miércoles, 23 de agosto de 2023

A Santiago de Chile por la Conferencia Regional de la UGI

      Entre el 14 y el 18 de noviembre de 2011 se realizaba en Santiago de Chile una Conferencia Regional de la UGI (Unión Geográfica Internacional), lo que me había parecido muy interesante hasta tanto me enteré del lugar en que se llevaría a cabo, nada menos que la Escuela Militar, un  símbolo macabro de la dictadura de Pinochet. Y en un principio, tal cual otros colegas, había decidido no asistir, pero después consideré que era muy importante decir ciertas cosas ante personas de otros continentes que no estaban demasiado enteradas de la realidad chilena, porque tal cual Estados Unidos, hacia afuera se vendía como el estado ideal. ¡Puro marketing!

Conseguí una oferta por Air Canada que salía de Buenos Aires rumbo a Toronto, pero que el tramo a Santiago de Chile lo hacía casi vacío por lo que los pasajes de último momento los bajaban considerablemente. Así que el lunes 14 a la tarde fui a Ezeiza con Solange donde nos encontramos con Adriano Rovira que viajaba rumbo a España y cuyo avión salía al lado del nuestro. No era la primera vez que me encontraba en algún aeropuerto con otro geógrafo. Conversamos en la fila de migraciones donde nos comentó que había tenido que pernoctar en Buenos Aires a causa de uno de los tantos paros a los que las empresas aéreas nos tenían acostumbrados. Y desde ya surgió el tema de las manifestaciones de los estudiantes chilenos. Su vuelo salió pronto pero el nuestro con bastante demora porque el aeropuerto estaba sobrecargado. Y si bien al principio lo lamentamos, tuvimos el placer de ver los reflejos del atardecer sobre la cordillera.

Saliendo de Ezeiza por Air Canada

  

Como era la primera vez que Solange hacía ese viaje, le cedí la ventanilla, pero ella me hizo un lugarcito para que pudiera tomar algunas fotografías. 

Comienzo del deshielo en la Cordillera de los Andes

  

Luces del atardecer sobre los picos nevados

 

 

En pleno cruce de los Andes

  

Maravillosos reflejos sobre la montaña

 

 

Un verdadero espectáculo

 

 

Puesta del sol al aterrizar en Santiago

  

Desde el aeropuerto Merino Benítez tomamos un taxi rumbo a la Avenida 11 de Septiembre esquina Suecia donde habíamos alquilado un departamento, en Providencia, en el sector oriental del Gran Santiago. Se trataba de la tercera comuna más rica de Chile después de Las Condes y Vitacura, considerada una de las de mejor calidad de vida del país, la más limpia y la más segura. Y justamente por eso elegimos ese lugar que era uno de los pocos donde dos mujeres podían salir solas hasta ciertas horas de la noche, aunque no tan tarde como en Buenos Aires, desde ya. Por lo que antes de que cerraran los locales nos comunicamos con Sonia, que estaba parando en una casa de familia, y fuimos a cenar a un lugar muy lindo pero tan ruidoso que no podíamos ni conversar.

A la mañana siguiente, con el fin de desayunar, salí a comprar algunas vituallas en un supermercado de los alrededores. Nada más parecido al barrio de Recoleta en Buenos Aires, pero en miniatura, con las señoras paseando a sus finos perritos mientras las compras eran hechas por las empleadas domésticas.

En casi todos los avisos estaba la foto del actor chileno Benjamín Vicuña, famoso también en la Argentina por estar casado con la modelo Pampita. Y mientras me detuve a ver uno de los afiches, una mujer grande y muy bien vestida, se me acercó y me dijo:

-“No aparece por todas partes sólo porque es lindo, o por haber sido rostro de UNICEF, sino porque pertenece a la aristocracia chilena, y eso aquí se valora mucho”.

Yo le dije que tenía entendido que era descendiente del famoso historiador Benjamín Vicuña Mackenna del siglo XIX, cuyo museo se encontraba justamente en Providencia, nombre que llevaba en su honor una localidad de la provincia argentina de Córdoba.

