miércoles, 13 de abril de 2022

Un viaje de Washington a Buenos Aires en que pasó de todo

  Ya estaba por finalizar la Reunión Anual de la Asociación de Geógrafos Americanos, y debía comenzar a resolver mi viaje de vuelta. Y como el servicio de ómnibus de la empresa Greyhound me había parecido muy malo, fui hasta la Washington Union Station para averiguar horarios y precios del ferrocarril. ¡Y el mundo era otro!

Si bien estaban enfrente una de otra, mientras la terminal de ómnibus, que sólo pertenecía a la empresa, era muy precaria en comparación con otras estaciones de buses de América Latina, la de trenes era una preciosura. No sólo el edificio en sí, sino la atención y los servicios, siendo un verdadero shopping.

Además, mientras el tren a New York tardaba sólo tres horas y veinte minutos cumplidos puntualmente, en los horarios de los ómnibus, que según el camino que tomaran podían ser de cuatro horas y media a algo más de cinco, aclaraban que se trataba de tiempos estimativos, dependiendo del tráfico, de las condiciones meteorológicas y de lo que se tardara en cada parada, ya que si los pasajeros que bajaban para ir al baño o comprar algo de comida se demoraban, ese tiempo no se iba a recuperar aumentando la velocidad.

Pero los precios también representaban la diferencia, lo que se me hacía prohibitivo optar por el ferrocarril. Así que muy a mi pesar, crucé a las oficinas de Greyhound y reservé un servicio nocturno evitando así una noche más de hotel.

 

 

Confitería en el Hall central de la Washington Union Station

 

 

Las principales marcas en la Union Station

 

 

Uno de los amplios y relucientes pasillos de la Union Station

 

 

Y mientras en toda América Latina se habían desmantelado los principales servicios ferroviarios, en los Estados Unidos se enorgullecían con carteles que afirmaban “Trains move our economy”.

 

 

LOS TRENES MUEVEN NUESTRA ECONOMÍA

 

 

Debido al peso de los libros y al maltrato en los aeropuertos, se me había roto la valija, y como regresaría con más papeles, necesitaba hacerme de una nueva. Pero Washington era una ciudad muy cara, por lo que tuve que recurrir, como en casi todo el mundo, a los negocios de los chinos. Así que subterráneo mediante, en ocho minutos estuve en Chinatown.

 

 

El Barrio Chino de Washington

 

 

Mucho tránsito en la 7th St. NW

 

 

En cuanto bajé del metro, además de encontrar las calles repletas de población oriental como era esperable, y del infaltable Mc Donald’s, me sorprendió una enorme cantidad de gente de todos los orígenes vestidos con camisetas rojas. Se trataba de los simpatizantes del equipo de hockey sobre hielo Washington Capitals, cuya arena era el Verizon Center, que se encontraba a pasos de donde yo estaba, donde poco después comenzaría un partido importante.

 

 

El infaltable Mc Donald’s también en el Barrio Chino

 

 

Simpatizantes del Washington Capitals cruzando la avenida

 

 

Los Washington Capitals lo habían invadido todo

 

 

Si bien la mayor parte de los comercios correspondían a la comunidad china, los clientes pertenecían a todos los sectores étnicos y socioeconómicos de la ciudad. Y como era de esperar, conseguí un muy práctico bolso con rueditas de origen chino en un negocio chino, y a un precio similar a los del barrio de Once en Buenos Aires.

 

La clientela de Chinatown era muy cosmopolita

 

 

Ya cambiada y con mi nuevo bolso casi vacío regresé a los salones donde se hacía el evento, y lo cargué con nuevos libros para llevar a Buenos Aires. Me despedí de mis viejos amigos y de los colegas recientemente conocidos, y acepté la invitación de Rolf Sternberg para cenar en ese lujoso hotel.

 

En las grandes salas, cada uno con su computadora

 

 

Algunos despidiéndose y otros descansando

 

 

Cenando con Rolf Sternberg, su mujer Francis y un amigo

 

 

Esa misma noche tomaría el ómnibus hacia New York, y como ya había dejado mi hotel, en el subte fui directamente hasta la terminal de Greyhound.

Qué clase de pasajeros solía viajar en autobús estaba muy claro. Mientras que en la estación de trenes era raro encontrar en las boleterías alguien que hablara en español, en la de buses no sólo que varios lo hacían, sino que todas las indicaciones y folletería eran bilingües.

