Y el lugar más representativo que visité fue el hospital. Allí me contacté con algunas cosecheras que iban a atenderse por diversos motivos, y pude recabar información sobre las pésimas condiciones de trabajo a las que estaban sometidas ellas y sus hijitos. A la mayoría les faltaban varias piezas dentales, estaban malnutridas, ojerosas, y todas aparentaban mucha más edad de la que acusaban. Ellas me contaron que habían tenido que trabajar hasta el último día de preñez y que más de una había parido en el mismo campo de trabajo sin ninguna ayuda, ni de médico, ni partera, ni comadrona. Y que, en esas ocasiones, varios recién nacidos no habían podido sobrevivir, y en muchos casos tampoco lo había conseguido la madre. También hablaron sobre las mordeduras de víboras, razón por la cual una de ellas había perdido a su marido, ya que como no tenían cómo resolverlo, los patronos lo habían dejado abandonado a la vera del campo. La mayoría de los relatos eran gravísimos, pero nadie les había dado lugar a que lo denunciaran ni a la policía ni a los medios. Aunque, por otra parte, ellas mismas tenían temor a perder ese miserable trabajo. Todo esto coincidía, lamentablemente, con los datos que indicaban para esa área, las más altas tasas de mortalidad infantil y mortalidad femenina temprana.
Después me atendió el director, un médico de gran trayectoria en el lugar, quien me aseguró que llevaba una estadística paralela a la que le pedían la Provincia y la Nación. Él hizo referencia no sólo a haber encontrado agroquímicos no permitidos en leche materna, semen y sangre, sino que atribuyó una serie de abortos naturales y deformaciones a que las mujeres estuvieran en contacto con agrotóxicos durante el embarazo. Y agregó que esto, si bien afectaba especialmente a los cosecheros, también tenía impacto sobre el resto de la población ya que gran parte de las fumigaciones se realizaban vía aérea.
La realidad era absolutamente patética, y consideré que, como geógrafa, podía aportar con un granito de arena el intentar resolver esa dramática situación. Y fue por esa razón que elegí la zona algodonera del Chaco como tema de investigación de mi tesis doctoral.

sábado, 24 de febrero de 2018

Vacaciones de verano en Villa Carlos Paz






En el mes de enero de 2004 fui de vacaciones a Villa Carlos Paz con mi hijo Martín, mis nietas Ludmila y Laurita, y Luciana, la mamá de las nenas.
Salimos de Buenos Aires formando parte de un contingente. Habíamos contratado los servicios de la empresa EstrellaCóndor, que charteó un micro semicama, y nos llevó directamente hasta un hotel que estaba a dos cuadras del lago San Roque.
El lugar estaba muy bueno, el ambiente era muy familiar, y había hamacas y una pileta, que terminaron siendo los principales divertimentos de los chicos. El comedor era muy amplio y limpio, y allí teníamos todas las comidas ya que el paquete incluía pensión completa. Pero el problema era que a Luciana no le gustaban la mayoría de las comidas, y a Martín todo le parecía poco, por lo que terminaba comprando algo más en el supermercado para llenar sus barrigas. Pero para esto debía cruzar por un puente, y una de las veces salí con el cochecito llevando a Laurita, atravesé un puente sobre el lago y al cruzar la avenida San Martín donde estaba DISCO, se trabó una de las ruedas en un bache, y allí quedó. Por suerte la beba no se cayó, pero el cochecito se destartaló de tal manera que no sirvió más.
Una tarde, después de un chapuzón, cuando ya el sol había bajado suficientemente, fuimos caminando despacito hasta el reloj Cu-Cú. Llegamos a las ocho de la noche, pero aun era de día. El reloj, realizado por el Ingeniero Carlos Plok, con quien colaboraron los ingenieros Jüergen Naumman y Carlos Wedemeyer, pasó a ser un ícono de Villa Carlos Paz. Estos profesionales alemanes integraban un equipo técnico que trabajaba en las Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado, teniendo a su cargo importantes estudios relacionados con la fabricación de aviones como el “Pulqui II” a reacción y el biturbohélice “IAE 35”. Plok y Neuman se asociaron para instalar una fábrica de relojes en la zona de Villa del Lago, donde construyeron este modelo en gran escala. La totalidad del material utilizado era argentino, y tanto la caja exterior como la máquina fueron consideradas en su momento como las más grandes del mundo. El reloj se inauguró el 25 de mayo de 1958. Medía siete metros de altura y la decoración de la caja, con hojas talladas a mano, fue hecha en madera de raulí. Un gran pájaro Cu-Cú de madera policromada se asomaba para cantar las horas y las medias horas, acompañado por un gong gigante.