“Efectivamente, de quien heredó su nombre. Pero su apellido materno es Luco, perteneciendo nada menos que a la familia de Ramón Barros Luco, quien fuera presidente de Chile entre 1910 y 1915, declarando la neutralidad ante la Primera Guerra Mundial, además de obras públicas de relevancia, como la Biblioteca Nacional. Por esa prosapia y por ser un importante empresario teatral, co-fundador del Centro Cultural Mori, es que puede darse el lujo de apoyar a la socialista Michelle Bachelet, y al mismo tiempo, a los estudiantes en sus reclamos” –agregó antes de continuar su matinal caminata. 

Solange en el departamento del barrio de Providencia

  

Antes del mediodía fui a la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile a conversar un rato con Ernesto López Morales, un destacado urbanista que estaba estudiando el proceso de gentrificación en la ciudad de Santiago, que me dio su parecer sobre el conflicto estudiantil chileno, mostrándome que era mucho más complejo de lo que se veía desde afuera.

Regresé al departamento para tener un almuerzo frugal con lo que compré en un pequeño negocio vecino, y tomé el metro hasta la estación Escuela Militar. Crucé la transitada avenida Américo Vespucio y entré por la puerta principal a la Escuela Militar del General Bernardo O’Higgins.

  

Puerta principal de la Escuela Militar del General Bernardo O´Higgins

  

Allí estaban las casillas de recepción y las cajas para el pago de la Conferencia Regional. Los congresos de la UGI siempre se habían caracterizado por su elevado costo de inscripción. En La Haya, Holanda, yo había pagado quinientos dólares en el año 1996. Pero podía comprenderse a partir de que se trataba del Congreso Internacional realizado cada cuatro años, a los costos internos del país y a que estaba organizado en un hotel de primera categoría. Pero en el caso de Chile se trataba de una Conferencia Regional con supuesta asistencia de otros latinoamericanos, y en un organismo oficial cuyos salones de conferencias eran muy buenos, pero el resto de las instalaciones, realmente tétricas.

 Y como la suma era excesiva y se podía pagar por cada día que se quisiera asistir, decidí abonar los ciento treinta dólares que correspondían al jueves 17, día en que habían ubicado la ponencia que hiciera junto con Solange. Porque al margen de las exposiciones, la idea era encontrarme con colegas de diferentes países para intercambiar materiales, independientemente de lo que se dijera públicamente.

En ese momento yo era la Coordinadora de la Red Latinoamericana de Estudios Geográficos de la UGI por lo que poco después de mi inscripción para ese único día, me llegó una invitación para asistir a una reunión con representantes de otros países latinoamericanos, que se realizaría el martes 15. Así que al ingresar expliqué lo sucedido y me permitieron asistir utilizando el ticket que ya poseía.

La Reunión era organizada por Patricia Solís, una joven géografa norteamericana muy activa que representaba a la Asociación de Geógrafos Americanos. Y se encontraban presentes Álvaro Sánchez Crispin e Irasema Alcántara Ayala de México, Luis Sandia de Venezuela, Hildegardo Córdova Aguilar y Juan Manuel Delgado de Perú, y Francisco Ferrando Acuña de Chile, entre otros.

Se discutieron varios temas relacionados con la actividad académica latinoamericana, se hicieron propuestas de trabajo a futuro y se expusieron las dificultades económicas que impedían que los geógrafos de nuestro subcontinente tuvieran mayor participación en congresos y publicaciones.

Yo agregué al respecto, que además de no acordar con el lugar en que se estaba llevando a cabo la reunión por lo que esa institución representaba en la historia política chilena, estaba siendo un claro ejemplo de muralla económica para la comunidad geográfica latinoamericana, transformándose en una conferencia de europeos, norteamericanos y algunos asiáticos en América Latina; y que además, adhería a la lucha de los estudiantes chilenos por la gratuidad de la educación universitaria.

