jueves, 13 de octubre de 2022

Entre San Luis y Córdoba

  

Después del desayuno los chicos disfrutaron durante toda la mañana de la piscina del complejo.

   

Martín (19), embadurnado con protector solar, pasó todo el tiempo en el agua

 

 

Laurita (7) montada en su jirafa

 

 

Ludmila (8) con un nuevo amiguito cordobés (12) junto a su ballena

 

 

Pero durante la tarde, con mi mamá y mis nietas, salí a recorrer diferentes lugares de la Villa de Merlo.

Primeramente hicimos una parada ante el “Ojo del Tiempo”, que se trataba de un monumental reloj de sol diseñado por el artista plástico Pérez Celis.

El reloj o cuadrante solar era un instrumento creado y utilizado por diferentes culturas de todo el mundo a través del tiempo. Utilizaba el movimiento aparente del Sol, a lo largo del día y del año, para producir una base de tiempo que permitía reconocer el paso de las horas y de los días.

En el “Ojo del Tiempo”, nos encontrábamos frente a dos relojes de sol: uno horizontal y otro vertical, este último, de dos caras. Ambos relojes marcaban la hora solar verdadera corregida por longitud local (64° 59’ 38” W) y huso horario -3 ó XXI, a la que debía sumarse o restarse la corrección por la “ecuación del tiempo”. Justamente, debido a esto, se podía percibir que el sol no culminaba a las 12, sino aproximadamente a las 13,20. La “ecuación del tiempo” debe realizarse porque la Tierra no posee una órbita circular en torno al Sol, sino elíptica, y la velocidad con la cual desarrolla su movimiento de traslación a lo largo del año es diferente en función de la distancia que los separa. Así, durante el perihelio, es decir, cuando la Tierra tiene su máximo acercamiento al Sol, su velocidad se incrementa y, por el contrario, durante el afelio, cuando la tierra tiene su máximo alejamiento, su velocidad disminuye. A su vez, dado que el plano de rotación de la Tierra, el Ecuador, no coincide con su plano de traslación, la eclíptica, sino que se encuentra inclinado aproximadamente 23° 27’, se produce el fenómeno de las cuatro estaciones. Ambos efectos se combinan dando como resultado que el movimiento del Sol, desde la Tierra, no sea uniforme a lo largo del año. Debido a todo esto, para obtener un “tiempo uniforme” que nos sea útil a los seres humanos, a partir del movimiento solar, es necesario aplicar una corrección diferente, día a día, a la hora indicada por la sombra del “gnomon” en el reloj solar.

En el reloj vertical el gnomon en forma de aguja proyectaba una sombra sobre el cuadrante vertical. La posición de esta sombra debía interpretarse, de acuerdo con su proximidad a las divisiones numeradas que indicaban las horas, como la cantidad de minutos pasados o faltantes para dicha hora. Al aproximarse el verano, al encontrarse a poco más de 32°S, el Sol comenzaba a estar más alto sobre el horizonte. La cara norte del reloj vertical indicaba las horas matutinas hasta las quince, y la cara sur, indicaba las horas vespertinas.

El gnomon del reloj horizontal proyectaba una sombra sobre el cuadrante horizontal en el piso. La posición de dicha sombra debía interpretarse, de acuerdo con su proximidad a las divisiones numeradas que indicaban las horas, como la cantidad de minutos pasados o faltantes para dicha hora. En ambos casos, si la sombra estaba entre las líneas de las diez y la de las once, pero más cerca de las diez, serían, por ejemplo, las diez y cuarto. Si, en cambio, estuviera más cerca de las once, serían las once menos cuarto.

Ambos relojes ofrecían la hora solar verdadera corregida por la longitud local y huso horario a la que debía sumarse o restarse la corrección por la “ecuación del tiempo”. Además, el reloj horizontal funcionaba como un calendario, permitiendo determinar la época del año, de acuerdo con la longitud de la sombra proyectada por el gnomon. Se habían señalado las constelaciones del zodíaco y los dos solsticios por medio de símbolos.  