Luciana con Ludmila y Laurita en brazos, y Martín junto al reloj Cu-Cú


Otro día tomamos un colectivo local y camino a Tanti, nos bajamos en Peko’S, un complejo didáctico de divertimento para chicos, ¿pero por qué no también para grandes? En cuanto ingresamos, Luciana y Martín quisieron sacarse una foto con sus cabezas en los burritos, un simpático símbolo cordobés.
                                         
Luciana y Martín como burritos en Peko’S



Después entramos al salón de los espejos, donde nos reímos mucho al ver cómo nuestras figuras adquirían distintas formas.


Martín observando su cara alargada y sus manazas


Los espejos cóncavos y convexos hacían que, según como nos ubicáramos, pareciéramos gordos, flacos, estirados o achatados.

La estiradísima figura de Ludmila que miraba sin comprender


Y de allí pasamos al laberinto de cristal, donde todos nos perdimos, sin embargo, Martín rápidamente encontró la salida y volvió a ingresar. Es característica de los autistas tener un gran sentido de la orientación, y, además, memoria para hacer tal cual, el mismo recorrido todas las veces que volvió a entrar. Así que tanto Luciana y yo, como otra gente que estaba perdida, le pedimos desesperadamente que nos sacara de allí.
Después pasamos a otros sectores donde había juegos y muestras para todas las edades, y nos quedamos hasta el cierre, ya avanzada la tarde. Y al cruzar la ruta para tomar el colectivo de vuelta, encontramos una fábrica de alfajores, que no pudimos dejar de visitar y comprar varias cajas.
Debido a la corta edad de las nenas, Ludmila no había cumplido todavía los dos años y Laurita estaba por cumplir los nueve meses, no hicimos demasiadas excursiones. Gran parte del día lo pasábamos dentro de la pileta, o bien Martín y Ludmila iban a las hamacas, aunque la siesta era obligada, porque ni debajo de los árboles del jardín se soportaban las altas temperaturas. Y si no querían dormir, dejábamos que jugaran bajo el ventilador, que más de una vez no había resultado suficiente, por lo que les permitíamos jugar con el agua en el baño, para que se mantuvieran fresquitos.



El tío Martín dándole la mamadera a Laurita mientras Ludmila la peinaba


Una de las salidas que hicimos fue la de La Cumbrecita, lugar que Martín y yo habíamos visitado en invierno, y que en verano se presentaba mucho más atractivo. Por la altura, las temperaturas eran muy moderadas y todos los senderos estaban repletos de flores, y al ser peatonal pudimos caminar con las nenitas sin sobresaltos.

Ludmila y Martín caminando por la calle en La Cumbrecita


Almorzamos tranquilos en un lugar muy agradable disfrutando del paisaje serrano. Y desde allí bajamos a Villa General Belgrano, donde Luciana se hizo una gran panzada con las típicas tortas de chocolate.
Por las noches, después de cenar íbamos al Centro, que era un verdadero loquero. Casi no se podía caminar por la cantidad de gentes en las calles, pero el gran atractivo era un pequeño parquecito de diversiones, donde podíamos disfrutar de los juegos, luego de largas filas, por supuesto.




Ludmila y Luciana en el parque de diversiones


Martín disfrutaba mucho de los juegos veloces


Y antes de regresar a Buenos Aires, como no podía ser de otra manera, pasamos un día entero en Córdoba Capital, que estaba tan bonita como siempre, con su gran pérgola sobre la peatonal y sus edificios históricos.
Visitamos la Catedral e hicimos una recorrida por los principales comercios, donde compramos recuerdos para el resto de la familia, y los chicos se enloquecieron con los muñecos de Piñón Fijo, reconocido payaso cordobés.
Fueron unas lindas vacaciones por el hecho de compartir familiarmente unos días de descanso, pero a Villa Carlos Paz, tal cual a Mar del Plata, las prefiero en temporada baja.