Tanto por comodidad como por el ambiente del lugar, debía ponerme ropa más sencilla, lo que hice incómodamente en el baño, que como en otras ciudades norteamericanas, además de las clásicas inscripciones, había jeringas tiradas en el piso.

Después de dos horas, que se me hicieron eternas, subí al micro y me senté casi por la mitad del lado de la ventanilla. Más adelante había algún que otro rubio y varios latinos, y en la parte trasera se habían ubicado los negros.

Como los asientos eran muy incómodos y habíamos salido con la mitad de la capacidad cubierta, pude estirarme sobre el asiento de al lado; pero los negros, que eran muy altos, sobrepasaban las piernas a través del pasillo apoyándolas en la fila de enfrente, y algunos otros se habían acostado en el piso, ya que como no había baño a bordo, no sería necesario desplazarse de un lado a otro.

A pesar de no contar con las excelentes condiciones de los micros argentinos, pude dormirme rápidamente, hasta que de pronto, me desperté sobresaltada a causa de una mujer que gritaba: -“¡Don´t touch my as…!”, cuya traducción literal es: “¡No me toque el culo…!”

A pesar de ser un tramo de cinco horas y de noche, había un solo chofer, quien sólo atinó a encender las luces, cuando el autor de la grosería ya había retornado a su lugar. No obstante haberse producido el hecho en los primeros asientos, todos miraron hacia atrás donde estaban los negros, que continuaban durmiendo sin percatarse del asunto.

Después de algunas advertencias y de varios murmureos, se volvieron a apagar las luces. Pero al rato, cuando ya todo parecía haber vuelto a la normalidad, la mujer volvió a gritar lo mismo, siguiéndole una larga cadena de insultos. Y en ese momento sí se pudo saber de quién se trataba… Justamente había sido el más blanco de todos, al que todos comenzaron a señalar como “el polaco”. Así que pocos minutos después, cuando llegamos a Baltimore, el conductor llamó a un policía y lo hizo bajar.

Cuando me desperté ya estábamos en pleno Manhattan y todavía no había amanecido, por lo que hice tiempo, desayuné y ya con la luz del día caminé unas cuadras hasta Penn Station desde donde partían servicios de ómnibus hasta el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy.

Era la mitad de la mañana cuando llegué a la estación aérea y me encontré con un gran escándalo por la cantidad de vuelos suspendidos a causa de que los cielos europeos estaban cubiertos de ceniza volcánica. Algunas empresas habían ofrecido hotelería a sus pasajeros, pero la mayoría consideraba que no les correspondía porque se trataba de un problema ajeno, de orden natural. Pero el hecho era que ese tema llevaba ya varios días y la gente con sus equipajes tenía que dormir en el aeropuerto, así que las autoridades pusieron catres y colchones como si se tratara de un campamento, así los damnificados podían descansar, ¡pero a la vista de todos!

 

 

Catres tendidos en los pasillos del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy en New York

 


Vista general de una de las terminales de aeropuerto John Fitzgerald Kennedy

 

 

Sumado a lo que significaba el estar en esas condiciones, había quienes estaban en estado de shock por cuestiones de salud, por la pérdida de negocios, o bien por la desesperación de no poder encontrarse con sus familiares. Llantos, gritos e insultos ante los pobres empleados de los mostradores abundaron durante todo el día.

 

 

 

Gente desesperada por no poder viajar

 

 

Yo también debía permanecer allí hasta la noche, no porque mi vuelo se hubiera atrasado, ya que hacia América del Sur no había problemas, sino por ahorrarme el hotel de New York. Pero como en el ómnibus no había dormido lo suficiente, cuando encontré un catre vacío, me hice una reparadora siesta.

 

Utilicé uno de esos catres para dormir una reparadora siesta

 

 

A las diez de la noche partí con el avión de LAN que en once horas me dejó en Santiago de Chile, escala obligada de esa compañía. Pero de ese tramo no tengo registro porque me dormí antes de que despegara y me desperté durante el aterrizaje.

En Santiago ya no habría más esperas, porque todo estaba programado para que rápidamente tomara el vuelo a Buenos Aires.

Subí a un avión más chico donde ya tenía asignada, como siempre, una ventanilla. Y en cuanto despegó pretendí tomar fotografías de la Cordillera pero rápidamente se cubrió todo de nubes, pese a lo cual yo continué jugando con mi cámara.

