lunes, 19 de junio de 2017

En San Clemente del Tuyú



En enero de 2003 fui a pasar unos días de vacaciones a San Clemente del Tuyú con mis hijos Martín y Joaquín, y mi nietita Ludmila de sólo once meses.
Nos ubicamos en un departamentito a una cuadra del muelle de pescadores, tal como me lo había pedido Joaco. Él compartía con nosotros algunos momentos de playa, pero gran parte del día y de la noche se iba a pescar.
Así que tanto Joaco como Martín y la beba, se lo pasaron comiendo corvinas almuerzo y cena, absolutamente todos los días. Menos mal que se me había ocurrido llevar un recetario para variarles el menú, aunque más no fuera, en la forma de preparación. Pero como a mí no me gusta nada que salga del mar, tenía que salir a comprarme alguna carne alternativa.

Ludmila, de sólo once meses


Ludmila descubriendo conchillas en la playa de San Clemente


San Clemente, si bien era una pequeña población durante todo el invierno, en el verano se cargaba de turistas debido a la gran superficie de arena y a que sus aguas eran relativamente menos frías que otra de la costa bonaerense.
Y si bien era un lugar bastante tranquilo, tal como sucedía en otros centros de veraneo, la mayor parte de la gente salía a “dar la vuelta al perro” caminando o en el auto, concentradamente en la calle principal, al bajar el sol de regreso de la playa. A mí eso me asustaba porque en ese entonces Martín (11) le tenía mucho miedo a los perros, y corría el riesgo de salir corriendo, pero cochecito en mano, hacía un gran esfuerzo para superarlo con el fin de cuidar a Ludmila.
Muy cerca de San Clemente se encontraba el parque Mundo Marino, donde una tarde concurrimos para poder observar tanto ejemplares de la fauna marina, como espectáculos destinados a los niños. Y si bien la presentación de la orca fue, sin duda, lo más impactante, a Martín lo que más le gustó fue el show de los delfines.

Martín en Mundo Marino


Martín en un puentecito colgante


Al cabo de unos días, tanto por variar un poco la rutina playera como por curiosidad personal, fui con Martín y Ludmila al parque Bahía Aventura, a pocos kilómetros del lugar, donde se encontraba el faro San Antonio sobre el cabo del mismo nombre, en la punta Rasa, límite sur de la desembocadura del río de la Plata en el océano Atlántico. El origen del topónimo procedía de la expedición de Hernando de Magallanes en el siglo XVI, ya que el cabo fuera descubierto por la nave capitana “San Antonio”.
Primeramente, deambulamos por el Parque y nos internamos en un bosque que nos protegió de los fuertes rayos solares, para después dirigirnos hacia el imponente faro.

Martín llevando a Ludmila en el cochecito en el parque Bahía Aventura


Añoso bosque permanentemente forestado


No había salida de Martín sin pochoclos


En uno de los muros había una placa y un mapa como referencia a los límites establecidos por el Tratado del Río de la Plata, firmado en el año 1973.


COMISIÓN ADMINISTRADORA DEL RÍO DE LA PLATA
LÍNEA PUNTA DEL ESTE – PUNTA RASA (CABO SAN ANTONIO)
HITO TESTIGO – PUNTA RASA
TRATADO DEL RÍO DE LA PLATA Y SU FRENTE MARÍTIMO


Mirador del cabo San Antonio


Durante la visita guiada nos dieron detalles de las características e historia del faro de San Antonio, que había sido habilitado por la Armada Argentina en 1892.
Su estructura constaba de una torre metálica tipo trípode o tronco piramidal, a rayas horizontales negras y blancas, teniendo una altura de cincuenta y ocho metros; y tenía una potencia de novecientas candelas, con alcance luminoso de nueve millas. Nos comentaron que no solía repetirse el diseño de los faros de todo el mundo; y que los casos excepcionales se encontraban en costas muy alejadas unas de otras, para que no pudiera existir confusión por parte de los navegantes.
Y si bien había una escalera caracol de doscientos treinta y nueve escalones para ascender, habían incorporado un elevador externo para doce personas, por lo que pude llegar a lo más alto del faro, y desde un mirador de cristal, apreciar la bahía de Samborombón, la punta Rasa, el arroyo San Clemente, y la costa de marismas.

