martes, 12 de marzo de 2024

En la frontera ecuatoriano-colombiana

 El 13 de enero íbamos a dejar la ciudad de Otavalo en Ecuador para continuar nuestro viaje por tierras colombianas. Y después de arreglar cuentas en el hotel, le pregunté a la recepcionista qué significaba el mural de la entrada. Ella me comentó que se trataba del “Pase del Gallo”, una festividad que tenía lugar entre el 17 y el 25 de setiembre. Era una chica muy amable y comunicativa, pertenecía a la comunidad otavala, hablaba quichua y rendía culto a la Pachamama.  

Recepcionista otavala junto al mural del Pase del Gallo, en el hotel Santa Fé

  

Salimos con nuestras maletas caminando por la vereda, rumbo a la terminal de buses, y en el camino nos topamos con gran cantidad de mujeres que vestían los trajes típicos, sin hacerlo en función del turismo sino auténticamente. 

Verdulera vistiendo traje típico

  

Mujer otavala cargando el producto de sus compras

  

Mujeres con trajes tradicionales y niños modernos

 

 

Madre otavala llevando a sus hijos

  

Con trajes tradicionales en las inmediaciones del mercado

  

La vestimenta de las viudas

  

Prontamente subimos al ómnibus, que no se caracterizaba por sus comodidades, y tomamos la ruta Panamericana, que en ese sector corría entre valles intermontanos.  

Nubes atravesando la ruta en las cercanías de la localidad de Cotacachi

  

A poco de andar llegamos a la localidad de San Miguel de Ibarra donde el ómnibus hizo una parada para que subieran y bajaran pasajeros. La ciudad históricamente ha sido conocida como “La Ciudad Blanca” por sus fachadas producto de las construcciones realizadas con la roca del volcán Imbabura, y por los asentamientos de españoles y portugueses en la villa. Sin embargo, y a pesar de haber recorrido bastante el país, era el primer lugar donde veía población negra, que si bien representaban un porcentaje muy bajo de la población, era evidente su tremenda marginalidad.  

Población negra comiendo del tacho de basura

  

Conversando con personas de la zona que iban en el micro, nos contaron que al tratarse de una ciudad blanco-mestiza los grupos étnicos afro e indígena eran discriminados por gran parte de la población, siendo comunes la burla y mofa, y que los colegios secundarios mostraban los casos de racismo más elevados, siendo la indiferencia y el insulto altamente frecuentes. Y que por otra parte, los clubes nocturnos de la comunidad afro de la ciudad eran comunes en el maltrato y los robos, la droga y el alcoholismo; y que además, muchos de esos bares y clubes eran reservados únicamente para los negros, por lo que el ingreso de un blanco podía terminar en agresión física. Que el gobierno nacional y el municipio habían intentado frenar el racismo, pero los prejuicios morales y físicos de los ibarreños tenían raíces muy bien cimentadas.  

Vendedores de frutas altamente discriminados por los blancos y mestizos

  

El tiempo también alcanzó para que pudiéramos comprarle alimentos a los vendedores ambulantes que se acercaban, pero en vistas de cómo los elaboraban, nos conformamos solamente con galletitas envasadas. 

Vendedora ambulante de alimentos

  

En Ibarra también era común la frase “La Ciudad a la que siempre se vuelve”, por su pintoresca campiña y clima placentero. Además de ser considerada una ciudad cultural destacándose el arte, la escritura, la pintura y el teatro.  

Volcán Imbabura cubierto de nubes y laguna de Yaguarcocha

  

San Miguel de Ibarra localizada en el faldeo del volcán Imbabura

  

Sembrados en las cercanías de San Miguel de Ibarra

 

Continuando hacia el norte volvimos a parar una y otra vez para el intercambio de pasajeros, y también para que la mayor parte de nuestros compañeros de viaje, se hicieran de algo más para comer. 

Numerosos puestos de comida al paso en el camino

  

Y ya ingresamos al valle del río Chota, a la localidad de Ambuqui, sólo a treinta y cinco kilómetros de Ibarra.  

