jueves, 9 de agosto de 2018

De paso por Dallas


  
El martes 31 de octubre de 2006 a la noche partí desde Ezeiza por American Airlines, y tras casi once horas de vuelo aterricé en el Aeropuerto Internacional Fort Worth de Dallas.

Habiendo pasado más de diez horas de vuelo,
me desperté sobre un colchón de nubes a poco de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Fort Worth


Dallas era una ciudad que había quedado negativamente en mi memoria por ser el lugar donde habían asesinado al Presidente John Fitzgerald Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. Y ese día lo recordaba especialmente porque yo cumplía once años y mi papá, que debía cubrir la nota, como en tantas otras oportunidades, no había podido estar conmigo durante los festejos. Además, durante toda la fiesta, mis familiares y los padres de mis amigos no hicieron otra cosa que hablar de ese tema, y a pesar de que los chicos nos habíamos puesto a jugar, no pudimos eludir los comentarios de “los grandes”.
Era muy temprano aún, cuando el vehículo que me trasladó desde el aeropuerto me dejó en el área céntrica, por lo que la zona estaba bastante despoblada; y comencé a caminar sin rumbo fijo sin que nada me agradara y ni siquiera llamara mi atención. Había varios edificios de altura que convivían con antiguas construcciones, con varios espacios verdes que matizaban un poco el gris del cemento y la frialdad de las paredes vidriadas. Todo muy deprimente para mi gusto.





El Texas Club en la zona céntrica de Dallas


Una combinación de gris y verde en toda la ciudad


Grandes y fríos edificios


Extensos parques en pleno Centro


Reunion Tower, la estructura más alta de la ciudad


Distrito Gubernamental


Bank of America Plaza, el edificio más alto de Dallas, con setenta y dos plantas


Mc Donald’s y el hotel Hampton Inn


Office Equipment Company


Un avión a punto de aterrizar en el aeropuerto de Fort Worth


Edificaciones antiguas y modernas convivían en el centro de Dallas


Camioneta de bomberos en Ross Avenue


El edificio Energy Plaza a la izquierda de la imagen


Casillas de venta de diarios en inglés y español


Y. O. Ranch Steakhouse en la Ross Avenue


Market-Ross Place en North Market Street y Ross Avenue


Frondosa arboleda en North Market Street


Varios locales de venta de carne asada (barbacoa)


Galería comercial con locales diversos


Un texano típico


La Renaissance Tower y el Hotel Hampton Inn


Lentamente me fui acercando al Distrito Histórico de West End, encontrando allí una plaza donde había un enorme paredón blanco al que me acerqué, descubriendo que se trataba de uno de los muros de una habitación sin techo con dos aberturas estrechas que daban al norte y al sur. Era nada menos que el “John Fitzgerald Kennedy Memorial”, un cenotafio, o tumba vacía, diseñado por el arquitecto Philip Johnson. Alguien que se encontraba allí me dijo que simbolizaba la libertad de espíritu de Kennedy; sin embargo, a mí me pareció un verdadero elefante blanco, que no trasmitía nada de lo que supuestamente se había pretendido. Y esa misma persona me indicó dónde quedaba el lugar exacto donde habían asesinado a su admirado presidente.


Un ave negra en la John F. Kennedy Memorial Plaza



John Fitzgerald Kennedy Memorial, un verdadero elefante blanco


El arquitecto Philip Johnson había escrito una frase que rezaba
“…un lugar de refugio tranquilo, un lugar cerrado del pensamiento y la contemplación
separado de la ciudad alrededor, pero cerca del cielo y de la tierra”


Continué mi caminata por Main Street pasando por el Old Red Museum of Dallas County History and Culture, edificio muy bonito, en diversos tonos de rojo, que contaba con una torre con reloj y otras torrecitas menores, todas terminadas en sendas cúpulas, construido en el año 1892.



El paredón blanco del cenotafio en homenaje a Kennedy
contrarrestando con el Old Red Museum of Dallas County History and Culture


El Old Red Museum of Dallas County History and Culture


Doblé por Houston Street, y justo enfrente estaba la plaza Dealey, considerada como el primer templo Francmasón en Dallas conteniendo un obelisco terminado en una antorcha, símbolo clásico de la Hermandad. Allí había además un monumento a George Bannerman Dealey, destacado hombre de negocios que fuera editor de The Dallas Morning News y propietario de la A. H. Belo Corporation.




Monumento a George Bannerman Dealey


Obelisco con antorcha, un típico símbolo masón



A las doce y treinta de ese 22 de noviembre, la limusina avanzaba por esa misma calle Houston, y al tener que hacer un giro de 120° a la izquierda, se vio obligada a reducir la velocidad quedando a una distancia de sólo veinte metros del entonces Almacén de Libros Escolares de Texas. Y fue desde una ventana del sexto piso de ese edificio que, supuestamente, Lee Harvey Oswalds disparó el tiro fatal.