Mis palabras, evidentemente gustaron a muy pocos, significándome un enfrentamiento con el representante chileno del IPGH (Instituto Panamericano de Geografía e Historia) y con uno de los coordinadores militares de la Conferencia. Este hombre, al salir de la sala me increpó en uno de los pasillos diciendo que yo no entendía para nada la realidad educativa chilena, y que no podía opinar así desde afuera. A lo que le repliqué que seguramente había recorrido su largo país más que él y con mayor frecuencia, pero que además, tenía todo el derecho de dar mi parecer, ya que con mis impuestos estaba financiando la educación en la universidades nacionales argentinas, a los jovenes chilenos de gran capacidad que en su país no tenían acceso sólo por cuestiones económicas. “¡Los argentinos les estamos subsidiando a sus profesionales y por eso, también formamos parte del problema!” –le dije en un tono un tanto elevado, cosa que suele funcionar con los milicos, a los que hay que gritarles más fuerte de lo que hacen ellos. Y con mucha bronca me fui.

A la salida, en los jardines, me encontré con algunos miembros de la reunión que estaban disfrutando del aire libre en un día primaveral espectacular, y con quienes hicimos una serie de fotografías.  

Juan Manuel Delgado, Irasema Alcántara y Patricia Solís en la escalinata de la Escuela Militar

 

Con Juan Manuel Delgado de Perú

  

Con Irasema Alcántara Ayala de México

  

Como Irasema estaba un poco perdida, yendo con ella hasta el metro, le mostré un poco los alrededores de la Escuela Militar que se encontraba ubicada en plena comuna de Las Condes.

  

Desde los jardines de la Escuela Militar, modernos edificios en la comuna de Las Condes

  

Y le comenté que años atrás era una zona donde solamente había casas bajas, pero que debido a estar habitada por familias de nivel alto y medio-alto, había visto crecer su eje comercial, financiero y turístico manifestándose en edificios de altura con servicios de última generación. En ese sector, al oriente de la ciudad estaban establecidas la mayoría de las embajadas, los clubes de las colectividades y los campus de varias universidades. 

Apartamentos en alquiler, oficinas y viviendas particulares de lujo en Las Condes

  

Edificios muy elevados en zona sísmica

  

Intersección de las avenidas Apoquindo y Américo Vespucio


Si bien los nuevos edificios se realizaban con técnicas sismoresistentes, nunca me parecieron adecuados para lugares con una historia de terremotos de gran intensidad y frecuencia. Creo que complica la distribución de servicios ante las emergencias y satura determinadas áreas de las ciudades, además de que dentro de ellos el balanceo suele ser muy fuerte. Pero el precio de la tierra y la necesidad de contar con la cercanía de determinados servicios los ha impuesto como signo de modernidad. Para mi gusto, Las Condes con esas nuevas edificaciones, estaba perdiendo la magia y la tranquilidad que en otros tiempos la había distinguido de entre las demás comunas de Santiago. 

domingo, 30 de julio de 2023

Afuera llovía..., y adentro... Adentro, también llovía...

  Hacía ya veintitrés años, que, con contadas excepciones, durante el segundo cuatrimestre del ciclo lectivo universitario, viajaba una vez por semana a la ciudad de Mar del Plata para dirigirme a la universidad nacional.

A las dos de la madrugada del sábado partía desde Retiro en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, llegaba a Mar del Plata a las siete y media de la mañana, me higienizaba y desayunaba en la terminal de ómnibus, ya que a esa hora otros lugares permanecían cerrados, y a las nueve ya estaba en el aula.

Dictaba clases hasta pasado el mediodía, me reunía con algunos colegas, a veces compartiendo un almuerzo de comida rápida, y tomaba el primer micro que me llevara nuevamente a mi ciudad, para regresar a casa antes de la hora de cenar.

La Universidad Nacional de Mar del Plata me entregaba una orden de pasaje con la cual yo podía acceder solamente a las empresas El Cóndor, Micromar y Empresa Argentina, que, si bien no eran las mejores, tampoco ofrecían malos servicios.