Viviendas de la localidad de Ambuqui, en el valle del río Chota

  

El valle, muy cercano a la línea del Ecuador, tenía una temperatura media de 24ºC por encontrarse a más de 1500 m.s.n.m. 

Bellísimo valle de altura cercano a la línea del Ecuador

 

Meandroso río Chota

  

Se trataba de una de las zonas más pobres del país donde habían surgido varios jugadores de la selección de fútbol ecuatoriana.  

Precarias casas de Ambuqui

 


 

Valle del Chota con la localidad de Ambuqui en el fondo

  

La actividad principal de la población del lugar eran la agricultura y la elaboración de vinos y mermeladas.  

Sembradíos en el valle del río Chota

  

En unos kilómetros más llegamos al cantón Bolívar de la provincia de Carchi, limítrofe con Colombia. Bolívar era el cantón con mayor devoción católica, siendo el patrono el Señor de la Buena Esperanza.

Bolívar, la capital cantonal era conocida desde antes de la época de la colonia como Puntal, en honor a su cacique, para luego ser bautizada con el nombre cristiano de Nuestra Señora de la Purificación. Pero la estancia de Simón Bolívar en ese territorio en 1825, provocó que años más tarde se cambiara su nombre por el de Bolívar, en honor a ese acontecimiento, ya que los puntaleños colaboraron con la causa libertaria. 

Plazoleta de ingreso a la ciudad de Bolívar, en la provincia de Carchi

  

Ya estábamos por sobre los 2.500 m.s.n.m., por lo que la temperatura promedio apenas alcanzaba a los 14ºC. La población predominante era rural, y tal como en el valle anterior, se dedicaba a la agricultura. 

Ciudad de Bolívar, con sus montañas sembradas y una cancha de fútbol local

  

Finalmente llegamos a Tulcán, ciudad límite con Colombia. Y como no habíamos comido otra cosa más que galletitas, decidimos tener un almuerzo tardío en la terminal de ómnibus antes de cruzar la frontera. Los precios eran muy bajos para nosotros, ya que un ceviche de camarón costaba cuatro dólares, lo mismo que un bistec de carne, mientras que una fritada de pollo se conseguía por tres dólares y medio.  

Los precios que figuraban en la carta estaban en dólares, moneda oficial de Ecuador

  

Desde allí tomamos un bus local, que nos dejó directamente del otro lado de la frontera. Nadie nos había pedido ninguna documentación para salir de Ecuador, y ya estábamos en Colombia. Así que fuimos a registrarnos en la Oficina de Migraciones donde nos pidieron el sello de salida de Ecuador en el pasaporte. Dijimos que nos habían llevado sin darnos cuenta siquiera del momento del cruce, y nos indicaron que eso era lo que hacía la gente del lugar para comerciar entre un país y otro. Por lo cual regresamos caminando a través del Puente Internacional Rumichaca sin que nadie hiciera caso alguno a nuestro desplazamiento. 

Puente Internacional Rumichaca desde el sector ecuatoriano

 

Hicimos una larga fila de una hora reloj en la oficina ecuatoriana. Había muy poca gente atendiendo y lo hacían muy lentamente. Y ya con nuestro sellito de salida, volvimos a cruzar el puente internacional a pie.  

Vuelta a retomar el puente internacional ecuatoriano-colombiano

 

Cruzando a pie el Puente Internacional Rumichaca

 

Desde el puente pudimos ver el río Carchi, principal límite entre Ecuador y Colombia.  

Río Carchi, límite natural entre Ecuador y Colombia

  

Ya en tierra colombiana volvimos a la oficina migratoria y obtuvimos el sellito de ingreso legal al país. Cambiamos algunos dólares por moneda colombiana a quienes lo ofrecían a viva voz, y continuamos viaje… 

Puente Internacional Rumichaca en territorio colombiano

  

Nos quedaban sólo tres kilómetros para llegar a la localidad de Ipiales. Los hicimos en una buseta que nos dejó en la terminal, desde donde tomamos otro ómnibus que tras ochenta kilómetros más nos llevara a San Juan de Pasto. 