Houston Street llegando a la esquina de Elm Street donde estaba el edificio desde donde, supuestamente, Lee Harvey Oswald disparó contra Kennedy


Ventana del centro a la derecha de la imagen del entonces Almacén de Libros Escolares de Texas. Posteriormente Museo del Sexto Piso


 Avancé hasta Elm Street donde había una cruz pintada en el asfalto mostrando el lugar exacto donde cayera Kennedy. Tomé varias fotografías del lugar, y compré la copia del diario del día del hecho, para llevárselo a mi padre, quien siempre había coleccionado material periodístico de acontecimientos de gran trascendencia nacional e internacional.


Elm Street desde Houston Street por donde avanzaba la limusina de Kennedy
hacia el túnel del ferrocarril


La limusina transitaba por el lugar donde está la camioneta de esta imagen
en el momento en que se realizó el disparo fatal


La plaza Dealey frente al lugar en que fuera asesinado Kennedy


Caminando por la calle Elm


Cruz en medio de la calle Elm marcando el lugar en que cayó Kennedy, con vista hacia la plaza Dealey


La cruz en la calle Elm con vista hacia la calle Houston


Era increíble, pero lo que más me había atraído de la ciudad había tenido que ver con un recuerdo funesto, si bien se trataba de un hecho histórico. Así que, pasado el mediodía, habiendo ya cubierto mis expectativas en esta ciudad, me dirigí a la terminal de ómnibus de la empresa Greyhound, con el fin de proseguir viaje, ya que mi estada en Dallas era sólo de paso rumbo a la localidad de San Marcos donde participaría de actividades académicas organizadas por la Texas State University.

miércoles, 8 de agosto de 2018

A Colón por el Encuentro Humboldt



El Teatro del Centenario, en la calle 12 de abril, la más importante vía comercial de Colón, provincia de Entre Ríos, fue el escenario elegido para la realización del VIII Encuentro Internacional Humboldt, que se realizara entre los días 25 y 29 de setiembre de 2006.
La coordinación estuvo a cargo del Dr. Alfredo César Dachary, miembro del Centro Humboldt, de origen entrerriano, radicado en México desde treinta años atrás.
Durante la apertura, el Profesor en Geografía Abel Omar Ramos, del Instituto San José, realizó una presentación general de la provincia de Entre Ríos, y en especial del Departamento Colón, mediante cartografía y excelentes fotografías. Y la Profesora en Historia Celia Emma Vernaz, de una prosa excepcional, perteneciente al Museo Histórico Regional de la Colonia San José y autora de varios libros sobre la región, emocionó a los asistentes con sus relatos sobre los inmigrantes que les dieron origen a San José y Colón.
La conferencia magistral fue dictada por la Doctora Honoris Causa Elena Chiozza, quien se refirió especialmente al cincuentenario de “La Argentina. Suma de Geografía”, en la cual había participado en sus primeros años de profesión, dando detalles de los pormenores que le dieron origen a la publicación. Una de las cuestiones que resaltó fue que todas las grandes obras editoriales de las que había participado, se habían realizado cada vez que por razones políticas había sido separada de las universidades.
Luego mi padre, el periodista Ampelio Liberali, y yo, exhibimos el audiovisual “Del Sur al Litoral”, realizado en base a una canción del poeta neuquino Marcelo Berbel, quien describiera como nadie las grandes diferencias geográficas entre los dos extremos de nuestro país.  Nosotros habíamos tomado las fotografías de los lugares que mencionaba la canción, y algunos de las del Litoral, correspondían justamente al departamento de Colón y a otros lugares de la provincia de Entre Ríos.
Y la letra dice así:

Mi guitarra con su vuelo melodioso,
por un cielo majestuoso, rumbo al norte se me va…
y te lleva de mis bosques milenarios,
del Lanín y su santuario, un saludo fraternal.
Bailan nubes que soplan vientos sureños,
de estos pagos los ensueños coloreados de michay.
Y en mi verso que te canta tan lejano,
vaya mi abrazo de hermano, criollo del Litoral.
Quiero que me hables de tus paisajes y tu sol,
pues tengo una visión del Paraná.
Y quiero que conozcas a mi tierra,
con su nieve siempre eterna y su límpido Limay.
Llevarás las coplas de mi raza,
y yo aquí con mi guitarra cantaré a tu Litoral.
Si tu vienes, matearemos en mi nido,
y en el manzanal florido, verás a tu naranjal.
Y si vamos tierra adentro por mis cerros,
verás los lagos más bellos, cual es bella la Iberá.
Y diremos en la lengua de mis padres,
la mapuche, dulce y suave, algún verso guaraní.
Y en tu arpa llevarás un loncomeo,
que al cantarlo allá en tu suelo, yo lo escucharé de aquí.
(………………………………………………………………………………)
Quiero hacer un ramo de ceibo y amancay…