En el horario de mi conveniencia sólo contaba con el coche cama de El Cóndor, donde, además de tener toilette a bordo, aire frío-calor según la época del año y butacas individuales, repartían una cajita con dos alfajores de buena marca. Es decir, que, dentro del sacrificio que estos viajes frecuentes me significaban, yo podía encontrarme con ciertas comodidades como para reclinar el asiento, dormir durante todo el trayecto y llegar bastante descansada a mi tarea docente de la mañana siguiente.

Habitualmente ponían el coche en la plataforma a la una y cincuenta, es decir, diez minutos antes de partir, todos los pasajeros nos acomodábamos enseguida, y a las dos en punto, partíamos. No siempre se completaba, y prácticamente nadie llevaba equipaje, o muy acotado. Tampoco ponían películas en los televisores para que todos pudiéramos dormir, y la mayor parte de las veces, llegábamos a destino a la hora convenida.

Estas condiciones, durante tantos años, se mantuvieron bastante constantes, salvo alguna excepcionalidad, que en muchos casos era coincidente con la jornada previa a los fines de semana largos. En esas oportunidades, no siempre los micros eran los mejores, ya que, debido a la mayor demanda, no les alcanzaban las unidades más modernas y mandaban algunos con ciertas deficiencias.

Quienes viajaban circunstancialmente, solo por el fin de semana de tres días, llevaban valijas, sombrillas, cañas de pescar, salvavidas, tablas de surf, bicicletas, estufas, y otros accesorios, como si fueran a pasar una temporada de tres meses. Por todo esto, el micro estaba disponible con veinte minutos de antelación, pero, terminábamos partiendo con demora.

Todos subían al micro e iban directamente al baño, como si no lo hubiera en la terminal, dejándolo en pésimas condiciones a los pocos minutos, y muchas veces, sin cerrar la puerta. Luego pretendían que les pusieran una película, a pesar de la hora, porque decían que el precio del pasaje la incluía. A veces, los choferes accedían y otras veces, no. Pero, de todos modos, conversaciones en voz alta y risas perduraban durante toda la noche, con la consiguiente discusión con quienes reclamaban silencio con chistidos o voces alteradas.

Como yo venía de varios días de mucha actividad, pese a tales condiciones, apoyaba mi cabeza sobre una almohada improvisada y me entregaba prontamente a Morfeo, a tal punto, que más de una vez seguí de largo hasta el taller, o hasta la ciudad de Miramar.

Pero la noche del ocho de octubre de 2011, momento en que mucha gente decidió ir a pasar unos días a la costa, tanto para abrir su casa o departamento o bien buscar algo para alquilar durante el verano, sucedió todo tal cual como lo acabo de describir, pero con un agravante, el micro no era el que correspondía al servicio programado.

Primeramente, no era un coche-cama, sino semi-cama, lo que significaba que no había butacas individuales, por lo que la numeración no coincidía con la que figuraba en el pasaje, y el espacio disponible era menor. Así comenzaron los enfrentamientos entre los choferes y los pasajeros, y entre los pasajeros, porque en ese horario, todas las oficinas de reclamos estaban cerradas.

A pesar de los problemas de re-ubicación, había mayor disponibilidad de asientos, por lo que la boletería comenzó a vender algunos pasajes de último momento, lo que, además de todo, generó un atraso en más de cuarenta minutos. Yo traté de acomodarme donde pude, y dentro de todo, estaba satisfecha por haber conseguido un lugar junto a una ventanilla, lo que me permitiría dormir con más comodidad, y evitar que mi compañera de asiento me hiciera levantar para pasar en la mitad del viaje.

Pero, a casi una hora de haber llegado a la Autovía 2, me despertaron los relámpagos y los truenos de la tremenda tormenta que se había desatado. Corrí la cortinita y seguí durmiendo, pero me volví a despertar al rato con la cara mojada por el agua que salpicaba desde la ventanilla mal sellada. Traté de inclinarme hacia el otro lado, hasta que un griterío anunciara que había comenzado a llover dentro del micro tal como si estuviéramos afuera. Y al rato tuve que poner mis pies sobre el asiento, ya que el piso se había convertido en un verdadero río.