Ciudad de Ipiales, gemela colombiana con la fronteriza ecuatoriana Tulcán

 

Campos de cultivo en los alrededores de la ciudad de Ipiales

  

La distancia en el mapa entre Ipiales y San Juan de Pasto parecía muy corta, pero estábamos en pleno Nudo de Pasto, ese que tanto había estudiado desde la escuela secundaria y que había podido divisar desde un avión poco más de un año y medio atrás. Y eso me produjo una gran emoción. Era uno de los tantos sueños en conocer personalmente lugares de los que sólo había sabido a través de los libros. 

 

Nudo de Pasto

  

Allí tomé verdadera conciencia de lo que significaba un nudo montañoso. Inimaginable desde los textos, la cartografía y la fotografía…  

Las montañas perecían enganchadas unas con otras

  

En ese punto se unían las cadenas de los Andes Septentrionales de Colombia y Ecuador, y eso se vislumbraba en cada tramo del camino. 

Valles profundos entre abruptas laderas

 

Las subidas, bajadas, curvas y contracurvas eran permanentes, sin tener siquiera el respiro de una recta… Y el ómnibus parecía no contar con las condiciones de seguridad que requería el medio.  

El camino era tan hermoso como peligroso

  

A medida que nos acercábamos a la ciudad de Pasto, comenzaron a divisarse complejos vacacionales de diferente nivel socioeconómico.   

Complejos vacacionales en plenos Andes Colombianos

  

Piscinas en medio del paisaje montañoso

  

Y después de todo un día de viaje, arribamos a la ciudad de San Juan de Pasto, donde los sembradíos trepaban por las montañas, ya que no había un solo lugar llano donde cultivar.  

Sembradíos en las cercanías de San Juan de Pasto

  

Absolutamente cansados aceptamos el consejo de alojarnos en el hotel Capitolio Real, cerca de la terminal de buses. La tarifa era de 12U$S, equivalentes en ese momento, enero de 2012, a 25000 colombianos. La zona era bastante fulera, pero era lo único posible en ese momento. 

Vista panorámica de la ciudad de San Juan de Pasto

  

Prontamente se hizo de noche, y no sin temor, cruzamos hasta la parada de taxis para trasladarnos hasta el Centro, que resultó ser muy agradable y con mucho movimiento.

Ya eran las 19,15 y estaban cerrando todos los locales gastronómicos, así que entramos rápidamente a un restorán/pizzería donde comimos un sandwich de hamburguesa cada uno en pocos minutos. Tenía muchos ingredientes pero como nos los sirvieron en platitos muy pequeños y sin cubiertos, fue toda una aventura llevarlos a la boca.

Y a las ocho de la noche de un día viernes ya estábamos en la cama porque no había nada para hacer. Vimos la CNÑ y TLNOVELAS: ¡culebrones mexicanos! 

lunes, 11 de marzo de 2024

De Quito a Otavalo

   Después de haber disfrutado de la bella Quito durante varios días, ya jueves 12 de enero, decidimos continuar viaje hacia el norte. Así que esa mañana fuimos a la terminal terrestre Quitumbé en Quito Sur, compramos los boletos a dos dólares cada uno por una distancia de cien kilómetros, y tomamos el ómnibus rumbo a Otavalo.

El tránsito estaba muy cargado, y al tener que atravesar gran parte de la ciudad, que era tan larga como angosta, hubo tramos en que avanzábamos a paso de hombre. Y, justamente, cuando transitábamos por la calle Vargas, el bus quedó atascado por un largo rato frente al parque Gabriel García Moreno, teniendo una vista lateral de la Basílica del Voto Nacional, también conocida como la Basílica de la Consagración de Jesús o Basílica de San Juan, aunque la mayoría de los quiteños la llamaba “La Basílica”.

Si bien en Quito había una gran cantidad de iglesias, ésta era la que se destacaba por su estilo neogótico, siendo en ese momento, 2012, el templo más alto de Hispanoamérica.