El cierre de la jornada estuvo a cargo del ballet vocacional del Teatro, que maravilló a todos con su presentación de danzas folklóricas regionales.
Y para cerrar la noche tuvimos una cena de bienvenida en la cual también festejamos el cumpleaños de mi madre, que ese mismo día cumplía ochenta y tres años.
En el transcurso de la semana se dictaron otras conferencias, tuvieron lugar paneles con la consiguiente intervención del público, y fueron expuestas diversidad de ponencias por parte de colegas procedentes de gran parte del país y de otros latinoamericanos. Y Omar Gejo y yo presentamos nuestro libro “La Argentina como Geografía. Ciclos Económicos y Población (1530-1990)”.
Organizado por el Centro de Estudios Alexander von Humboldt, estaba auspiciado por diversas instituciones, siendo una de ellas la Universidad de Concepción del Uruguay, por lo que durante una jornada completa desarrollamos todas las actividades en esa casa de altos estudios.
La ciudad de Concepción del Uruguay estaba situada a menos de cincuenta kilómetros al sur de Colón por la ruta nacional número catorce y era apodada como La Histórica, por haber sido sitio de los hechos más significativos de la provincia, como también una de las primeras en apoyar la Revolución de Mayo. Y además se la conocía como la Capital Entrerriana de la Cultura.
Al caer el sol, nos tenían preparada una visita guiada al Palacio de San José, a treinta kilómetros al oeste de Concepción.
El Palacio de San José fue la residencia del General Justo José de Urquiza, destacado empresario ganadero, caudillo, gobernador entrerriano, y primer presidente constitucional del país. Fue construido por arquitectos italianos en medio del monte y estaba conformado por treinta y ocho habitaciones de la residencia principal estructuradas alrededor de dos patios, el de Honor y el del Parral, accediendo a través del Jardín Francés. Contaba con siete dependencias de servicio distribuidas en los jardines posteriores, una capilla y un lago artificial.
Allí pasó Urquiza los últimos veinte años de su vida en compañía de su esposa e hijos, hasta que fuera asesinado en una de sus habitaciones en 1870. Pero este recinto no fue sólo su morada, sino también escenario de hechos esenciales de la historia nacional referidos a la consolidación de la república y del federalismo. Declarado Monumento Histórico Nacional, era sin duda, un fiel testimonio de lo que fuera la estancia argentina en el siglo XIX.
Uno de los principales objetivos del Encuentro era que existiera diálogo entre los académicos y los sectores populares, para lo cual se abrieron las puertas al público en general en dos oportunidades.
Una de ellas fue la de la charla a cargo de Juan Carlos Cena, autor de varios libros, siendo el más conocido “El Ferrocidio”, donde relataba en un lenguaje llano las vicisitudes de la destrucción de la red ferroviaria argentina. Y de hecho, la provincia de Entre Ríos se encontraba entre las más afectadas. Y al margen de los conocimientos técnicos de Cena, su llegada a los asistentes fue tan profunda que generó un clima muy particular, donde estaban presentes la indignación por las políticas anti-ferroviarias relatadas por el expositor, como la melancolía por parte de quienes, de una manera u otra, habían tenido sus vidas pendientes del paso del tren.
Y la otra, tuvo que ver con lo referido al plan de lucha con el fin de intentar detener la instalación de las papeleras ENCE y BOTNIA. Por una parte, la Profesora en Química Adriana Viollaz, de la Escuela Agrotécnica Justo José de Urquiza, se refirió a las consecuencias que los derrames producirían sobre la cuenca del río Uruguay, desde un punto de vista científico. Y, por otro lado, las cinco agrupaciones ambientalistas que encaraban políticamente el asunto, apoyando a las de Gualeguaychú, expusieron sus puntos de vista durante una jornada donde no quedó absolutamente nada por decir.
Todo esto era conducente al lema del Encuentro: El “Retorno” de la Política, así encomillado, dado que considerábamos que la política nunca había estado ausente. Y los hechos que se venían sucediendo desde un lustro atrás, las manifestaciones, cortes de ruta y del puente hacia la República Oriental del Uruguay, eran una muestra fehaciente de que la política había retornado a las calles y estaba más presente que nunca.