lunes, 25 de diciembre de 2017

A Valparaíso por el Congreso Chileno de Geografía


En noviembre de 2003, se llevaría a cabo en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, el XXVI Congreso Nacional y IX Internacional de la Sociedad Chilena de Ciencias Geográficas. Me interesaba mucho participar, pero la situación económica en Argentina había mejorado muy poco desde la crisis de 2001, y debido al tipo de cambio imperante, se nos hacía prohibitivo viajar a Chile.
Pero mi colega y amiga Camila Quintana Binimelis, me ofreció parar en su casa de Santiago e ir juntas diariamente a Valparaíso. Yo había conocido a Camila cuatro años antes en el EGAL de Puerto Rico, luego ella había venido al Encuentro Humboldt de Buenos Aires, y nos habíamos seguido viendo a un lado y otro de la Cordillera en los años que siguieron. Además de ser muy estudiosa y apasionada por aplicar sus conocimientos para resolver cuestiones concretas, me parecía una excelente persona y con un temperamento muy jovial. Por lo tanto, acepté la invitación.
Nuevamente experimenté la emoción de cruzar la Cordillera durante el deshielo. No me canso de verla. Debo reconocer que los paisajes áridos tienen su encanto, y que, a pesar de haber nacido en la llanura, me atraen las montañas. Tal vez esa preferencia provenga de mis ancestros, ya que todos ellos fueron habitantes de los Apeninos, y la melancolía me la hayan traspasado genéticamente.
 Camila fue a buscarme a la terminal de buses y me llevó a su casa. Allí nos aguardaba su madre, Cecilia Binimelis, una mujer encantadora. Y como toda mamá, en cuanto llegamos nos quiso alimentar. Que Camila me ofreciera su casa representaba una gran hospitalidad, pero que, además, me diera el cuarto de su hijo, ya me parecía demasiado… ¡Pobre Camilo! Lo mudaron a otra parte de la casa.
Pero en esa casa había otros habitantes, que eran las mascotas de Camilo. En el fondo, además de las plantas, estaba el gallo. Pero un gallo muy especial, que se creía perro. Tal vez porque había sido criado con muchos mimos. Cantaba cuando llegaba alguien y atacaba a los desconocidos. Así que cuando quise ir al patio, tuve que hacerlo con los miembros de la familia para que él viera que todo estaba bien, y ya después no tuve problemas. Me resultó muy simpático y tal como los dueños de casa, no pude comer pollo durante todo el tiempo que estuve allí.
Tomando ómnibus, metro y micro de larga distancia, todos los días íbamos a Valparaíso. El lugar donde se hizo el Congreso estaba cerca del mar, en una zona de gran oleaje.
 En Valparaíso Camila me llevó a visitar lugares que no conocía y juntas revolvimos librerías y ferias de artesanos. Era muy común en esta ciudad encontrar pintores que la plasmasen tanto en lápiz, carbonilla u óleos, y vendieran sus imágenes a precios muy módicos.
 En esa oportunidad, en el Congreso no había casi participantes argentinos, pero sí chilenos de todas partes, por lo que me volví a encontrar con mis amigos, y con muchos de ellos compartí la salida de campo.
 Recorrimos varios cerros donde se manifestaban las diferencias sociales existentes entre ellos, y además pudimos tener una vista panorámica de la ciudad. La mayor parte de los cerros se encontraban habitados por población en condiciones muy precarias. Porque además de los materiales utilizados, se emplazaban sobre pendientes muy abruptas y no debe olvidarse de que se trataba de un área de alta sismicidad tanto por intensidad como por frecuencia.
 En otros cerros podían apreciarse nuevos emprendimientos inmobiliarios, pero habría que ver si las normas de seguridad en la construcción eran las adecuadas.
 Como panorama general la ciudad se veía muy bonita por el marco de la Cadena de la Costa que la asemejaba a un anfiteatro, pero al acercarnos a cada barrio, la impresión era muy diferente. No obstante, seguía siendo la ciudad chilena que más me gustaba.
 Todos los días al mediodía sólo comíamos un italiano (sándwich de salchicha con mucha palta, mayonesa, tomate picado y ají). Pero al regresar, Cecilia nos esperaba con la “once”, que era el nombre que en Chile se le daba a la merienda. La “once” era mucho más cargada que un simple té con algo dulce, y muchas veces se hace alrededor de las siete de la tarde reemplazando así a la cena. Dicen que originariamente ese nombre se debía a que algunos pedían de ese modo el aguardiente, que tiene once letras.
Cecilia Binimelis era una periodista muy comprometida. Muchas de sus denuncias le habían hecho pasar momentos duros en su vida. Pero continuaba con mucha fuerza su vocación. Y sabiendo que yo estaba investigando sobre agrotóxicos, uno de sus temas predilectos, me vinculó con centros de información y me dio documentos de su archivo personal. Porque a pesar de que se pretendiera “vender” otra imagen, determinadas problemáticas eran mucho más graves en Chile que en Argentina. Y el caso de las mujeres que trabajaban en la fruticultura era paradigmático, no sólo por los efectos directos sobre ellas, sino sobre su descendencia.
Junto con Camila y el historiador Patricio Quiroga, visitamos la Universidad ARCIS (Universidad de Arte y Ciencias Sociales), donde ellos se desempeñaban. Allí pude conocer a parte del plantel de investigadores y docentes, de gran reconocimiento internacional.
También recorrimos los alrededores de Santiago. Zonas que otrora formaban parte del cordón de vides, estaban ya convertidas en barrios cerrados con sus respectivos shoppings. Sin duda, el aumento del valor de esas tierras para emprendimientos urbanos y la diferencia del tipo de cambio con el consecuente abaratamiento de Argentina, hizo que algunas de las bodegas chilenas, produjeran en la provincia de Mendoza.
Y ya llegando a su fin de esta nueva visita a Chile, como despedida fuimos a cenar a un restorán-museo que guardaba diferentes antigüedades, en especial frascos. Allí acompañé el cerdo con una ensalada chilena (tomate y cebolla), y de postre, comí torta con manjar, que era la versión chilena del dulce de leche. En lo que estuvimos flojas, fue que el brindis lo hicimos con gaseosas en lugar de tomar un Concha y Toro.
 Como en todos mis viajes trasandinos fueron muy grandes las satisfacciones, por lo que siempre estoy pensando en volver.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Córdoba, siempre de temporada