Parte superior del faro de San Antonio


Faro de San Antonio en su base


La desembocadura del río de la Plata en el océano Atlántico desde el faro San Antonio


Punta Rasa en el cabo San Antonio, límite sur de la desembocadura del río de la Plata


La margen sur del río de la Plata, próxima a su desembocadura, se caracterizaba por la formación de marismas. Una marisma es un ecosistema húmedo con plantas herbáceas que crecen en el agua, que puede ser tanto salada como dulce, y en este caso, era salobre, debido a las ingresiones permanentes del mar sobre el río.
Las marismas son muy importantes para la vida salvaje siendo uno de los hábitats preferidos para la vida tanto de diminutas algas planctónicas como de variada fauna, fundamentalmente de aves. En el parque Bahía Aventura protegían los humedales por considerarlos lugar de recepción de las aves que venían desde el hemisferio norte.
Dentro de los ecosistemas de las playas, dunas costeras y marismas, se encontraban diversas comunidades vegetales adaptadas a esos ambientes que sufrían continuos cambios como inundaciones por mareas, desecaciones, temperaturas elevadas en veranos, alta salinidad, fuertes vientos, y continuas y fuertes ráfagas de arena. Y allí, además de la gran diversidad de aves, abundaban los cangrejales, reptiles como la yarará o víbora de la Cruz, y mamíferos como gatos monteses, zorros grises, hurones, comadrejas, cuises, y tucu-tucus.

Marismas del cabo San Antonio


Agua salobre en las marismas del cabo San Antonio


Un gran meandro de uno de los afluentes del arroyo San Clemente


Marisma en la desembocadura de uno de los tantos arroyuelos


Diversidad de aves, reptiles y mamíferos en las marismas del río de la Plata


Vista panorámica de la bahía de Samborombón


El camino hacia San Clemente desde el faro San Antonio


El cabo San Antonio y las playas de San Clemente eran equivalentes desde el punto de vista hidrográfico, a Punta del Este, en la margen norte del río de la Plata. En dicha ciudad balnearia uruguaya, también las aguas dulces y saladas se confundían permanentemente según las crecidas del río, las mareas y el sistema de vientos.