martes, 7 de agosto de 2018

Chicago, una ciudad decadente


  
Era domingo 12 de marzo, y cinco días después se festejaría el St. Patrick’s Day (Día de San Patricio, patrón de Irlanda). Y si bien los irlandeses se asentaron en diferentes ciudades de los Estados Unidos, Chicago los albergaba en gran cantidad desde mediados del siglo XIX.
Ya en camino al Centro de Chicago, comencé a ver gente de toda edad, etnia y nivel social, luciendo alguna prenda u objeto verde. Pero mayor fue mi sorpresa cuando, al cruzar el río Chicago, lo encontré absolutamente verde. Y ante mi preocupación respecto de que la tintura afectara a los organismos vivos que allí habitaban, me comentaron que la idea de teñirlo había surgido por accidente cuando un grupo de investigadores estaba utilizando fluoresceína como colorante para rastrear sustancias ilegales que contaminaban el río. Sin embargo, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos había prohibido el uso de la fluoresceína, y desde 1966 los ambientalistas obligaron a utilizar un tinte vegetal para proteger a los miles de peces de colores que poblaban ese curso de agua.
Anduve caminando sin rumbo, y como hacía demasiado frío, ya que el viento, característico de esta urbe hacía disminuir la sensación térmica, me refugié en un lujoso shopping; pero, como en todos los que he conocido a lo largo del mundo, no me atrajo para nada. Dentro de esos espacios comerciales pierdo la noción del país donde me encuentro, porque su homogeneidad es asombrosa, tanto en diseños como en los comercios de las mismas marcas famosas.
A partir de lo que se expusiera durante el Congreso de la Asociación de Geógrafos Americanos, pretendí conocer los suburbios de la ciudad, cuya distribución socio-económica parecía coincidir en gran parte, con la de Buenos Aires y su conurbano. Hacia el sur se habían localizado las principales industrias con sus barrios obreros contiguos; mientras que en el norte se ubicaban las áreas residenciales del sector de mayor poder adquisitivo.
Entonces, el lunes 13 por la mañana, tomé un tren rumbo al sur, que pasaba por el Barrio Chino y por el sector industrial de la ciudad, aquel que a fines del siglo XIX y principios del XX llegara a ser el más importante del mundo. Sin embargo, eso no significaba, necesariamente, que todo funcionara como debería.
En noviembre de 1884 se había celebrado en Chicago el IV Congreso de la American Federation of Labor, en el que se propuso que a partir del 1ro. de mayo de 1886 se obligaría a los patronos a respetar la jornada de ocho horas. Llegada la fecha, y ante el no cumplimiento por parte de la patronal, los obreros se organizaron y paralizaron el país con más de cinco mil huelgas. Pero durante una manifestación pacífica en Haymarket Square, una persona lanzó una bomba a la policía que intentaba disolver el acto en forma violenta, lo que desembocó en un juicio, años después calificado como ilegítimo y deliberadamente malintencionado, contra ocho trabajadores anarquistas y anarco-comunistas, donde cinco de ellos fueron condenados a muerte y tres fueron recluidos. El 11 de noviembre de 1887 fueron llevados a la horca Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista), August Spies (alemán, 31 años, periodista), Adolph Fischer (alemán, 30 años, periodista), y Georg Engel (alemán, 50 años, tipógrafo). Louis Lingg (alemán, 22 años, carpintero) se había suicidado el día anterior en su propia celda; a Michael Swabb (alemán, 33 años, tipógrafo) y a Samuel Fielden (inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil) les fue conmutada la pena por cadena perpetua; y Oscar Neebe (estadounidense, 36 años, vendedor) fue condenado a quince años de trabajos forzados. Por estos hechos, en homenaje a los llamados “Mártires de Chicago”, el 1ro. de mayo comenzó a conmemorarse en casi todo el mundo, no así en los Estados Unidos, el Día Internacional del Trabajador.
Los empresarios debieron cumplir con las leyes laborales a lo que los sucesivos gobiernos norteamericanos compensaron brindando políticas proteccionistas, impidiendo durante casi todo el siglo XX, que se importaran productos que compitieran en precio y calidad a la industria nacional. Esto llevó a Chicago, en los años 20 y 30’, época de esplendor, a ser la locomotora de la economía norteamericana, pero también a transformarse en una ciudad dominada por sus mafias.