Característica del estilo era la presencia de rosetones, así como de pináculos que estaban presentes en toda la estructura del edificio, y la forma ojival en puertas y ventanas. En la fachada principal se ubicaban dos torres con sus respectivos campanarios y relojes que podían ser vistos desde cualquier parte de la ciudad. Y en la parte posterior, se levantaba la torre más alta, conocida como “de los Cóndores”, adornada con esculturas de estas aves, que se hallaba a ochenta y tres metros, ya que ellos necesitaban al menos esa altura para poder volar. Ese detalle era sumamente representativo debido a que el cóndor era el ave nacional de Ecuador y se encontraba coronando su escudo nacional, al igual que los hacía en este templo.

Para evitar la acumulación de agua en los techos, producto de las lluvias, eran colocados una serie de caños de desagüe, y era típico de la arquitectura de grandes edificios, terminar la parte sobresaliente de éstos, con una figura decorativa a la que se denominaba gárgola. Y si bien en los templos góticos europeos, esas gárgolas representaban a seres mitológicos, en el caso de esta basílica, las figuras coincidían con la fauna ecuatoriana, encontrando así caimanes, tortugas de Galápagos, armadillos, monos y pumas, entre otros. Por otra parte, se colocaban acróteras con fines decorativos, que, como las gárgolas, tenían el sentido de ayudar a espantar a los malos espíritus, una creencia que tenía su origen en el Medioevo y se podía apreciar en toda construcción gótica. 

La Basílica del Voto Nacional desde el parque Gabriel García Moreno

  

La Torre de los Cóndores y el pórtico este de “La Basílica” debajo de uno de los rosetones

  

Ya fuera de la ciudad, en dos horas, por un camino serpenteado, con precipicios, y variedad de cultivos, en especial de maíz, llegamos a destino.

Nos alojamos en el hotel Santa Fé, muy cómodo y bonito, y tras una merecida siesta, salimos a caminar por Otavalo. 

Hotel Santa Fé

 

La población de Otavalo había sido diezmada primero por la invasión incaica y después por los conquistadores españoles, que, además de la guerra, trajo consigo enfermedades como el sarampión, la viruela y el tabardete, sumado a los trabajos forzados, que acabaron con la mayoría de los indígenas.

La ciudad, que databa del siglo XVI, había sufrido más de un traslado a lo largo de su historia.

En 1573, por orden del Virrey Toledo, se emprendió el programa de reducciones, siendo así que se enviara a despoblar los asentamientos originarios, para relocalizar a los nativos en pueblos españoles. La reducción del pueblo de Otavalo se llevó a cabo entre agosto de 1578 y noviembre de 1579, para llevarlos a la vera del lago San Pablo, y de esa manera limitar el poder de los caciques, y, desde ya, el de los indígenas.

El segundo traslado había tenido lugar en junio de 1673 hacia su localización actual, con motivo de cuestiones de desarrollo, a partir de mejorar sus condiciones físicas contando con campos más extensos, un clima más cálido y varios afluentes de agua, a diferencia de las zonas pantanosas que dominaban las orillas del lago San Pablo. Y fue en esa oportunidad que se la re-bautizó con el nombre de San Luis de Otavalo.

Durante las Guerras de la Independencia, Otavalo se constituyó en centro de operaciones militares contra la Nueva Granada, siendo derrotados por los realistas en la batalla de Ibarra en 1812.

En junio de 1823, Bolívar reunió a sus tropas en Otavalo, y logró vencer a los realistas en las calles de Ibarra.

El 31 de octubre de 1829, el Libertador Simón Bolívar pasó por última vez por el valle otavaleño, elevando a la categoría de ciudad a la que era simplemente una villa, como reconocimiento a lo que sus habitantes habían significado para él.

En la madrugada del 16 de agosto de 1868, la erupción del volcán Imbabura y el consiguiente terremoto devastó la ciudad, que fuera reconstruida frente al hambre, las necesidades y las enfermedades.

A principios del siglo XXI se había convertido en la ciudad más grande y poblada de la provincia de Imbabura, en la Región Interandina del Ecuador a una altura de 2.550 m.s.n.m., y con un clima de 16°C en promedio, oscilando entre 12 y 25°C.