 

 

Algunos cerros, apenas saliendo de Santiago de Chile

 

 

Hermosos cúmulos cubrieron el paisaje

 

 

Un cielo azul intenso y nada de turbulencia

 

 

Y de pronto me dí cuenta de que mi compañero de asiento, trataba de mirar el panorama por encima de mi cabeza. Enseguida le advertí que se trataba sólo de nubes pero que de todos modos me gustaba mucho verlas tan cerca de mí y fotografiarlas para enseñarles a mis alumnos a diferenciarlas.

“Sí, sí, ya veo. ¿Viene usted de un congreso de Geografía? –me preguntó señalando la imagen e inscripción de mi bolsa.

“Así es”, le contesté.

“Yo también vengo de un congreso, pero mire, en mi portafolios en lugar de la imagen de un mapa, tengo la de un esqueleto. Soy traumatólogo” –me dijo, riéndose.

Tenía una máquina muy buena y cuando comenzó a despejarse le cedí mi ventanilla porque yo ya había hecho ese viaje muchas veces y tenía bastantes fotografías. Y durante la hora que faltaba para llegar a Buenos Aires lo pasamos conversando sobre cámaras, filtros, fotógrafos famosos y otras cuestiones por el estilo.

Cuando nos intercambiamos tarjetas descubrimos que ambos éramos profesores de la Universidad de Buenos Aires, él de la cátedra de Traumatología en la Facultad de Medicina, y yo de la de Geografía Económica en la de Ciencias Económicas. Se trataba del Dr. Claudio Alonso, un reconocido especialista en cadera, que acababa de operar exitosamente a su madre, a pesar de ser octogenaria.

Al despedirnos me ofreció sus influencias para poder acceder en el Hospital de Clínicas a los servicios que necesitara, lo que se cumplió al poco tiempo, ya que de seis meses de espera pasé a sólo una semana.


martes, 12 de abril de 2022

City tour por Washington

  Después de la caminata por Washington y un necesario almuerzo, decidí hacer un city tour para poder conocer otro sector de la ciudad, así como el conurbano de Arlington.

Con ese fin crucé desde la Union Station al Columbus Circle desde donde partiría el ómnibus turístico. Y antes de comenzar el viaje, me detuve ante la Christopher Columbus Memorial Fountain, en homenaje al descubridor europeo de América.

El Monumento a Colón era una obra de arte pública del escultor estadounidense Lorado Taft. Consistía en una fuente semicircular de doble lavabo y un retrato de cuerpo entero del explorador con un manto, mirando hacia adelante con las manos cruzadas frente a él, y debajo, un barco que presentaba un mascarón de proa alado representando la observación del descubrimiento; en la parte superior había un globo como símbolo del hemisferio occidental con cuatro águilas en cada esquina conectadas por guirnaldas; a ambos lados, un anciano que representaba al Viejo Mundo,  y una figura de un nativo americano, simbolizando el Nuevo Mundo; en la parte posterior del eje, en un medallón en bajorrelieve estaban las imágenes de Fernando e Isabel, y dos leones, colocados lejos de la base a modo de custodios.

Había sido inaugurado en 1912 con gran emoción y diversos actos con presencia de figuras internacionales, y en 1968 se había agregado al Registro Nacional de Lugares Históricos; sin embargo, los tiempos habían cambiado, y en octubre de 1991, el monumento se pintó con aerosol con un grafiti que decía “500 años de genocidio” durante una ceremonia de colocación de coronas de los Caballeros de Colón, cuyo lema era “500 años de fe”.

 

Christopher Columbus Memorial Fountain

 

 

Columbus Circle frente a Union Station

 

 

Comenzamos el paseo circulando por la Louisiana Avenue NE bordeando diversos parques floridos, donde algunas “runners” realizaban su actividad.

 

Florido parque aledaño a la Union Station

 

 

“Runners” en los parques

 

 

Y en un santiamén nos encontrábamos frente al famoso obelisco, un monumento conmemorativo al primer presidente de los Estados Unidos y líder del revolucionario Ejército Continental, George Washington, quien luchara frente a los británicos en la Guerra de la Independencia.