“Córdoba, siempre de temporada”. Así decía el slogan que promocionaba el turismo en la provincia, y realmente no se equivocaban. En todas las estaciones del año se podía disfrutar de algo especial, por lo que cualquier pretexto era bueno para hacerse una escapadita. Y fue así que, a mediados de octubre de 2003, con la excusa de organizar el Encuentro Humboldt que tendría lugar once meses después, partí junto con Omar y Martín rumbo a Villa Carlos Paz.
Nos hospedamos en el hotel Brisas, frente a la terminal de ómnibus, y prontamente salimos a recorrer salones, hoteles y lugares donde comer. Pedimos precios, exigimos condiciones, y contratamos algunos servicios. Y fundamentalmente, hicimos presentaciones ante diferentes instituciones de Villa Carlos Paz y de Córdoba Capital, para lo cual el Prof. Claudio Caneto nos brindó un gran apoyo en todas las gestiones.
Y ya libres de compromisos, aprovechamos para hacer algunas salidas. Primeramente, tomamos un micro y fuimos vía valle de Punilla hasta Capilla del Monte, simplemente para recorrerla y llegar al pie del cerro Uritorco. Todos hablaban sobre los OVNIS, pero un taxista, al que le tiramos de la lengua, reconoció que se trataba de una estrategia para atraer turistas. La cuestión era que la gente creía en eso y en la carga energética de las rocas sobre el organismo, y de allí surgía la venta de una gran cantidad de productos y servicios.
A la tarde no había un alma por la calle. Todos los negocios estaban cerrados y terminamos refugiándonos en un bar. Pero cuando abrieron, las calles se llenaron de gente y el movimiento comercial fue muy intenso, a pesar de estar en temporada baja. Y antes de que se hiciera de noche estábamos regresando a Carlos Paz.
Al otro día hicimos la excursión a las Altas Cumbres, llegando hasta el camino de los túneles desde el cual se veían los llanos riojanos. El recorrido tan bueno e impactante como siempre, pero mucho más impactante fue cuando a la hora de almorzar, el vehículo que nos transportaba se detuvo en una especie de rancho-restorán, donde servían un menú fijo de empanadas, asado y bebida por un precio elevadísimo. La cuestión era que no había ningún otro lugar a la redonda, y todo era un desierto. La calidad de la comida era buena, pero quienes no disponían de ese dinero o bien no querían gastarlo, se quedaron sin comer, lo que generó un gran revuelo, porque la empresa no nos había avisado previamente, por lo que nadie había podido optar por llevarse una vianda.
El día había sido de pleno sol, y al volver, ya de noche, el cielo estaba cubierto de estrellas. Y cuando habíamos pasado la Quebrada del Condorito, Martín se tapó repentinamente los oídos y comenzó a decir: “Trueno…, trueno…, trueno… ¡Está lloviendo…!” Pero el cielo continuaba estrellado y nadie veía relámpagos ni escuchaba nada. Todos, y en particular el guía, le dijimos que todo estaba bien, que no iba a llover… Sin embargo, él insistía y mantenía sus dedos en los oídos. Y cuando dimos la vuelta por la última curva de la montaña, desde donde ya podía verse Carlos Paz, los relámpagos comenzaron a iluminarnos dentro del vehículo y una lluvia torrencial nos obligó a transitar a paso de hombre. Como a todo autista, su elevada sensibilidad le había permitido percibir y oír a cincuenta kilómetros de distancia, y tras las laderas de las montañas, semejante tormenta.
Al día siguiente volvió a salir el sol, y entonces nos dirigimos hacia el sur. En media hora ya estábamos en la ciudad de Alta Gracia, en pleno valle de Paravachasca.
La combi nos dejó en la plaza Manuel Solares, muy arbolada y con bancos que permitían sentarse para descansar plácidamente disfrutando del canto de los pájaros que a esa hora de la mañana podían escucharse sin sobresaltos.
Y frente a ese espacio verde, se encontraba el Casco de la Estancia Jesuítica, que en el año 2000 había sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, junto con las otras estancias y la Manzana de la Compañía: Iglesia, Capilla Doméstica, Residencia de los Padres, Rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba y Colegio Monserrat.
La Estancia Jesuítica de Alta Gracia fue destinada por los padres de la Compañía para contribuir al mantenimiento del Colegio Máximo y del templo en la ciudad de Córdoba. El centro rural estaba integrado por la Residencia (actual museo), la Iglesia (actual Parroquia Nuestra Señora de la Merced), el Obraje donde se desarrollaban actividades industriales, la Ranchería (vivienda de negros esclavos), el Tajamar (dique), los Molinos Harineros, el Batán (edificio que alberga una máquina movida por el agua y compuesta por mazos de madera cuyos mangos giran sobre un eje para golpear, desengrasar los cueros y dar consistencia a los paños) y otras construcciones que datan de los siglos XVII y XVIII.