Ojo del Tiempo” en la Villa de Merlo, provincia de San Luis

 

 

Continuamos rumbo al norte, y tras pasar por el casino Dos Venados, nos dirigimos hacia Piedra Blanca, un lugar paradisíaco por su paisaje, su silencio y sus aromas.

 

Casino Dos Venados

 

 

Rumbo a Piedra Blanca, la sierra de Comechingones

 

 

Florcitas silvestres entre las piedras

 

 

Flores de lavanda, muy apreciadas en perfumería

 

 

Y después de

Y después de varias paradas con el propósito de oler el perfume de las flores, recoger roquitas y tomar fotografías, llegamos al arroyo Piedras Blancas, límite entre las provincias de San Luis y Córdoba.   

Laurita y Ludmila en el arroyo Piedras Blancas, del lado de San Luis

 

 

Laurita y Ludmila en el arroyo Piedras Blancas, del lado cordobés

 

 

El Piedras Blancas era un arroyo de aguas cristalinas, con presencia de gran cantidad de guijarros de diferentes tamaños, que permitían atravesarlo sin dificultades. Fue por esa razón que Ludmila y Laurita lo cruzaron una y otra vez, felices de que iban solas desde la provincia de San Luis a la de Córdoba. Y ese juego redundó en un importante aprendizaje, ya que después pidieron que les comprara un rompecabezas con las provincias argentinas, y desafiaron a su amiguito cordobés.

 

 

Ludmila y Laurita nuevamente en la provincia de San Luis

 

 

Ludmila y Laurita volvieron a la provincia de Córdoba

 

 

¡Justo en el límite!

Ludmila y Laurita mostrando agotamiento por ir caminando de San Luis a Córdoba varias veces durante la tarde

 

 

Antes de dejar Piedra Blanca, fuimos a visitar el parque donde se encontraba el “Algarrobo Abuelo”. Se trataba de un algarrobo blanco (Prosopis Chilensis), que según estudios dendrocronológicos se calculaba una edad aproximada de ochocientos años, por lo que había sido declarado Monumento Histórico Provincial.

Tiempo atrás era conocido como “Algarrobo de los Agüero”, por pertenecer a la familia que se radicó allí doscientos años atrás. Pero uno de sus descendientes, Antonio Esteban Agüero, le dedicó la “Cantata del Abuelo Algarrobo”, y desde entonces, popularmente comenzó a ser llamado con ese nombre.

Así concluye la cantata del poeta Agüero:

Padre y Señor del bosque.

Abuelo de barbas vegetales.

Algarrobo natal. Torre del cielo.

Monumento y estatua del follaje.

Hijo del Sol y de la Tierra unidos.

Árbol de luz. Espejo de los siglos.

Dios vegetal de corazón fragante.

Así yo quiero terminar la Oda,

Asistido por Ángeles del Canto:

Algarrobo natal, Abuelo nuestro,

¡Catedral de los pájaros!

 

Su último dueño, antes de ser expropiado como bien público, fue el artista y filósofo Orlando Agüero Adaro, sobrino del poeta y residente en el lugar. 

 

Laurita y Ludmila durante la visita al “Algarrobo de los Agüero

 

 

Este ejemplar era uno de los últimos sobrevivientes de los vastos bosques de algarrobo que habían poblado el “País del Conlara” hasta la llegada del ferrocarril, a comienzos del siglo XX. Y constituía un hito de referencia ubicándoselo en el centro mismo de lo que podría llamarse valle del Conlara o la Capital de Yungulo, legendario cacique, jefe de los Comechingones, en el siglo XVI.