Cuando dicha contienda acabó, los estadounidenses celebraron la habilidad de Washington para ganar la guerra en inferioridad de armamento y con hombres inexpertos, y admiraban su decisión de rechazar un salario y aceptar solamente ingresos por sus gastos, además de negarse al proyecto de algunos hombres de hacerlo rey del nuevo país. Y si bien se retiró a su plantación de Mount Vernon, pronto tuvo que volver a la vida pública representando a Virginia y presidiendo las deliberaciones que darían lugar a la Constitución de los Estados Unidos de América, para comenzar en 1789 el primero de sus dos mandatos presidenciales.

La primera piedra del monumento se había puesto el 4 de julio de 1848, en una ceremonia elaborada por los masones, organización fraternal mundial a la que perteneciera Washington. De hecho, después de varias propuestas de diseño, triunfó la del obelisco, que se caracterizaba por constituir un símbolo masónico. Estaba elaborado en mármol, granito, piedra arenisca y acero, y debido a su altura (ciento sesenta y nueve metros con veintinueve centímetros), algo que me sorprendió ya que el de Buenos Aires no llegaba a los sesenta y ocho metros, al estar muy cerca, tuve que fotografiarlo en dos partes; de hecho, en 1884, año de su inauguración, después de diferentes vicisitudes que fueron demorando su construcción, se había convertido en la estructura más alta del mundo hasta que se construyó la Torre Eiffel en 1889. Y como todas las áreas administradas por el Servicio Nacional de Parques, fue inscripto en el Registro Nacional de Lugares Históricos el 15 de octubre de 1966.

En diciembre de 1982, fue tomado como rehén durante diez horas por Norman Mayer, un manifestante contra las armas nucleares, quien decía tener explosivos en una furgoneta estacionada junto al monumento. Ocho turistas que se encontraban allí en el momento del incidente pudieron ser liberados, finalizando el operativo cuando la Policía de Parques de los Estados Unidos abrió fuego contra Mayer y lo mató. Luego se descubrió la inexistencia de los detonantes.

El 4 de julio de 2005 se completó el proyecto para mejorar la seguridad del entorno que consistió en una serie de muretes circulares concéntricos diseñados para permitir el paso de peatones o ciclistas, pero impedir el de vehículos. Sin embargo, meses después, en dos oportunidades, los visitantes fueron evacuados por amenazas de bombas, que no fueron encontradas.

 

Base del Monumento a Washington rodeado de banderas de los Estados Unidos

 

 

Parte superior del Monumento a Washington

 

 

En camino al Monumento a Thomas Jefferson, mientras atravesábamos varios parques, vimos un avión a punto de aterrizar en el Aeropuerto Nacional “Ronald Reagan”, que se encontraba próximo a ese lugar.

 

Parque aledaño al Monumento a Washington

 

 

Aparcamiento de bicicletas en los parques de Washington

 

 

Avión a punto de aterrizar en el Aeropuerto Nacional “Ronald Reagan

 

 

El Monumento a Thomas Jefferson estaba dedicado a quien fuera uno de los padres fundadores de la nación y tercer presidente. Se encontraba en el West Potomac Park, junto a la orilla de la Cuenca Tidal en el río Potomac; y se trataba de un edificio neoclásico inaugurado el 13 de abril de 1943, en el doscientos aniversario del nacimiento de Jefferson. De arquitectura Beaux-Arts, estaba compuesto por unos escalones de mármol, una cúpula y un pórtico de mármol de Vermont. Esto llevó a las críticas con argumentos modernistas afirmando que crear edificios del siglo XX a imagen de templos griegos y romanos constituía una “cansina mentira arquitectónica”. Sin embargo, a mí me parecía una construcción muy bonita, a diferencia de lo que era el obelisco de Washington. Y estaba gestionado por la División del National Mall y Parques Monumentos Conmemorativos del Servicio Nacional de Parques.


Thomas Jefferson Memorial

 

 

Luego atravesamos el puente Ohio, desde donde tuvimos una vista de los monumentos a Jefferson y a Washington reflejándose en la Cuenca Tidal.

La Cuenca Tidal era una ensenada parcialmente artificial y adyacente al río Potomac, formando parte del Parque West Potomac, y estando rodeada por los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Ocupaba un área de cuarenta y dos hectáreas y tenía una profundidad de tres metros. La idea de crear este espejo de agua había surgido en la década de 1880, tanto como un elemento visual como una forma de aliviar al Washington Channel, un puerto del río Potomac que se encontraba en el Parque East Potomac, liberando novecientos cincuenta millones de litros de agua al día. Las puertas de la ensenada permitían que el agua ingresara durante la marea alta, al mismo tiempo que al cerrarse almacenaban agua y paraban la corriente y los sedimentos del canal. Dichas puertas estaban operadas por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos.