Construcciones jesuíticas en Alta Gracia


En 1643 los jesuitas construyeron un pequeño dique como reserva de agua que destinaban al regadío de los cultivos. Esa laguna era conocida con el nombre de Tajamar.

Tajamar de la Estancia Jesuítica de Alta Gracia


Visitamos el Museo de la Ciudad “Dr. Félix Cafferata”, que contenía la reseña fotográfica de la familia Piñero y Cafferata, quienes fueran los dueños originales de esa casona ubicada frente a la plaza, construida en el año 1891. También había documentación referida a la Estancia Jesuítica, una sala estaba dedicada a la memoria de los gobiernos municipales y moblaje de diferentes edificios de relevancia histórica, como el Sierras Hotel, así como una reseña fotográfica de las distintas décadas del siglo XX en Alta Gracia.
Luego fuimos al Museo del Che Guevara, que funcionaba desde hacía sólo dos años atrás en la casa que él habitara durante su niñez, entre los años 1932 y 1943, donde había sido llevado por sus padres con la esperanza de que el clima seco mejorase su enfermedad respiratoria. Allí se exhibían el mobiliario, testimonios, escritos, fotografías, recuerdos y homenajes recibidos por el Che.
Ya avanzada la mañana continuamos viaje e hicimos una parada en uno de los miradores del dique Los Molinos. La presa Los Molinos tenía varias finalidades, entre ellas, el abastecimiento de agua para potabilizar y para riego, la generación de energía eléctrica y la regulación ante las crecidas.
Allí había varios puestos donde probamos algunos productos de la zona como quesos, salamines y aceitunas, y después avanzamos un poco más para ver el vertedero.



Martín en el mirador del dique Los Molinos


La vegetación de la zona variaba en función de la altitud. En los valles se presentaban bosques de molle, coco, tala y espinillo; luego el arbustal de romerillo, carqueja y barba de tigre; y por último un pastizal de altura, con gramíneas. Y en algunos sectores bajos también podían verse coníferas que fueran introducidas desde 1940.


Vegetación natural y coníferas introducidas en el lago Los Molinos


Pasado el mediodía llegamos a Villa General Belgrano. Almorzamos algunas salchichas en El Ciervo Rojo, chopería y confitería típicamente alemana, sentados en el patio y bajo una sombrilla. Y antes de regresar a la combi, compramos algunos souvenirs, incluso remeras con frases alusivas a la cerveza, cuya fiesta había finalizado apenas una semana atrás.


Con Martín en la avenida Julio A. Roca, de Villa General Belgrano, pueblo auténticamente bávaro


Y habiendo cumplido con nuestra tarea en la organización y disfrutado de la primavera cordobesa, regresamos a Buenos Aires, donde nos esperaba una gran cantidad de trabajo pendiente.


sábado, 23 de diciembre de 2017

La vuelta al Neuquén


El sábado 11 de octubre de 2003, un grupo de participantes del recientemente finalizado V Encuentro Internacional Humboldt, partimos desde la ciudad de Neuquén para realizar un viaje de estudios guiado por las profesoras Elsie Jurio y Mabel Ciminari, de la Universidad Nacional del Comahue.
El recorrido era de aproximadamente mil kilómetros, y si bien no abarcaríamos la totalidad de la provincia del Neuquén, daríamos una vuelta suficiente como para observar las grandes diferencias físicas, desde las zonas áridas y sus oasis de riego en las mesetas del sector oriental, hasta las formas glaciales con densos bosques en la región cordillerana occidental.
A sólo ochenta kilómetros por la ruta número 22 hacia el sudoeste llegamos a la Villa del Chocón, donde se encontraba el Embalse Exequiel Ramos Mexía, que permitiera desarrollar el turismo a partir de la posibilidad de la práctica de actividades acuáticas, en una zona absolutamente árida. Y junto a la represa, se encontraba el valle de los Dinosaurios, lugar en que Rubén Carolini, el 25 de julio de 1993 encontrara el Gigantosaurus Carolinii, el dinosaurio carnívoro más grande conocido hasta el momento; y donde Lieto Tessone descubriera los restos fósiles del Rebbachisaurus Tessonei en 1998. Y a sólo cincuenta kilómetros del lugar se halló el Argentinosaurus Huinculensis, el dinosaurio de mayor tamaño encontrado en el mundo. Lo que ocurrió fue que cien millones de años atrás, esa zona estaba cubierta por una selva, circundada por muchísimos ríos y lagunas, en cuyo hábitat estos animales vivían. Y al elevarse la cordillera patagónica, los vientos húmedos del Pacífico no pudieron llegar hasta esa área, quedando privada de las precipitaciones de la etapa anterior. El lugar ha sido declarado de interés por la ONU en 1996, y monumento nacional en 1997.