Era considerado un árbol Tótem vinculado al culto solar “cuadratura cósmica”, de los cultos agrarios precolombinos relacionados con la fertilidad. Este lugar sagrado para los comechingones estaba rodeado de morteros de piedra poco profundos, llamados “conanas”, que tenían diferentes tamaños. Se cree que la ubicación indicaba la posición planetaria (estaciones), por ser el paraje zona de cultivo, cosa imposible sin un calendario.  

El “Árbol de los Agüero” o “Árbol Abuelo”

 

 

A partir del asentamiento de los Agüero, el longevo algarrobo se convirtió en un lugar de múltiples ceremonias, templo de una especie de culto panteísta del antiguo Cuyo, así como corral, posta, plaza de armas de las tropas del Chacho Peñaloza, patio de bailes en las fiestas familiares… 

 

Con mi mamá, Ludmila y Laurita junto al “Árbol Abuelo”

 

 

Antes de regresar, compramos algunas artesanías en el local que se encontraba junto al parque. 

Laurita y Ludmila con la enorme muñeca del local de artesanías

 

 

Mientras preparaba la cena, los chicos volvieron a la pileta, donde se sumó Omar que se divirtió junto a ellos. 

 

 

Ludmila a caballito de Omar en la pileta del complejo


miércoles, 12 de octubre de 2022

En el Mirador del Sol, ahora de día

  

Al día siguiente de la excursión nocturna, regresamos al Mirador del Sol, pero ahora, haciendo honor a las vistas referidas a Febo.

Para acceder recorrimos solo veinte kilómetros, partiendo de la ciudad por las avenidas del Sol y de los Césares tomando luego la ruta número cinco pasando el arroyo del Rincón. Y al llegar a una altura de 1470 m.s.n.m. se podía ver, en toda su extensión, el valle de Conlara. 

El valle de Conlara desde el mirador del Sol

  

El Mirador del Sol se encontraba en el filo de la sierra de los Comechingones, el sector sur del subsistema orográfico perteneciente a las Sierras Pampeanas, constituyendo el límite entre las provincias de San Luis y Córdoba. 

Ladera de la sierra de Comechingones

  

Avanzamos hasta los 2200 m.s.n.m. desde donde se practicaba parapentismo. Desde ya, considerando un buen tiempo, era muy habitual que se llevara a cabo en zonas de montaña debido a las diferentes corrientes convectivas que se producían. 

Práctica de parapentismo

  

A lo lejos, tras el valle de Conlara se visualizaban las sierras de San Luis, que se encontraban en el centro-norte de la provincia con orientación norte-sur. 

Las sierras de San Luis al fondo del amplio valle

  

Geológicamente, las Sierras Pampeanas eran una formación precámbrica, que, si bien había sufrido la acción del tiempo, debido a la posterior formación de los Andes, había sido elevada de oeste a este. Era esa la causa por la cual la falda occidental poseía un relieve abrupto formando el valle de Traslasierra, y, por el contrario, en el sector oriental, el declive era más suave, donde se encontraba el valle de Calamuchita, en la provincia de Córdoba. De ahí que el camino se presentara serpenteado en gran parte de su recorrido. 

Camino serpenteado en el filo de la sierra de Comechingones

 

A la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, los habitantes de esa zona eran los barbudos Comechingones, de ahí el topónimo de las sierras.

La población muy pronto se mixogenó, dando un tipo llamado criollo, del cual, ya en el siglo XVII, surgieran los gauchos serranos. 

Cobertura verde en la sierra de Comechingones

  

A diferencia de lo ocurrido la noche anterior, el Mirador estaba repleto de gente, y muy particularmente, de autos estacionados que hacían más dificultosa la observación del paisaje. De todos modos, el guía nos brindó unos catalejos que nos permitieron tener imágenes muy interesantes.

 

Laurita mirando el paisaje con un catalejo

  

La flora de esta sierra estaba determinada no solamente por el clima predominante en la región, que se caracterizaba por ser un templado seco, sino, además, por la altura, presentándose diferencias a medida que se ascendía.