 

El Thomas Jefferson Memorial desde el puente Ohio sobre la Tidal Basin

 

 

Reflejo del Monumento a Washington en la Tidal Basin desde Ohio Dr SW

 

 

Mientras recorríamos el Parque West Potomac nos hicieron saber que era administrado por el National Mall y los Memorial Parks, unidad administrativa de los Parques de la Capital Nacional del Servicio de Parques Nacionales. Y que casi nada al oeste de los terrenos del Monumento a Washington existía antes de 1882, pero que después de terribles inundaciones que llegaron al Centro de Washington en 1881, el Congreso había ordenado al Cuerpo de Ingenieros del Ejército que dragara un canal profundo en el Potomac y usara el material para rellenar las orillas y elevar el terreno cercano a la Casa Blanca. Las tierras recuperadas fueron designadas como Potomac Park por el Congreso y éste había asignado dinero para la plantación de césped, arbustos y árboles, nivelación y pavimentación de acercas, caminos, entradas de vehículos, la instalación de tuberías de agua, drenaje y alcantarillado.

 

West Potomac Park

 

 

Otra de las atracciones lo constituía el Arlington Memorial Bridge, un puente de arco neoclásico de mampostería, acero y piedra con un basculante central o puente levadizo, decorado con estatuas monumentales, que cruzaba el río Potomac, límite entre los estados de Columbia y de Virginia. Propuesto por primera vez en 1886, no se construyó durante décadas gracias a las disputas políticas sobre si el puente debía ser un monumento conmemorativo y para quién o para qué. Sin embargo, los problemas de tránsito surgidos a comienzos del siglo XX, así como la proximidad al bicentenario del nacimiento de George Washington llevaron a su construcción en 1932.

 

Arlington Memorial Bridge, sobre el río Potomac

 

 

Puente sobre un brazo del río Potomac que unía la isla de Columbia con el estado de Virginia

 

 

Vista de los edificios del condado de Arlington, en el estado de Virginia - región metropolitana de Washington

 

 

Vista de la ciudad desde el Arlington Memorial Bridge

 

 

Habiendo cruzado el río nos encontrábamos en Arlington, un condado urbano que formaba parte del conurbano de Washington, a pesar de pertenecer a la Mancomunidad de Virginia, contando en 2010, año en que me encontraba allí con poco más de doscientos mil habitantes.

Rodeamos el Memorial Circle, continuamos por la Memorial Avenue y luego de traspasar grandes pedestales con majestuosas águilas sentadas sobre ellos, ingresamos al Cementerio Nacional de Arlington.

 

Flores en el Memorial Circle

 

 

Circulando por la Memorial Avenue

 

 

Pedestales con majestuosas águilas conducían al Cementerio Nacional de Arlington

 

 

Ingresando al Cementerio Nacional de Arlington

 

 

El Cementerio Nacional de Arlington era la necrópolis militar más grande del país y se había establecido durante la Guerra de Secesión en terrenos pertenecientes al general confederado Robert E. Lee, muy cerca del Pentágono.

El primer monumento que se nos presentó al final de la Memorial Avenue fue el de las Mujeres en el Servicio Militar para América, también conocido como Monumento a las Mujeres Militares, que se destacaba por su combinación de arquitectura neoclásica y moderna, y fuera inaugurado en 1997.

 

Monumento a las Mujeres Militares

 

 

Veteranos de todas las guerras estaban enterrados en este cementerio, desde la de la Independencia de los Estados Unidos hasta las de Afganistán e Irak. La Tumba al Soldado Desconocido se encontraba en la cima de una colina mirando hacia la ciudad de Washington.

Entre los sitios más visitados se encontraba la tumba con la “llama eterna” del presidente John Fitzgerald Kennedy, quien estaba sepultado junto a su esposa Jacqueline y dos de sus hijos; y cerca de allí se encontraban sus hermanos, los senadores Robert y Edward Kennedy.

El memorial del transbordador espacial Challenger estaba dedicado a la tripulación que falleció durante el lanzamiento el 28 de enero de 1986. Y había otro memorial similar dedicado a quienes sufrieran el accidente del transbordador Columbia el 1ro. de febrero de 2003.