Valle de los Dinosaurios. Al fondo, el espejo de agua del Embalse Exequiel Ramos Mexía


Ya desde allí tomamos la ruta nacional 237, que corría de NE a SW, paralela al curso del río Limay. En esa zona el relieve era de mesetas, que en términos generales iban descendiendo de oeste a este.


Mesetas y estepa arbustiva en el sector oriental de la provincia del Neuquén


La cubierta vegetal estaba constituida por una estepa arbustiva, en un ambiente de temperaturas medias anuales de 14ºC, con gran amplitud térmica entre el día y la noche, y entre las estaciones, habiéndose registrado más de 35ºC en verano y -10ºC en invierno. Este fenómeno tenía su causa en las escasas precipitaciones anuales que rondaban los 160 mm. Y como complemento que agudizaba la evaporación de las escasas precipitaciones, podría mencionarse el viento constante que en algunos momentos podía alcanzar una velocidad de 100 km/hora.


Estepa arbustiva en un ambiente semi-desértico y muy ventoso


Y en medio de ese paisaje desolado, vimos a lo lejos el embalse de la represa de Piedra del Águila.

Embalse de la represa hidroeléctrica de Piedra del Águila


Se trataba de un espejo de agua de alrededor de trescientos kilómetros cuadrados, construida sobre el río Limay, que abarcaba tanto una parte de la provincia del Neuquén, como de la de Río Negro.


Espejo de agua de Piedra del Águila rodeado de mesetas


Allí hicimos una visita guiada por personal de la empresa, llegando hasta el pie del paredón de la presa, que era de ciento setenta y dos metros de altura.

Paredón de concreto apoyado en las rocas más estables


La central tenía una potencia instalada de 1400 MW, lo que la convertía en una pieza clave por estar conectada al Sistema Eléctrico Nacional.

La energía producida en la Hidroeléctrica Piedra del Águila podía ser enviada a todo el país


Pero el sentido de la obra, además de producir electricidad, fue la de regular las crecidas del río Limay que se producían durante la primavera y el verano, a causa del deshielo cordillerano.
El caudal medio anual del Limay era de 713 m3/seg, mientras que el máximo probable ascendía a 18.900 m3/seg. Y la represa contaba con un aliviadero de crecidas de hasta 10.000 m3/seg.


Vista panorámica de la represa Piedra del Águila


La represa tenía túneles que durante su construcción habían tenido la función de desviar las aguas del río, pero posteriormente eran utilizados para ejercer el control de funcionamiento.

Nuestro grupo en camino al ingreso de un túnel de la represa


Parte de los túneles, excavados por debajo de la dura roca, pudieron ser recorridos por nosotros, con los cuidados lógicos de una zona oscura y húmeda.


Dentro de uno de los túneles de la represa Piedra del Águila


Durante la excursión se realizaron observaciones y discusión sobre diferentes temáticas, tales como el comportamiento de los principales actores sociales en el proceso de apropiación de la tierra en el valle inferior del río Limay, así como sobre la problemática del paraje La Rinconada cuyas características fundamentales se asociaban al paisaje de mesetas basálticas, mallines y al manejo de la tierra en función de su tenencia.
Ya avanzada la tarde llegamos a San Martín de los Andes, en el sudoeste del Neuquén, una de las ciudades más bonitas del país.



En la puerta del hotel donde nos alojamos en San Martín de los Andes


El paisaje había cambiado totalmente. Estábamos de plenos Andes Patagónicos, donde las precipitaciones en la ciudad de San Martín de los Andes eran de 1500 mm anuales, llegando a 4000 mm a medida que se avanzaba hacia el oeste, gran parte de las cuales caían en forma de nieve, durante el período invernal. Por lo que, debido a esas condiciones climáticas, de bajas temperaturas y elevada humedad se presentaba un maravilloso bosque de coníferas, a 640 m.s.n.m., habiendo una menor amplitud térmica que en la zona de la estepa.
Para ese entonces, la ciudad tenía algo más de veintidós mil habitantes permanentes, además de los contingentes de turistas, muchos de ellos provenientes del hemisferio norte, que se acercaban año tras año, en especial para la época de esquí. San Martín de los Andes, además, era sede del Parque Nacional Lanin.