Así estuvimos durante casi cuatro horas. La tormenta no paró y, si bien se vieron obligados a reducir la velocidad, los choferes no buscaron ningún refugio en el camino. Y lo peor, en mi caso, fue que cuando busqué mi portafolios sobre el portaequipaje, los apuntes que llevaba para mis alumnos, estaban totalmente mojados.

Hecha una sopa, me sequé como pude y sin desayunar pretendí conseguir un taxi, lo que me significó un largo tiempo de espera. Estaba exhausta y en el camino a la facultad, me puse a pensar cómo iba a hacer para concentrarme sin haber podido descansar mínimamente. Pero al llegar, con media hora de atraso, encontré solo a dos estudiantes. Algunos, que eran de otras localidades de la provincia de Buenos Aires, se habían ido a pasar ese fin de semana con sus familias, y de los residentes en Mar del Plata, unos habían conseguido un trabajo ocasional para la atención de los turistas, y otros se habían acobardado por la lluvia. Por un lado, preferí que así fuera porque de esa manera, les pediría que solo plantearan sus dudas ya que no podría dar un tema nuevo, pero, por el otro, era frustrante haber sufrido esa situación para que no redundara en algo más productivo.

Pocos meses atrás había vivido una situación similar, en unos viajes realizados entre Retiro y la ciudad de Tandil, con motivo del dictado de un curso en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires.

En esa oportunidad, había padecido a la empresa Río Paraná, en la cual, los neumáticos de los coches estaban lisos, las butacas desvencijadas y no se reclinaban, entraba aire frío a través de las hendijas de las ventanillas, y la puerta del toilette se abría y cerraba constantemente, entre todo lo que podíamos ver. ¡No quiero pensar el estado de la mecánica de las unidades!

También se había tratado de un viaje para no olvidar, pero al menos, ¡sin lluvia!

 

En micro de Iguazú a Buenos Aires

   Muchas veces me han criticado el hecho de que yo prefiriera viajar por tierra, siempre que fuera posible, en lugar de hacerlo por aire. Y en realidad, me encanta volar, pero no tanto en grandes aviones de línea desde los cuales muy pocas veces puedo ver algo. Y si lo logro, consiguiendo una ventanilla que esté lejos del ala, muchas veces las nubes no me permiten ver la superficie terrestre. Pero aun cuando todo eso fuera posible, y el paisaje me pareciera fascinante, me pierdo los detalles que me permiten tener una idea más aproximada de cada lugar, como puede hacerse desde el transporte terrestre. Y este es un artículo que pretende mostrar todo lo que uno se pierde cuando vuela entre Iguazú y Buenos Aires.

El lunes 3 de octubre de 2011 a las 13,45, partí junto con Omar desde la terminal de ómnibus de Puerto Iguazú en el micro de la empresa Crucero del Norte. Y si bien, no era nuestra costumbre, tratándose de un camino tan bonito, para poder tomar fotografías, elegimos sentarnos en los primeros asientos del piso superior.

Tomamos la ruta nacional número 12, que iba siguiendo el curso del Alto Paraná. Y por allí circulamos hasta la ciudad de Posadas en que nos desviamos hacia el sudeste para tomar la ruta nacional número 14, que bordeaba el río Uruguay, hasta el sur de la provincia de Entre Ríos. Luego cruzamos el puente Zárate-Brazo Largo, y ya en la provincia de Buenos Aires, continuamos por la ruta nacional número 9 o Panamericana, hasta llegar a la ciudad de Buenos Aires.  