Otros de los memoriales del cementerio estaban dedicados a quienes perdieran la vida en el vuelo 103 de Pan Am en Escocia por una bomba instalada en el interior del avión en 1988, y a las víctimas del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 al Pentágono con el vuelo 77 de American Airlines.

Una tumba muy famosa y considerada la más peligrosa del mundo, correspondía a Richard Leroy McKinley, un especialista militar fallecido el 3 de enero de 1961, víctima de una explosión nuclear en el reactor SL-1. Su cuerpo absorbió una cantidad tan grande de radiación que había sido forrado con un nylon especial sellado al vacío y colocado dentro de un sarcófago hecho de plomo, y éste, a su vez, envuelto con varias capas de algodón y plástico, todo guardado dentro de dos bóvedas más, una sobre otra y debajo del suelo, reforzadas cada una con capas de metal de treinta centímetros. La radiación que emitía el cadáver mataría toda forma de vida expuesta en cuestión de segundos, por esa razón, los guardias que custodiaban esa tumba tenían orden de disparar a matar a quien se atreviera a acercarse al lugar con una pala u otra herramienta para excavar, fuera quien fuera. Pese a esas medidas de seguridad, su sepultura y su lápida eran similares a las de los demás militares que descansaban en este camposanto.

 

Blancas lápídas en el Cementerio de Arlington

 

 

Muchas personas bajaron para visitar cada una de las tumbas de las grandes personalidades, pero yo preferí continuar con el recorrido motorizado porque no me entusiasmaba el turismo necrológico.

 

Visitantes del Cementerio de Arlington

 

 

Calle interior del cementerio

 

 

Espacios muy arbolados

 

 

Otro de los pedestales con un águila sentado

 

 

Volvimos a cruzar el Potomac regresando a Washington D.C., y al atravesar el Arlington Memorial Bridge tuvimos una vista a la distancia del Thomas Jefferson Memorial, así como la de un helicópero que estaba sobrevolando la zona.

 

Vista del Thomas Jefferson Memorial desde el Arlington Memorial Bridge sobre el río Potomac

 

 

Un helicóptero sobrevolando la zona

 

 

Al bajar del puente, continuamos  transitando por la Ohio Dr SW, y tras bordear los parques contiguos, hicimos una parada junto al Monumento a Lincoln.

 

El Arlington Memorial Bridge sobre el río Potomac desde la Ohio Dr SW

 

 

Circulando por Ohio Dr SW

 

 

El Monumento a Lincoln, había sido creado para honrar la memoria de quien fuera presidente de los Estados Unidos entre los años 1861 y 1865, año en que fuera asesinado durante una función teatral por John Wilkes Booth, un actor simpatizante del Sur. Téngase en cuenta que Lincoln había liberado a los esclavos mediante una proclamación y había podido darle fin a la Guerra de Secesión logrado la reconstrucción de la Unión.

El edificio, inaugurado en 1922, tenía forma de templo griego dórico con treinta y seis columnas de diez metros de altura que representaban a los estados existentes en la época de la muerte de Lincoln. Estaba construido en piedra caliza de Indiana y mármol de Colorado, con una gran escultura de Abrahan Lincoln sentado e inscripciones de dos de sus conocidos discursos. Y también estaba administrado por el Servicio Nacional de Parques y bajo el grupo Parques del National Mall y Monumentos.

En este sitio habían tenido lugar muchos discursos importantes, incluyendo el de Martin Luther King “Yo tengo un sueño”, pronunciado el 28 de agosto de 1963 durante la manifestación al final de la Marcha en Washington por el Trabajo y la Libertad.

 

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El Lincoln Memorial

 

 

Retomando el camino hacia el Obelisco, pasamos por los Constitution Gardens (Jardines de la Constitución), que habían estado originalmente sumergidos bajo el río Potomac previamente a su dragado, donde había gran cantidad de washingtonianos disfrutando de un día primaveral.

La Armada de los Estados Unidos había construido sus principales edificios como oficinas temporales en esos terrenos durante la Primera Guerra Mundial, los que fueran demolidos en 1970 debido, en parte, al cabildeo del presidente Richard Nixon, quien se había desempeñado allí como oficial de la marina.

Finalmente, en 1976 los Jardines de la Constitución fueron convertidos en un “legado viviente tributo al bicentenario de la revolución estadounidense” como un parque pintoresco y tranquilo con un pequeño lago, caminos serpenteados atravesando prados sombreados por copas de árboles, contrarrestando con el formalismo de la zona.