Una calle de San Martín de los Andes vista desde la ventana del hotel


La arquitectura predominante de la ciudad era de piedra y madera, con jardines floridos y un marco natural difícil de igualar. Distintas ordenanzas municipales regularon la altura y fachada de las construcciones. Con la creación del Parque Nacional Lanin en 1937, el famoso arquitecto Alejandro Bustillo recomendó que las fachadas de las construcciones estuvieran cubiertas por piedras que se encontraban disponibles por las voladuras producto de las explosiones realizadas para la construcción de caminos, que las paredes estuvieran cubiertas de madera para aislar los interiores de las bajas temperaturas, y, además, que los techos fueran a dos aguas para evitar la acumulación de nieve.


Viviendas estilo alpino en un marco de montañas cubiertas de densos bosques de coníferas


Antes de que se hiciera de noche, salimos a caminar por la ciudad, que, si bien yo ya conocía desde casi treinta años antes, cada vez la notaba más bonita.


Calle de la ciudad de San Martín de los Andes


Pero a pesar de estar en primavera, las bajas temperaturas eran características, por lo que buscamos una de las tantas “fábricas de chocolate casero”, no sólo con el fin de calmar el frío sino de degustar las finas confituras de la región. Las barras de chocolate incluían almendras, avellanas, pasas de uva…, mientras que los dulces artesanales eran de sauco, rosa mosqueta, calafate y otros frutos del bosque.


Marta Fohs y Luis Felipe Cabrales Barajas visitando una de las tantas chocolaterías


Nos esperaba una cena con platos típicos y una sobremesa durante la cual comentaríamos todo lo recorrido durante una jornada tan larga como interesante.


En el lobby del hotel esperando el llamado para cenar


San Martín era el principal destino turístico de la provincia, y uno de los más importantes de la Argentina. Con el desarrollo del centro de esquí del cerro Chapelco en la década del ’70, se produjo una expansión explosiva de la población junto con el desarrollo edilicio que le permitiera contar con todo tipo de servicios.
Si bien ya estábamos fuera de temporada, algunos manchones de nieve perduraban en algunas hoyas, lo que nos permitió armar una batalla tal como si fuéramos niños durante un buen rato de la mañana del domingo 12.


Jugando con la nieve en una de las hoyas próximas al Chapelco


San Martín de los Andes se encontraba en un profundo valle denominado Vega de Maipú, el mismo que hacia el oeste estaba ocupado por el lago Lácar, de origen tectónico-glaciario como casi todos los andino-patagónicos. De ahí sus veintinueve kilómetros de extensión de este a oeste, convirtiéndose en el lago Nonthué después de una angostura, mientras que su ancho no pasaba de tres kilómetros de promedio. Su máxima profundidad alcanzaba los doscientos setenta y siete metros, con barrancas en algunas costas y angostas playas. Y en este caso, desaguaba hacia el océano Pacífico a través del río Hua-Hum, perteneciente a la cuenca del río Valdivia. Esto se debió a que por ese sector de la cordillera el límite entre Argentina y Chile pasaba por las altas cumbres y no por la divisoria de aguas, que estaba conformada por las morenas glaciarias ubicadas hacia el este.
Dejamos el hotel y antes de continuar viaje, nos dispusimos a tener un frugal almuerzo de vianda en la playa oriental del lago Lácar.


Con Marta en la playa del lago Lácar, teniendo un almuerzo frugal


A primera hora de la tarde subimos nuevamente a nuestro micro y partimos rumbo al norte. Y ya pasando Junín de los Andes comenzamos a bordear el río Aluminé, cuyo caudal dependía tanto de las precipitaciones de la zona, como del deshielo de la cordillera de los Andes. El valle por donde corría era estrecho y rodeado de montañas, y al encajonarse, se generaban rápidos donde algunos visitantes podían hacer rafting. Nacía en el lago Aluminé y desembocaba en el río Collón Cura, afluente del Limay.


Río Aluminé corriendo de norte a sur, paralelo a los Andes Patagónicos


A medida que avanzábamos notábamos que la vegetación comenzaba a ralearse. Lo que ocurría era que ya habíamos pasado de una zona de 1500 mm anuales de precipitaciones a sólo 500 mm en pocos kilómetros. Pero pese a eso, se realizaban actividades pecuarias, en especial de ganado caprino y ovino, de ahí la presencia de alambrados en gran parte del camino.


En camino entre San Martín de los Andes y Aluminé


Volvimos al paisaje de la estepa, pero teníamos como marco hacia el oeste, a la imponente cordillera de los Andes, de la cual sobresalía, permanentemente nevado, el volcán Lanin, de 3747 m.s.n.m.