  Sin duda, el mafioso más famoso de Chicago fue Al Capone, quien deshaciéndose de sus adversarios llegó a controlar los negocios más sucios como la prostitución, el juego clandestino, el tráfico de alcohol y la organización de bandas, siendo el creador del “Sindicato del Crimen”. Sin embargo, como la corrupción era generalizada, por ninguno de dichos delitos fue procesado, sino que lo único que terminó llevándolo a la cárcel fue la evasión de impuestos.
En 2006, momento en que yo me encontraba allí, las cosas habían cambiado, y mucho. Los dueños de las empresas que habían sido beneficiados durante tanto tiempo, se vieron tentados a obtener mayor rentabilidad al trasladar sus plantas al sudeste asiático, o bien al norte de México, y vender en su propio país los bienes industrializados fuera de él, sin que ninguno de los últimos gobernantes, fueran republicanos o demócratas, pudieran revertir la situación.
Todo esto se me venía a la mente mientras observaba antiguas fábricas convertidas en centros educativos o de salud, y viviendas obreras destinadas a los afectados por el huracán Katrina en New Orleans el año anterior; y algunas otras, indudablemente tomadas por gran cantidad de desocupados. La mayor parte de esos habitantes eran negros, y las condiciones en las que se encontraban eran lamentables. Hacía mucho frío, y desde la ventanilla, veía el humo de los braseros con los que intentaban calefaccionarse en casas endebles y parcialmente destruidas. Esa era la otra cara de los Estados Unidos que no mostraban los medios, poniendo al país como un ejemplo mundial. ¡¿Ejemplo de qué?! Ni antes ni ahora. Y Chicago, mucho menos, ciudad tan exitosa industrialmente como mafiosa a lo largo de toda su historia.
A la tarde tomé un tren hacia el norte. Allí todo era diferente. Una serie de barrios con casas de arquitectura refinada, con amplios y cuidados jardines, se extendían a ambos lados de la vía; y todas ellas contaban con más de un automóvil de alta gama en la puerta o en su garaje abierto. También los pasajeros del tren mostraban un nivel muy superior a los del día anterior. Parecía otra ciudad, otro país.
De pronto paramos en una estación donde me pareció ver un cartel que indicaba la existencia de un cyber, y saltando de mi asiento, pude bajarme antes de que se cerraran las puertas. Efectivamente el anuncio se encontraba señalando la parte inferior de una autopista, y hacia allí me dirigí. Se trataba de una larga galería donde había una serie de negocios informales de venta de todo tipo de artículo, predominando las prendas de baja calidad. Todos allí hablaban en español con diferentes tonadas y giros idiomáticos, obviamente todos latinoamericanos, que me miraban con cierta desconfianza. Yo caminé de una punta a otra, y no encontré lo que buscaba, por lo que no tuve más remedio que dirigirme a uno de los vendedores:
-                     “Señor, buenas tardes, ¿podría decirme dónde está el cyber?”
-                     “¿Cómo? ¿Habla usted español?” -preguntó el hombre sorprendido.
-                     “Sí, claro” -respondí.
-                      “No, acá no hay nada de eso”, contestó nervioso, mientras se acercaban raudamente quienes atendían los puestos vecinos.
Los nuevos interlocutores me rodearon y sentenciaron:
-          “¡No parece latina! ¿De dónde es?”
-          “Soy argentina” -dije tímidamente ante tanta presión.
-         “¡Ahhhhhh… sí, allí son más blancos!” –afirmó el más informado.
-         “Mire, siga hasta el fondo del corredor, y al que atiende el mostrador de venta de celulares, le dice que nosotros la autorizamos a bajar al cyber” – me indicó otro que parecía ser el que los regenteaba.
Así hice, y cuando llegué al subsuelo, me encontré en un enorme salón con gran cantidad de computadoras siendo utilizadas sólo por negros y latinos. Lógicamente el sitio era clandestino por lo que se podía pagar en efectivo y no sólo con tarjeta como en los lugares legales. Sin quedar registrado mi nombre podría consultar todo tipo de página que me diera una información alternativa sobre la guerra de Iraq que se estaba llevando a cabo en esos días.
Volví al tren por unas estaciones más, llegué hasta un lugar donde disfruté de un paseo y de una exquisita merienda, y regresé al hotel cuando ya era de noche.
Al día siguiente tomé un vuelo a Miami, pero como era de esperar, se atrasó por problemas de elevado tráfico aéreo. Así que cuando llegué, sin trámites de por medio, tuve que correr por todo el aeropuerto porque estaban anunciando mi nombre como último llamado para embarcar en la conexión a Buenos Aires. Y exhausta por las actividades realizadas en toda la semana, dormí durante todo el viaje.