Era llamada “Capital Intercultural del Ecuador” por su riqueza cultural e histórica, y por ser el lugar de origen del pueblo quichua de los otavalos, famosos por su habilidad textil y comercial, características ambas que habían dado lugar al mercado artesanal indígena más grande de Sudamérica, siendo sus principales actividades económicas la agricultura, la ganadería, el comercio y el turismo.

Caminamos por la calle Abdón Calderón, topónimo en homenaje a un joven teniente que fuera héroe de la guerra de la independencia del Ecuador muerto a los diecisiete años, como consecuencia de las heridas sufridas en la batalla de Pichincha, que tuviera lugar el 24 de mayo de 1822. Había sido tal su heroísmo que Simón Bolívar no solo lo ascendió post mortem, sino que decretó que en el futuro se pasara revista en la primera compañía del batallón Yaguachi como si él estuviera vivo, honor pocas veces visto en la historia militar.

Esa arteria era muy importante ya que, a lo largo de ochocientos metros, pasaba por el banco de Guayaquil, por el parque González Juárez y la Iglesia Católica El Jordán - Nuestra Señora de Monserrat, además de la cantidad de locales comerciales que allí se encontraban y de vendedores ambulantes.

Por esa calle circulaba todo tipo de transeúntes, y como en todo el país, y gran parte de América Latina, era costumbre que las mujeres cargaran a los niños pequeños en sus espaldas. 

Banco de Guayaqyuil sobre la calle Abdón Calderón en Otavalo

  

Mujer cargando a un niño en la espalda por la calle Abdón Calderón

  

Y al llegar a la esquina de Vicente Ramón Roca, denominada así en honor al político liberal que fuera el primer presidente constitucional del Ecuador entre 1845 y 1849, nos encontramos ante la iglesia Católica El Jordán - Nuestra Señora de Monserrat.

Este templo se había construido inicialmente como un oratorio particular, dedicado al Señor del Jordán, para luego ser transformado en capilla. Y ya en 1775 se elevó a iglesia parroquial de españoles y forasteros. Reconstruido luego de los cataclismos de 1868 y 1906, el nuevo templo databa de 1925, abriendo sus puertas en 1964. El estilo arquitectónico era historicista manierista con elementos greco-romanos y renacentistas.

 

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La Iglesia Católica El Jordán - Nuestra Señora de Monserrat desde la calle Abdón Calderón

con vendedores ambulantes y lustrabotas

 

Frente a la iglesia se extendía el parque que llevaba el nombre de Federico González Juárez, un eclesiástico, que viviera entre 1844 y 1917, que había llegado a ser obispo de Riobamba y de Ibarra, y arzobispo de Quito. Este clérigo, además, había sido autor de varias obras de carácter histórico, arqueológico y literario. 

La Iglesia Católica El Jordán - Nuestra Señora de Monserrat desde el parque González Juárez

  

Continuando con nuestro deambular, no paramos de observar diferentes aspectos del lugar. Pasamos por diferentes comercios, por una casa de velaciones, y por casas particulares, notando una gran semejanza con muchas otras ciudades andinas. Sin embargo, existía una particularidad en la vestimenta de las mujeres miembros de la comunidad otavala. 

SALA DE VELACIONES

  

El atuendo tradicional de las otavalas estaba compuesto por una camisa bordada con motivos alegres, generalmente florales; el anaco negro o azul, que era una falda recta ajustada por dos fajas atadas a la cintura, una de las cuales era ancha llamada mama chumbi de color rojo, y otra delgada o wawa chumbi que tenía diversos diseños y colores; la chafalina, una especie de capa anudada sobre los hombros; además, cintas para envolver el cabello como si estuviera trenzado; la humaguatarina que se trataba de una tela doblada colocada sobre la cabeza; y alpargatas de cabuya y gamuza. Y, además, lucían joyas que incluían aretes y un collar conocido como waika con bolitas doradas de fibra de vidrio, así como brazaletes o maki watana, hechos con cuentas de coral o sintéticas, combinadas con algunas realizadas en oro, usados para protegerse de los malos espíritus, y a veces, de concha Spondylus, como símbolo de fertilidad.