 

Mapa del tramo misionero de la ruta nacional número 12

  

Y a poco de andar comenzamos a ver el deterioro que sufría la selva o bosque subtropical. Como se trataba de una vegetación exuberante, pero escalonada hasta llegar a los ochocientos metros sobre el nivel del mar en el oriente de la provincia de Misiones, los biogeógrafos discutían si se trataba de un bosque subtropical o de una selva. Y los más coincidían que el rango de selva se le podía dar solo a la vegetación de los pisos inferiores, donde la diversidad de especies era mayor.  

Deterioro de la selva o bosque subtropical en las cercanías de Puerto Iguazú

  

Dicho deterioro tenía que ver con el intento de ganar tierras para la producción agropecuaria o bien para la creación de bosques artificiales, homogéneos y con especies de rápido crecimiento.

Entonces, con un ánimo de autosuficiencia y posibilismo extremo, se talaba un sector de la selva utilizando tractores con cadenas para tirar abajo los árboles, se quemaba con la técnica de rozado y se preparaba para próximas actividades. Claro que antes de aplicar el fuego, salían camionadas de buena madera, de las que se obtenían importantes sumas de dinero. Y dicha preparación consistía en la recuperación de la cobertura vegetal a partir de la plantación de especies que se denominaban “cicatrizantes”, que tenían la ventaja de crecer más rápidamente, como el ambay, el pata de buey, y el pasto elefante, entre otras. La función era dar sombra para que otras especies que no resistieran tanto el sol directo, pudieran prosperar. A estos espacios, en la región del Alto Paraná, se lo denominaba “capuera”. 

Hacia atrás la selva, y adelante la capuera

  

En la mayor parte de la provincia de Misiones, cuando se talaba la selva autóctona, compuesta por diversidad de especies de gran valor por su dureza y finura, como el peterebí, el palo rosa, el viraró, el cedro misionero, el guatambú, los lapachos, y diferentes palmeras, entre ellas el palmito, se reemplazaba por monocultivo de pinos, útiles para las empresas madereras y las papeleras.

Y si bien el gran cury, o Araucaria angustifolia, conífera de gran porte, se encontraba en los pisos más elevados de ese bosque subtropical, la habían plantado a la vera de los principales caminos logrando un monocultivo sin fauna, por lo que se denominaba “bosque muerto”, ya que, debido a la cantidad de plaguicidas utilizados, a las aves y otros animales propios del lugar, se les imposibilitaba su existencia.  

Bosque artificial de Araucaria angustifolia

  

La otra plantación que había reemplazado a la biodiversidad anterior ha sido la del Pinus Taeda o pino piñatero. La razón principal era que crecía muy rápidamente y antes de ser utilizado como poste o tablón, podían ralearse las ramas con el fin de enviar materia prima a las papeleras de la zona. 

Monocultivo de Pinus Taeda o pino piñatero, madera blanda y de mala calidad

  

Yo había recorrido esta zona por primera vez en el mes de julio de 1973, cuando el tramo Puerto Iguazú-Wanda era de tierra, lo que lo hacía absolutamente intransitable los días de lluvia, que eran muchos, ya que las precipitaciones rondaban alrededor de 2.000 mm al año, y de manera torrencial, pero la selva cubría la ruta como una enorme pérgola natural. Y si bien por un lado me seguía agradando atravesar ese camino, por otra parte, me daban ganas de llorar recordando lo que había sido y ya se había perdido irremediablemente. 

El tramo entre Puerto Iguazú y Eldorado presentaba la selva raleada y fuertes pendientes

  

La selva se había desarrollado sobre un manto de suelo rojizo de treinta centímetros de espesor, denominado “laterita”. Dicho término era una deformación de la palabra “alterita” que expresaba la alteración o transformación del hierro y alúmina en óxido, de ahí su tonalidad.

La exuberante cubierta vegetal actuaba como una esponja reteniendo el agua de las abundantes y torrenciales precipitaciones de la región. Y su desaparición no solo ocasionaba graves procesos de erosión que habían dejado la roca madre granítica al descubierto, sino que, además, aceleraban la escorrentía siendo la causa principal de mayores inundaciones.