lunes, 6 de agosto de 2018

A Chicago por la AAG



A principios del año 2006 fui invitada, como representante del Centro de Estudios Alexander von Humboldt, a integrar el Panel “El Estado Actual de la Geografía en Países Hispanoamericanos”, que formaba parte del programa “Geography in the Americas”, que se realizaría en el marco del 103er Congreso Anual de la Asociación de Geógrafos Americanos entre los días siete y once del mes de marzo en la ciudad de Chicago. Los organizadores eran Patricia Solís, de la Asociación de Geógrafos Americanos y David Robinson, del CLAG (Conferencia de Geógrafos Latinoamericanistas).
Pero después de la crisis de 2001, los argentinos volvimos a necesitar visa para ingresar a los Estados Unidos, y el trámite no era para nada sencillo. Primeramente debíamos abonar cien dólares en el Citibank, y solicitar un turno en la embajada norteamericana. Luego, tras una larga espera, se debía demostrar que no había intención de permanecer en el “Gran País del Norte”; por lo cual era importante presentar recibos de sueldos, tarjetas de crédito, título de propiedad, y dejar en claro que los hijos menores permanecerían en la Argentina. Así que preparé una carpeta con todos esos documentos, más la invitación de la AAG; y una calurosa mañana de febrero hice la larga fila para ingresar al edificio, para luego continuar la espera dentro del salón. Pero las cosas estaban muy difíciles y a la mayoría de la gente no se la otorgaban, y si lo hacían, por no más de uno a tres meses. Muchos se iban llorando por no poder visitar a algún familiar, vacacionar o intentar cambiar de horizonte, pero, además, porque los cien dólares pagados al iniciar el trámite, no serían devueltos. Yo también me estaba angustiando cuando, por el micrófono de una de las ventanillas fui citada. Presenté mi pasaporte y la invitación académica, y antes de que desplegara todo el papelerío que había preparado, el oficial me dijo:
-“Tiene visa por diez años, a pesar de que haya estado en Cuba”.
Yo no lo podía creer. Y le pregunté:
-“¿Entonces no es necesario que le muestre la documentación?”
-“No”, -me contestó. “Porque mientras no se necesitó visa, usted ingresó a los Estados Unidos sin permanecer mucho tiempo.”
Resuelto el principal obstáculo llené la valija con ropa de invierno y, como es mi costumbre cuando asisto a algún evento, con un montón de libros.
No habiendo vuelo directo entre Buenos Aires y Chicago, tuve que hacer conexión en Miami. Todo anduvo muy bien, pero al llegar a O’Hare estaba muy cargado, teniendo que sobrevolarlo un largo rato.
Como no disponía de mucho dinero, había reservado un motel en un cruce de rutas cercano al aeropuerto. El motel contaba con todas las comodidades que yo requería, en especial muy buena calefacción y una cafetera eléctrica. Pero el desayuno consistía en unos bollos semejantes a facturas acompañados con una infusión con o sin leche obtenidos desde una máquina en la conserjería, sin siquiera lugar para sentarse, lo que no me preocupaba demasiado porque en Buenos Aires no suelo desayunar.
Lo más problemático era la ubicación. Bien temprano a la mañana, crucé la ruta. Aun quedaban vestigios de la nevada nocturna. Me paré en el refugio de la parada del ómnibus, donde solo había un techito que desde ya no reparaba ni del frío ni del intensísimo viento. Busqué dinero sencillo para pagar el boleto, pero al subir el conductor me informó que me faltaba una moneda, que de todos modos subiera, ya que no me iba impedir viajar por eso. Y en ese mismo momento, algunos pasajeros se ofrecieron a pagar la diferencia de mi pasaje.
El bus me dejó en la estación de trenes. Yo debía sacar boleto hasta el Centro de Chicago, y allí me enteré que ese mismo convoy se transformaría en subterráneo, dejándome casi en la puerta del hotel Palmer House Hilton, en South Michigan Avenue y East Monroe Street, donde se realizaba el congreso.
Era la primera vez que yo asistía a este evento, y me pareció increíble, en especial por la cantidad de participantes, cerca de cinco mil. La mayoría de ellos eran norteamericanos, pero también abundaban los europeos, y como no podía ser de otra manera, los asiáticos; pero los latinoamericanos se podían contar con los dedos de las manos, salvo aquellos que residían en los Estados Unidos, debido a becas de postgrado. Era entendible, solo la inscripción costaba cerca de cuatrocientos dólares.
Prontamente me recibió Patricia Solís, a quien sólo conocía virtualmente, quien había sido una de las responsables de que yo fuera invitada. Y en el brindis de apertura me encontré con David Robinson, que me presentó a varios colegas de diversos países. Allí había una gran cantidad de stands con libros, cartografía y diversos elementos tecnológicos utilizados por los geógrafos tanto a la venta como simple exhibición de varias instituciones. Una muestra verdaderamente impactante y provechosa.