Volcán Lanin sobresaliendo de entre los cerros de la cordillera de los Andes


Y en poco tiempo más llegamos a Aluminé, una localidad que apenas contaba con cuatro mil habitantes, pero que era una preciosura por estar a 850 m.s.n.m. y rodeada de montañas. Todas las instituciones más importantes estaban concentradas alrededor de su plaza, y fue justamente allí donde nos bajamos para caminar un poco y comprar algo de chocolate para el largo trecho que nos esperaba a lo largo del día.

Plaza San Martín de la localidad de Aluminé


Al dejar Aluminé encontramos varios establecimientos agrícola-ganaderos, en las zonas aledañas al río, que constituía la fuente de regadío por excelencia.

Establecimiento agropecuario al norte de la localidad de Aluminé


Pasados los oasis de regadío, volvimos a un paisaje árido, que, al estar a comienzos de la primavera, aún no había tenido el beneficio de las aguas de deshielo cordillerano.


Paisaje árido entre Aluminé y Villa Pehuenia


Las características de semi-desierto y vientos permanentes de alta velocidad, típicas de la Patagonia Extraandina, se manifestaban a través de los arbustos aislados de la estepa.


Arbustos espinosos a partir de los cuales se ponía de manifiesta la intensidad del viento


Pero había un árbol que aparecía cada vez con mayor densidad, y era nada menos que el Pehuén o Araucaria Araucana, especie protegida en el Parque Nacional Lanin. Se trataba de un árbol de hojas perennes muy duras y con tronco cilíndrico de hasta cincuenta metros de altura. Y ese era su hábitat ideal ya que crecía entre los 800 y 1700 m.s.n.m. resistiendo hasta -20ºC. Las semillas, llamadas piñones, eran comestibles y constituían la base de la dieta de los pehuenches, etnia de la cultura mapuche.



Pehuen o Araucaria Araucana


Era tan característico del lugar, que junto con el volcán Lanin formaba parte del escudo de la provincia del Neuquén, desde 1958.
Sin duda, ya nos estábamos acercando a Villa Pehuenia, debido a la mayor densidad de pehuenes, los árboles que le dieran el nombre a la población fundada en 1989, al pie de los Andes Patagónicos, a 1200 m.s.n.m., en el centro-oeste del Neuquén.

Camino entre Aluminé y Villa Pehuenia


Al llegar a la villa nos encontramos con un paisaje hermoso y casas desperdigadas, no todas ocupadas en forma permanente, ya que tenía como principal función, la de lugar de descanso para los residentes de la ciudad de Neuquén. Por lo que nos decían que era difícil saber a ciencia cierta, cuál era la población real, calculándola aproximadamente en cuatrocientos habitantes.

Vista parcial de Villa Pehuenia


Villa Pehuenia estaba situada en el medio de la costa norte del lago Aluminé, rodeada de montañas de alrededor de dos mil metros sobre el nivel del mar. Por lo que el clima era frío húmedo, mucho más riguroso que en otras localidades andinas de la provincia.
Casi al norte del pueblito se encontraba el volcán Batea Mahuida, de 1706 m.s.n.m., que mantenía nieves durante siete meses al año.
Sus antiguos pobladores habían sido los integrantes de la etnia huarpe llamada por los mapuche “pehuenche”, gente del pehuén. Hacia fines del siglo XVII los mapuche invadieron ese sector de la Patagonia Oriental y las poblaciones originarias fueron mapuchizadas, aculturadas. Y de esa manera se mantuvieron hasta fines del siglo XIX, en que tras la llamada “Conquista del Desierto”, arribaron criollos e inmigrantes europeos.
De la edificación originaria que aún se conservaba, estaban las “rucas”, viviendas típicas realizadas con algunas vigas de troncos, con paredes de adobe, techo a dos aguas, y con orientación de puertas y ventanas hacia los lugares de mayor luz solar y menor exposición a los vientos húmedos predominantes del sudoeste.
En la década de los ’90, la comunidad puel, ya muy mixogenenizada con los blancos, comenzó la explotación cooperativa del Área Natural Protegida Batea Mahuida, como centro de deportes invernales.


Lago Aluminé en las proximidades de Villa Pehuenia


Dejamos Villa Pehuenia y avanzamos hacia el este, hasta llegar a la Meseta de Lonco Luán.


Camino entre Villa Pehuenia y la Meseta de Lonco Luán


En la Meseta de Lonco Luán nos detuvimos, y nuestras profesoras guías nos explicaron las causas del proceso de desertificación que estaba afectando el potencial productivo de esas tierras.

Desertificación en la Meseta de Lonco Luán, provincia del Neuquén


Pasando por la ciudad de Zapala continuamos rumbo a Neuquén Capital, donde arribamos casi a medianoche. Y allí nos despedimos del grupo de geógrafos con el cual habíamos pasado unos días inolvidables.
El lunes 13 por la tarde nuevamente estábamos tomando un micro que, vía valle del Río Negro, nos llevaría de vuelta a Buenos Aires.