Los habitantes de Otavalo no utilizaban su vestimenta para mostrarse ante los turistas, sino que formaba parte de su identidad indígena y expresaba exteriormente su etnia.

La mayoría de los otavalos mantenían los valores y las prácticas culturales tradicionales a pesar de la opresión de la conquista. Y, a diferencia de otros grupos originarios, el pueblo otavalo sobrevivió como una etnia distinta, y, en algún momento, después del siglo XVI su lengua original se perdió y en adelante comenzaron a hablar kichwa, el dialecto quechua del Ecuador. 

Una mujer otavala con su vestimenta tradicional

  

Pero no todo era tradición, sino que se notaba un gran contraste entre la población que conservaba las antiguas costumbres, con otro sector que vestía prendas de moda, incluso de marcas internacionales. Y lo mismo se podía encontrar en las calles donde, por un lado, había quienes cargaban mercaderías sobre sus espaldas o empujaban carros, mientras que, por otro lado, se veía circular un parque automotor muy moderno. Típico de gran parte de América Latina. 

Deambulando por el Centro de Otavalo 

miércoles, 11 de octubre de 2023

En el Museo Etnohistórico de Artesanías del Ecuador Mindalae

   Durante la tarde del miércoles 11, Omar y yo, nos encontramos con Paola Maldonado Tobar para visitar el museo Mindalae, que se trataba de una organización cultural, sin fines de lucro, dedicada a la promoción, exhibición y comercialización de artesanías con identidad cultural. Su nombre, Mindalae, provenía del antiguo comerciante de productos agrícolas del continente americano, el Mindala. Las salas mostraban los recursos naturales e insumos utilizados en la elaboración de las artesanías para destacar su armonía y sostenibilidad. 

Recorrimos las cuatro salas de exposición museográfica, con amplia información cultural, social y ambiental de las artesanías tradicionales de los pueblos indígenas, afroecuatorianos, montubios y mestizos del Ecuador. Por lo que, si bien fueron muchas las muestras que tuvimos a nuestra vista, solo haré referencia aquí, a las que, por diferentes motivos, llamaron a nuestra atención.

Si bien Ecuador era un país pequeño, la diversidad de ambientes generaba, además, diferentes culturas, que, entre otros aspectos, incidían en la vestimenta femenina.

Una característica de la prenda de la chola cuencana consistía en una blusa blanca con cuello triangular, adornado con encajes, bordados con flores como símbolo de elegancia, cubierta con una manteleta de paño fino de Gualaceo (una ciudad localizada al este de Cuenca), y la falda ancha y gruesa confeccionada con terciopelo y con colores muy llamativos. Si estaba casada, de su sombrero de paja toquilla, salían tiras negras.

Mientras que las mujeres del Chimborazo utilizaban anacos (vestidos precolombinos) negros sujetos a la cintura con una faja kawiña chumbi, tejida en telar con lana de oveja, en forma de rectángulos, alternando cada tanto con figuras geométricas. La función de las fajas era la de mantener el vientre caliente para proteger la fertilidad, y tenían símbolos bordados que representaban la cosmovisión del pueblo indígena, distinguiéndose animales, montañas y agua. Lo que las diferenciaba de otras mujeres de la región era la forma en la que se colocaban el anaco: la tela negra se envolvía de forma que se apretara en la cintura, siendo más holgada a la altura de los tobillos, debido al trabajo que realizaban en el campo, ya que necesitaban que la ropa estuviera más suelta para permitir su movilidad. También vestían un camisón largo con figuras bordadas en el pecho y mangas, que se colocaba debajo del anaco; sobre sus hombros usaban dos fachalinas largas (pañuelo rectangular hecho de paño), de colores distintos que aseguraban con un tupo (alfiler de gran tamaño) de plata. Dichas prendas se fabricaban con lana de borrego y en la antigüedad se teñían con colorantes naturales extraídos de las verduras, plantas y flores, pero posteriormente comenzaron a hacerse con hilos pigmentados. Y cuando estaban en condiciones de casarse, colgaban del sombrero tiras de varios colores. 