 

Flor de cardo en la cima del cerro

 

 

Pastos duros en el filo de la sierra

 

 

Caminito de cornisa

 

 

Un paisaje diferente en cada curva

 

 

Con mi mamá y mis nietas Laurita y Ludmila en la sierra de Comechingones

 

 

Mis nietas Ludmila y Laurita

 

 

Muchos cursos de agua descendían de estas sierras y las precipitaciones en el sector sanluiseño, es decir, en su ladera occidental eran muy inferiores a las del sector cordobés. Y si bien en el verano las temperaturas podían ser muy elevadas, en el invierno podría haber nevadas. Por otra parte, las lluvias se concentraban en los meses de verano, siendo justamente enero, mes en el que nosotros nos encontrábamos veraneando, durante el cual caían más de 100 mm de los poco más de 500 que precipitaban durante todo el año.

Vegetación de verano en la sierra de Comechingones

 

 

Andando por los caminos de la sierra de Comechingones

 

 

Continuando con nuestro desplazamiento por el filo de la sierra pasamos por la estancia “Los Tabaquillos”, perteneciente a ATOS PAMPA S.R.L., una empresa que contaba con varios establecimientos de ese tipo en la región.

 

Entrada a la estancia Los Tabaquillos de ATOS PAMPA S.R.L.

 

 

Las obras e inversiones estaban dirigidas tanto a la provincia de San Luis como a la de Córdoba, que, en esas latitudes, constituían una misma realidad desde el punto de vista económico.

 

OBRA: CAMINO A LA CRUZ

MUNICIPALIDAD VILLA DE MERLO

 

 

El día se había presentado espectacular, tanto respecto de la temperatura como de la diafanidad, sin embargo, al comenzar a avanzar la tarde, un manto de bruma cubrió el valle de Conlara, comenzaron a formarse cúmulos en lo alto de las sierras, y al bajar el sol, sus reflejos cambiaron la tonalidad del paisaje, y la temperatura disminuyó repentinamente.

 

Bruma en el valle de Conlara

 

 

Cúmulos en lo alto de la sierra

 

 

Comenzando a bajar el sol

 

 

Ludmila y Laurita con la luz de la tarde

 

 

Laurita abrigada al bajar el sol

 

 

Reflejos del sol en la ladera de la sierra

 

 

Mi mamá, el guía y mis nietas Laurita y Ludmila

 

 

Las nubes iban avanzando sobre la sierra

 

 

Reflejos del sol en las plantas

 

 

Debido a la amplitud térmica, tanto de verano a invierno como diaria, se producía erosión mecánica que generaba derrumbes de las rocas de lo alto de la sierra, en especial, cuando ese tipo de desgaste iba acompañado de fuertes lluvias. Por esa razón, encontrábamos permanentemente grandes piedras a la vera de los valles, que muchas veces, continuaban siendo desgastadas por los arroyos que bajaban de las laderas.

 

Rocas producto de derrumbes por erosión mecánica

 

 

Febo comenzaba a abandonarnos, y las nubes se habían transformado en largos estratos donde él se escondía. Y lentamente fue desapareciendo tras posarse sobre el horizonte. Un momento maravilloso, por los colores del firmamento y por la quietud y silencio del lugar.

 

El sol escondiéndose detrás de un estrato

 

 

Puesta de sol desde el mirador del Sol

 

 

El sol posándose sobre el horizonte antes de desaparecer

 

 

Ya habiéndose hecho noche, bajamos al pueblo, y antes de regresar a nuestra cabaña, pasamos por uno de los varios locales de elaboración y venta de dulces artesanales típicos de la Villa de Merlo. Y las chicas quisieron tomarse una fotografía junto a “una abuela”, que habían instalado en la puerta como símbolo de producción tradicional.

 

Laurita y Ludmila junto a “una abuela” en un local de venta de dulces artesanales