Pero los negocios habían sido demasiado atractivos como para que la opinión de los especialistas y los movimientos ambientalistas tuvieran incidencia en las decisiones, que si bien generaban los principales beneficios en empresas privadas, los estados provincial y nacional, representantes de los grandes capitalistas, las amparaban mediante diferentes acciones. 

Camión cargando troncos en la Ruta Nacional número 12, entre Esperanza y Victoria

  

Al llegar a Colonia Victoria, una localidad fundada por ingleses en 1933, y llamada así en honor a la reina Victoria, se hacía pesaje de camiones. Pero muy a pesar de eso, la ruta se deterioraba constantemente por el exceso de peso.

Las principales actividades económicas desarrolladas en la zona de Victoria eran la forestal, y el cultivo de citrus y de yerba mate. 

Pesaje de camiones al llegar a Colonia Victoria

  

Una de las ciudades más importantes de la región era Eldorado, fundada en 1919 por Adolfo Julio Schwelm, como centro de colonización europea, predominando alemanes, suizos, holandeses, ucranianos, daneses y polacos.

La ciudad se desarrolló a lo largo de una carretera conocida como “picada maestra”, actualmente avenida San Martín, y extendida a lo largo de doce kilómetros comenzando desde el río. Y justo en el KM 6, se cruzaba con la ruta nacional número 12.

Fue diseñada para la producción agrícola. Sin embargo, a fines del siglo XX, ya la principal actividad económica era la forestal. La ciudad contaba con más de setenta aserraderos de los casi cuatrocientos que había en la provincia, además de laminadoras y fábricas de muebles.

Los productos derivados de la madera se exportaban a diferentes países del hemisferio norte, por lo que se le diera el título de Capital de la Madera. Pero también existían plantas de celulosa como la de Puerto Piray, muy próxima a Eldorado y la de Puerto Esperanza, cercana a Wanda, que eran abastecidas con las materias primas del bosque misionero.

Otras industrias se dedicaban a la elaboración del aceite de tung, de jugos cítricos, y consistían en secaderos y molinos yerbateros. 

Cruce de la ruta 12 con el KM 6 del camino sobre el cual se extendía Eldorado

  

El Grupo Ecologista Cuña Pirú publicó un informe donde se consideraba que en la provincia de Misiones se talaban más de treinta hectáreas de monte por día, es decir, que desaparecían doce mil hectáreas al año. Y que originariamente el territorio provincial contaba con dos millones setecientas mil hectáreas de selva subtropical, quedando para el año 2005, menos de la mitad.   

Área mixta donde convivían la selva con las nuevas plantaciones de pinos

  

Las lluvias torrenciales, las pendientes y lo angosto de la calzada por donde circulaban gran cantidad de camiones, la mayoría de ellos con grandes cargas de maderas, han hecho que esta ruta se caracterizara por el alto grado de accidentalidad. Por lo tanto. para disminuir los riesgos, en algunos tramos habían agregado un segundo carril alternadamente en cada mano de la ruta. 

Tramo de dos carriles en la mano en dirección a Posadas

  

Pero en ciertos sectores, la falta de demarcación y la tierra arcillosa que cubría el asfalto la convertían en una verdadera pista enjabonada durante los días de lluvia. 

Suelos lateríticos arcillosos que convertían a las banquinas en un barrial

  

La provincia siempre se había caracterizado por la pobreza rural extrema, pero el proceso de reforestación, seguido de la deforestación previa, había pauperizado más aun a las familias, que eran reemplazadas por pinos, obligándolas a migrar a los centros urbanos, formando así cada vez mayores cordones de marginalidad, muy a pesar del argumento de las empresas forestales que prometían gran cantidad de puestos de trabajo. De esa manera las empresas se habían quedado con las tierras dando lugar a la latifundización promovida por el estado a través de subsidios. 