Durante la semana participé de diferentes simposios y escuché varias conferencias, entre ellas una de David Harvey, quien llegó sobre la hora a su exposición debido a que el avión, después de dar muchas vueltas sobre el aeropuerto de Chicago, sin poder bajar debido al excesivo tráfico y los fuertes vientos, lo dejara en Detroit.
 Muchas de las ponencias tuvieron que ver con el desastre ocasionado por el huracán Katrina. Sin embargo, varios geógrafos atribuyeron la destrucción de New Orleans, a la falta de mantenimiento del dique contenedor, a causa de que el presidente Bush prefería “jugar a los soldaditos” en diferentes partes del mundo antes que atender los problemas internos. Por otra parte, asistí a algunas presentaciones donde se mostraba la pauperización de varias zonas de Chicago, producto de la gran desocupación sufrida en los últimos años a raíz de la mudanza de los centros industriales al sudeste asiático y al norte de México. Otro ejemplo similar fue el caso de Detroit, centro de la industria automovilística norteamericana.
Todos los días íbamos a almorzar a un bar que estaba al lado del hotel, y cuando los mozos advirtieron que hablábamos en español, se pusieron muy contentos y entablaron conversación con nosotros. Allí concurrían muchos hispanos, pero gran parte de ellos, hacían ver que sólo sabían hablar en inglés. También los policías y los agentes de seguridad eran, en su mayoría, de origen latino, por lo cual cuando se hizo la gran marcha de los inmigrantes en contra de las medidas que anunciara el presidente Bush, quienes tenían orden de reprimir, permanecieron con los brazos cruzados.
Al salir de las sesiones, alrededor de las seis de la tarde, casi todos los bares ya estaban cerrados, y ni qué hablar de los restoranes a la hora en que después de subte y colectivo, yo llegaba a mi hotel. Así que muchas veces, trataba de reforzar la merienda o comprarme algún chocolate que reemplazara la cena. Y esa es una de las cosas que más extraño cuando viajo fuera de Argentina, la cena como comida principal y bien tarde.
Otro inconveniente era el acceso a internet. Si bien los organizadores del Congreso habían puesto a nuestra disposición varias computadoras, debido a la cantidad de demandantes, las esperas eran muy prolongadas y solo debían utilizarse por quince minutos. Pero afuera no había otras opciones, ya que sólo algunos bares ofrecían el servicio y mediante tarjeta de crédito. A mí me pareció extraño que por montos tan bajos tuvieran esa exigencia, pero me indicaron que simplemente se trataba de un control para saber qué páginas consultaba cada uno de los usuarios.
Una tarde, un grupo de becarios nos llevó a conocer un barrio netamente portorriqueño que se estaba “valorizando” por tener fácil acceso al Centro de la ciudad a través del ferrocarril, y que ya tenía importantes inversiones de grandes marcas, encareciendo el lugar para los habitantes locales, lo que se manifestaba a partir de la venta o alquiler de las propiedades a foráneos con el consecuente éxodo de los viejos vecinos. De todos modos, se trataba de un proceso que estaba en sus comienzos, por lo que pudimos cenar en un restorán que aun ofrecía platos de Puerto Rico. Y allí disfruté nuevamente del mofongo, una comida en base a plátanos que había probado en San Juan, siete años atrás.
El día previo a nuestra presentación salí con algunos de mis compañeros del panel a conocer la ciudad. Hicimos una larga caminata junto al lago Michigan, los parques aledaños, el Grant Park y el del Millenium, y la pista de hielo al aire libre. Mucha gente disfrutaba de los paseos, pero a mí, en particular, me resultó decepcionante. Al lago no le encontré atractivo, el paisaje me pareció desolador, y los jardines y lugares de esparcimiento, sin gracia. Y además, pudimos comprobar fehacientemente el porqué de la denominación de “Windy City” (la Ciudad del Viento), lo que contribuyó a que el paseo no fuera tan apacible. Tomamos algunas fotografías y volvimos a repararnos en nuestros alojamientos.
El viernes diez tuvo lugar el panel para el cual fui convocada. Los otros integrantes eran Hugo Romero Aravena de la Universidad de Chile, Alberto Mckay de la University of Panamá, Hildegardo Córdova Aguilar de la Universidad Católica del Perú, y José Luis Palacio Prieto de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cada uno de nosotros expuso la situación de la Geografía en su país, y yo aproveché para hacer saber que en América Latina existía una gran producción académica, pero el gran impedimento para asistir a congresos y hacer publicaciones eran los escasos fondos de que disponíamos. Luego los organizadores nos agasajaron con un vino de honor, y el público, que fue bastante numeroso a pesar de que la actividad se desarrollara en su totalidad en español, se acercó a conversar y a adquirir algunos de los escasos libros que habíamos llevado.
El sábado once se hizo la clausura y como por arte de magia, todos los salones se vaciaron. Me despedí de los colegas y amigos, y me preparé para hacer una mayor recorrida por la ciudad y su conurbano en los días sucesivos.