Izquierda: traje de mujer de Cuenca con tiras negras que salían del sombrero

que indicaban que estaba casada.

Derecha: traje de mujer del Chimborazo con tiras de varios colores que salían del sombrero

que indicaban que estaba en condiciones de casarse.

  

Respecto de la elaboración de tejidos, había imágenes relativas al “telar de cintura”, denominado así ya que la cintura servía para tensar la urdimbre (conjunto de hilos longitudinales) colocada en ganchos o en la pared. 

Telar de cintura

  

Algo que nos pareció muy bonito, además de creativo y colorido, fueron los juguetes, que, en muchos casos, consistían en figuras en miniatura.

 

Juguetes muy bonitos y coloridos

  

Entre los instrumentos musicales pudimos ver tanto los de cuerda como los de percusión y de viento.

 

Instrumentos musicales de cuerda, de percusión y de viento

  

Si bien yo sabía que el famoso sombrero “Panamá” tenía su origen en Ecuador, desconocía el lugar exacto donde se elaboraba, así como la razón por la cual se lo conocía con el nombre de otro país.

Y ahora pude informarme acerca de que dichos sombreros se cinfeccionaban en la localidad de Montecristi, muy cercana a Manta, a escasos quince kilómetros de la costa del Pacífico.

Su particularidad era que se tejía a mano con el producto de las hojas de la palma conocida como jipijapa, Paja toquilla, Iraca, palmiche, cestillo, nacuma, rabiahorcado, murrapo, atagua, y científicamente como Carludovica palmata, planta que crecía hasta los 1.300 m.s.n.m. en regiones cálidas y húmedas del Centro y Sur de América.

Por esa razón el origen de su denominación era la de “sombrero Montecristi”, o simplemente “jipijapa”.  Pero su fama internacional como “Panamá”, vino del hecho de que durante la construcción del canal se importaron millares de estos sombreros para el uso de los trabajadores de la construcción. Cuando Theodore Roosevelt visitó el canal, también usó dicho sombrero, lo que aumentó su popularidad.

 

Sombrero “Montecristi” o “Panamá”

  

Recorriendo el museo, no solo tuvimos contacto con los diversos elementos generados por las diversas culturas del Ecuador, sino que también recibimos información sobre sus principales costumbres.

Y los pueblos que más nos impactaron, fueron, sin lugar a duda, los amazónicos, que se diferenciaban en siete etnias.

Una de sus particularidades era la de abandonar a quienes no podían trasladarse por sus propios medios, como, por ejemplo, los ancianos. A pesar de nuestra sorpresa, era lógico pensar que, en una comunidad cazadora nómade, donde los desplazamientos eran vitales para la subsistencia, y en un bioma selvático con grandes peligros a cada paso, el hacerse cargo de quienes estuvieran imposibilitados de seguir al grupo, pondría en peligro a todos sus miembros.

 

Siete etnias amazónicas

  

Un elemento interesante lo constituía el “tuntuy”, que consistía en un grueso tronco con un palo para hacer llamados, una especie de celular de los pueblos originarios.

 

Tuntuy (el celular de los pueblos originarios amazónicos)

  

Y como todo pueblo cazador, no solo elaboraban diferentes objetos con partes de animales, sino que los representaban a través del arte.

Entre las muestras del museo encontramos un cinturón del cual colgaban picos de tucán, un collar con vértebras de boa, plumas de papagayos y tucanes, cráneos de monos y ratones, y un banco tallado en una sola pieza que representaba a siete serpientes. 

Cinturón con picos de tucán

 

Collar con vértebras de boa

  

Plumas de papagayos y tucanes

  

Cráneos de monos, ratones y otros

  

Banco tallado en una sola pieza

  

Pero, evidentemente, el clima amazónico, extremadamente cálido y húmedo, no solo generaba una gran diversidad de plantas y animales, sino que aumentaba la propagación de determinados insectos, como, por ejemplo, los piojos. Y ya estos pueblos utilizaban un método que perdura en la actualidad, aunque con otros materiales, que se trata de la utilización de los “peines finos”.

 

“Peines finos” amazónicos para sacarse los piojos