Población rural en vías de extinción que pasará a conformar los cinturones de pobreza urbana

  

Por otra parte, las condiciones de trabajo de los obreros forestales eran realmente deplorables. No solo por los contratos informales y discontinuos, sino que los agrotóxicos que se aplicaban eran de los más dañinos para la salud humana, y no se les brindaba a los trabajadores una mínima norma de seguridad como ropa adecuada y máscaras. Desde ya que a los que presentaban quejas no se les ofrecía más trabajo.

Pero, además, la falta de conocimiento hacía que, al llegar al hogar, la ropa de trabajo, absolutamente contaminada fuera lavada junto con las demás prendas del grupo familiar, muy cargado de niños en la mayoría de los casos.  

La ropa de trabajo se mezclaba con las prendas del resto de la familia

  

A medida que avanzábamos aumentaba la densidad de camiones en ambos sentidos de la carretera, lo que comenzaba a complicar el tránsito. 

Camiones en las pendientes pronunciadas de la ruta 12

  

Y durante un largo rato los choferes del micro no tuvieron más remedio que permanecer detrás de uno de los camiones, ya que el doble carril se encontraba en la otra mano de la carretera, y era demasiado riesgoso adelantarse. 

Con mucha paciencia permanecimos largo rato detrás del camión

  

Pero al margen de los problemas de tránsito que generaban, un integrante de Cuña Pirú, definió a esos camiones como “…carros fúnebres que pasean al monte sobre ruedas”. 

Camión ingresando a la ruta en las proximidades de una curva cerrada

  

Era realmente chocante observar la homogeneización del paisaje en una región que justamente se había distinguido por su biodiversidad. Pero la rentabilidad económica se basaba en los bosques de una misma especie, la mayoría de los cuales eran pinos de origen norteamericano, con el fin de simplificar las tareas de procesamiento y unificar los mercados. 

Homogeneización del paisaje mediante la plantación de pinos

  

Cada vez se hacían más frecuentes los aserraderos, verdaderos cementerios del bosque, donde podían observarse grandes pilas de árboles del mismo tipo.  

Aserradero ubicado a la vera de las plantaciones

  

Avanzando en el camino, y ya a algo más de ciento veinte kilómetros de Iguazú, ingresamos a la ciudad de Montecarlo, conocida como la Capital Nacional de la Orquídea, también producto de la inmigración alemana, aunque de un tamaño mucho menor que Eldorado.  

Montecarlo, Capital Nacional de la Orquídea

  

Más al sur, arribamos a Puerto Rico, característica por la cantidad de lapachos y palmeras en sus calles, y también colonizada por alemanes en las primeras décadas del siglo XX. 

Calle de la ciudad de Puerto Rico, en la provincia de Misiones

  

El paisaje se mantuvo tal cual, hasta llegar a Garupá, localidad cercana a la ciudad de Posadas, donde la empresa Crucero del Norte tenía su terminal propia, su taller, panadería y comedor. Y allí bajamos para cenar, momento a partir del cual se hizo de noche y no pude tomar más fotografías, pero no por eso dejé de prestar atención sobre el camino.

Pasamos por la terminal de ómnibus de Posadas, y luego nos dirigimos hacia el sudeste para tomar la ruta nacional número 14, que bordeaba el río Uruguay.

Siendo ya muy tarde me dormí. Pero al pasar la localidad de Paso de los Libres, en la provincia de Corrientes, me volví a despertar a causa de las constantes frenadas, debidas a que el tránsito había aumentado su densidad de una manera desmedida por la cantidad de camiones de gran longitud procedentes de Brasil. Y si bien muchos llamaban a ese tramo la “Ruta del Mercosur”, otro apelativo era lamentablemente más representativo, y era el de “Ruta de la Muerte”, debido a la cantidad y gravedad de los accidentes que registraba.

Recién al sur de Entre Ríos, la 14 se convertía en autopista, lo que me generó nuevamente cierta tranquilidad como para conciliar el sueño. Pero ya faltaba relativamente poco para que amaneciera, y a primera hora de la mañana estábamos llegando a la terminal de ómnibus de Retiro en la ciudad de Buenos Aires, después de diecisiete horas de un interesante e instructivo recorrido.