Entre 1982 y 1984 se dedicó el Monumento a los Cincuenta y Seis Firmantes de la Declaración de la Independencia por parte de los trece estados originales, en la pequeña isla del lago.

Del 17 al 19 de marzo de 2003 estos jardines habían sido el escenario de un enfrentamiento entre la policía federal y un granjero de tabaco descontento, Dwight Watson quien condujera su tractor hacia el centro del estanque afirmando contar con explosivos, lo que provocara la evacuación del área, manteniendo en vilo al FBI y a la Policía de Parques. Durante ese lapso Watson excavó parte de la isla dañando un muro de contención por lo cual recibió una condena por destruir propiedad federal. No dañó ninguno de los monumentos y no se encontraron explosivos.

Además de los millones de visitantes al año, en este lugar se hacía una ceremonia anual de naturalización para los nuevos ciudadanos estadounidenses organizada por el Servicio de Parques Nacionales.

 

Muchos washingtonianos en parques y jardines disfrutando de un día primaveral

 

 

Bordeando los Constitution Gardens

 

 

Al llegar al Monumento a Washington, estaban haciendo un registro de oradores, pero nadie nos supo explicar de qué se trataba esa convocatoria. Y en minutos más estábamos frente al Departamento de Agricultura.

 

Registro de oradores junto al Monumento a Washington

 

 

El USDA (United States Department of Agriculture) consistía en una unidad ejecutiva del Gobierno Federal creada en 1889 con el propósito de desarrollar y ejecutar políticas agropecuarias y de alimentación. Su meta era entender en las necesidades de los productores (granjeros y rancheros), promoviendo la producción y el comercio agrícola, trabajando para garantizar seguridad alimentaria, protegiendo los recursos naturales, mejorar las comunidades rurales y poner fin al hambre.

El sitio donde se albergaban sus oficinas administrativas había sido inaugurado a principios del siglo XX, y era de estilo Beaux-Arts con columnas corintias, estableciendo el prototipo para las construcciones posteriores del Triángulo Federal. Fue incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos en 1974.

En 1995 fue bautizado con el nombre de “Jamie L. Whitten” en honor a quien fuera congresista por Mississippi, y ex presidente del Subcomité de Asignaciones de la Cámara de los Estados Unidos sobre Agricultura, Desarrollo Rural, Administración de Alimentos y Medicamentos y Agencias Relacionadas.

 

Departamento de Agricultura de los Estados Unidos

 

 

El siguiente edificio a conocer fue el Castillo Smithsoniano, perteneciente a la Smithsonian Institution creada en 1846, gracias a la herencia del científico inglés James Smithson, quien, a pesar de que nunca había visitado los Estados Unidos, le donó su fortuna “para el aumento y difusión del conocimiento”. En efecto, el complejo estaba formado por diecinueve museos, ocho de los cuales se encontraban en el National Mall.

 

Jardines del Castillo Smithsoniano

 

 

Y ya poniendo fin al paseo motorizado, llegamos a los jardines del Capitolio, donde, en la Union Square, junto a la Capitol Reflecting Pool (Piscina Reflejante del Capitolio), se localizaba el Monumento a Ulysses S. Grant en su caballo, animal con el cual tenía una habilidad especial desde joven.

Ulysses S. Grant había sido un militar y político que se había desempeñado como presidente de los Estados Unidos entre los años 1869 y 1877. Pero, antes del cargo mencionado, entre 1864 y 1865, había liderado el Ejército de la Unión como Comandante General del Ejército de los Estados Unidos, al final de la Guerra de Secesión. Y al asumir la presidencia del país, trabajó con los republicanos radicales durante la Reconstrucción de la Unión mientras lidiaba con la corrupción en su administración. Entre sus políticas más destacadas se podían mencionar las de hacer cumplir los derechos civiles de los libertos africanos, estabilizar la economía nacional de posguerra, crear el Departamento de Justicia, procesar al Ku Klux Klan, y nombrar a afrodescendientes y judíos estadounidenses para importantes puestos federales.

 

En los parques del Capitolio

  

Monumento a Ulysses S. Grant junto a la Capitol Reflecting Pool


Desde allí continué deambulando por diferentes calles hasta regresar a la Union Station, habiendo podido conocer, aunque fuera a vuelo de pájaro, una ciudad de gran importancia para tener una visión abreviada de la historia del “gran país del norte”.