sábado, 4 de agosto de 2018

De paso por Choele Choel



Ya era martes 24 de enero cuando Martín, Omar y yo salimos de El Bolsón para dirigirnos a Bariloche. Pero en esta oportunidad era para permanecer sólo un día y, desde allí, hacer la combinación de micros que vía Neuquén nos llevarían a la localidad de Choele Choel, en el Valle Medio del Río Negro.


San Carlos de Bariloche desde una ventana de nuestro hotel


Apenas dejando Bariloche, el paisaje de la ruta doscientos treinta y siete, que seguía el curso del río Limay, era absolutamente árido; pero desde Neuquén, tomamos rumbo hacia el este, por la ruta veintidós, que atravesaba el valle del río Negro, un verdadero vergel logrado a fuerza de riego y plantación de álamos que impedían que el viento se llevara la humedad y derribara los cultivos.


Nahuel Huapi, en el límite entre las provincias de Río Negro y Neuquén


Torres de trasmisión de la electricidad generada en la represa de El Chocón


Terminal de ómnibus de la ciudad de Neuquén


La nueva terminal había sido inaugurada poco tiempo atrás


En Neuquén se iniciaba el Alto Valle del Río Negro



Las cortinas de álamos permitían proteger del viento a los cultivos de frutales



Llegando a la ciudad de Choele Choel


Choele Choel era la ciudad más importante del Valle Medio del Río Negro, teniendo en 2006, momento en que nos encontrábamos allí, alrededor de diez mil habitantes.
Originalmente había sido fundada en la isla Pacheco con el nombre de “Pueblo de Nicolás Avellaneda”, en honor al entonces Presidente de la República, aunque tiempo después fuera reemplazado por el de Choele Choel. La fecha había sido el 9 de julio de 1879, coincidiendo con el aniversario de la independencia de la Nación Argentina, y durante la segunda campaña al territorio aborigen autodenominada “Conquista del Desierto”, que fuera comandada por el General Julio Argentino Roca. Pero el asentamiento fue arrasado poco después por una inundación y sus habitantes se desplazaron hasta el paraje conocido como Pampa de los Molinos hasta el 18 de marzo de 1882, fecha en que fueran trasladados hasta su actual emplazamiento, sobre la margen izquierda del río.



Avenida San Martín en la ciudad de Choele Choel


En el nuevo sitio se instaló una oficina de correos en 1883, y con la llegada de los salesianos en 1891 se fundó una escuela para niños.
Debido a la inundación que destruyera la ciudad de Viedma en 1899, la Capital del entonces Territorio Nacional del Río Negro, el gobierno se trasladó a Choele Choel por un tiempo. Y la llegada del ferrocarril en el año 1900, activó la actividad agrícola.
En 1904 comenzó a funcionar una escuela estatal; y en 1917, se creó la biblioteca popular, se instaló el primer aserradero, y se dio origen el Club Choele Choel.



Monumento al Bombero en la ciudad de Choele Choel


El clima de Choele Choel era semi-árido, con precipitaciones algo superiores a los cuatrocientos milímetros anuales, por lo que la amplitud térmica era bastante grande, con inviernos fríos y veranos calientes y secos.


Parque cercano al río


Cruzando el río se encontraba la Isla Grande de Choele Choel, donde se situaban tres localidades: Luis Beltrán, Lamarque y Pomona.
Lamarque se había originado en el año 1901, siendo denominado “Nuevo Pueblo de la Colonia Agrícola Choele Choel”, trazada en la zona más alta de la Isla, debido a los riesgos de inundación.
En 1927 había nacido en el establecimiento “El Curundú” el escritor Rodolfo Walsh, quien fuera asesinado en 1977 por la dictadura militar que gobernó nuestro país.
En 1942 al pueblo le fue impuesto el nombre de Lamarque en honor al ex-juez letrado que se hiciera cargo de la nueva sede del Juzgado de Choele Choel tras la inundación de Viedma.
En 1970 recibió refugiados laosianos y sirio-libaneses que se transformaron en excelentes agricultores, dedicándose a la actividad fruti-hortícola.
En 2006 contaba con algo más de siete mil trescientos habitantes.


Ingreso al pueblo de Lamarque en la isla de Choele Choel


Riego por aspersión en los campos circundantes de Lamarque


En 1921 Robert Rosauer y su esposa Hedwin Klein, quienes habían dejado el Imperio Austro-Húngaro, y después de habitar en otros lugares de la Argentina, se instalaron en Paso Peñalva, a pocos kilómetros al sudeste de Lamarque, en el sur de la isla de Choele Choel, donde funcionaba una balsa para cruzar el río, dando inicio a la actividad agropecuaria.
Tiempo después el lugar fue re-bautizado por su hijo Juan como Pomona, inspirado en un pueblo de California que conociera durante un viaje a un Congreso de Fruticultura. Y así quedó fundado oficialmente a partir del 30 de setiembre de 1933, aprobado por Decreto del Presidente Agustín P. Justo.
Juan construyó un vivero con sistema de riego mecánico en el que además de frutales sumaba rosales, miel, ornamentaciones y dulces.
Posteriormente funcionaron galpones frigoríficos para fruta, y aserraderos que utilizaban la madera de los álamos para hacer cajones de manzana, entre otros usos.



Los álamos se caracterizan por su rápido crecimiento
y por doblarse, pero no quebrarse ante los fuertes vientos


Pintorescas calles de Pomona, considerada el Jardín de Río Negro


Rosales por todas partes en esta bonita localidad


El pueblo contaba con poco más de setecientos habitantes mientras nosotros estábamos allí, por lo que era extremadamente tranquilo y podíamos permitir que Martín se desplazara solo por las calles.


El intenso verdor producía una disminución de la temperatura respecto de la ciudad de Choele Choel


Balneario de Pomona


El brazo sur del río Negro a su paso por Pomona


Y luego de unos días de recorrer la zona, continuamos viaje a Bahía Blanca con el fin de que el sábado 28, Martín pudiera pasar su cumpleaños número quince junto a mis padres que se encontraban allí visitando a familiares y amigos. Y si bien nuestra intención era quedarnos un tiempo mayor, las elevadas temperaturas hicieron que, tras el festejo, regresáramos precipitadamente a Buenos Aires.