sábado, 17 de junio de 2017

A Neuquén por las Jornadas Nacionales sobre La Región

  
La noche del 19 de noviembre de 2002, Omar y yo subimos en la terminal de ómnibus de Retiro a un coche cama rumbo a la ciudad de Neuquén. Sirvieron la cena, y mientras pasaban una película me dormí profundamente. Cuando me desperté, ya estábamos en la ciudad rionegrina de Cipolletti, justo enfrente, río Neuquén de por medio, de nuestro destino.
Buscamos un alojamiento de nivel medio, pero en la capital neuquina, todo era muy caro, y no existían temporadas bajas. Evidentemente los petroleros eran quienes levantaban los precios de todo por su capacidad adquisitiva. Así que nos ubicamos en un hotel de la zona comercial adyacente a la terminal de ómnibus, pero que a pesar del precio y de su fachada dejaba bastante que desear.
Ese día comenzaban las Jornadas Nacionales sobre “La Región: un ámbito para la Planificación y la Acción”, en la Universidad Nacional del Comahue, y si bien la actividad estaba a cargo de varios colegas de esa universidad, el Prof. Julio Anguita era quien llevaba la batuta. Nosotros tendríamos las funciones de moderadores y expositores por lo que le dedicamos todo el tiempo. Las discusiones fueron tan fuertes como interesantes, y conocimos a gente muy valiosa, que trataba el tema de la región desde diferentes disciplinas y puntos de vista.
En los escasos momentos libres salimos a caminar por la ciudad. Yo conocía Neuquén desde casi treinta años atrás cuando estaba en su mejor momento, con un gran movimiento, y mucha esperanza en las calles. Pero, en los últimos tiempos, la notaba cada vez más caída, y sin duda, esto se debía a las crisis que le habían impactado, tanto la referida a la actividad frutícola del Alto Valle del Río Negro, como a la privatización de YPF en manos de Repsol. Por otra parte, la estación de ferrocarril que ya no funcionaba, y que fuera una de las utilizadas por el famoso tren zapalero, era otro indicio de las consecuencias de las nefastas políticas económicas llevadas a cabo durante la década de los ’90.
Una de las cosas que nos llamó la atención fue no sólo que había menos librerías, sino la gran cantidad de clínicas privadas especializadas en cirugía plástica. Obviamente la población local no era suficiente mercado para una localización de ese nivel. Pero lo que ocurría era que debido al tipo de cambio que las beneficiaba, una gran cantidad de chilenas cruzaban la Cordillera para hacerse el lifting en la ciudad de Neuquén, en manos de profesionales de Buenos Aires, que viajaban periódicamente. Es decir, que se utilizaba el territorio simplemente como un lugar de encuentro. Y para eso, en muchos casos, se organizaban actividades académicas o empresariales, a las cuales asistían los hombres mientras sus mujeres renovaban su apariencia.
Las Jornadas se cerraron el viernes 22 al mediodía con un servicio de lunch donde aprovechamos para hacer un brindis por el Día del Geógrafo. Pero, además, yo ese mismo día cumplía medio siglo y nunca había pasado esa fecha sin apagar velitas. Por lo tanto, compramos una torta y fuimos a hacer un mini e improvisado festejo a la casa de Gerardo de Jong y Susana Bandieri.
Al día siguiente Julio nos llevó en su auto a recorrer diferentes localidades que ya habían quedado unidas a Neuquén Capital, debido a un crecimiento demográfico más que acelerado, aumentando así su marginalidad, que en muchos casos era extrema. Pero cuando llegamos a Cinco Saltos, lugar de su residencia, el impacto fue mayor. Cinco Saltos era una localidad que si bien pertenecía a la provincia de Río Negro, siempre había sido una pequeña perlita de sosiego a tan sólo veinte kilómetros del conurbano neuquino. Pero se había convertido en un lugar semejante a los barrios más peligrosos de Nueva York. El deterioro social era tremendo, tanto en jóvenes de bajos recursos como de quienes pertenecían a familias de buen pasar. Los graffiti, las jeringas y los rostros con miradas perdidas, así lo demostraban.
Antes de tomar el micro de regreso, Julio nos despidió con una cena en un restorán tan sencillo como bonito en el Centro de Neuquén. Nosotros habíamos mantenido con él una muy buena relación por años, ya que muchos sábados almorzábamos juntos en Mar del Plata, después de dictar nuestras respectivas clases en la Universidad. Julio, al margen de su gran responsabilidad, mostraba un gesto adusto en el aula, pero fuera de ella era muy abierto y divertido. Y era un placer conversar con alguien que no perdiera el sentido del humor a pesar de los malos tragos que le habían tocado vivir.


miércoles, 30 de noviembre de 2016

El Encuentro de Puerto Iguazú


En setiembre de 2002, pese a la crisis que se estaba viviendo en el país, pudo llevarse a cabo en Puerto Iguazú, el Cuarto Encuentro Internacional Humboldt. La salida de la convertibilidad afectó considerablemente los bolsillos de los argentinos, que en muchos casos, quedamos endeudados en dólares. Además, en algunas provincias comenzaron a emitir bonos que no tenían valor fuera de ellas y tampoco servían para hacer compras en empresas nacionales o privadas. Pero esta situación que impidió la asistencia de geógrafos de provincias próximas como los casos de Formosa y Entre Ríos, entre otras, favoreció la llegada de los extranjeros por el abaratamiento de los costos argentinos. Y si bien el Encuentro contó con la participación de chilenos y mexicanos, tal como había ocurrido en otras ocasiones, la mayor participación por cercanía y diferencia de precio fue la de los brasileros. En esa ocasión también contamos con la presencia de José Panadero Moya, de la Universidad de Castilla La Mancha, España.
Además de las conferencias, paneles, talleres y presentación de ponencias aprovechamos para realizar algunas salidas con el fin de que los participantes pudieran conocer la realidad geográfica del lugar.
Puerto Iguazú (Argentina) era una de las ciudades de la Triple Frontera, las otras eran Foz do Iguaçu (Brasil) y Ciudad del Este (Paraguay). Allí confluían los ríos Iguazú y Paraná, y desde el monolito de Argentina, se podían ver los de los otros dos países, sin ninguna dificultad.
Pero la principal atracción fueron las Cataratas del Iguazú, cuyo recorrido comenzaba con un trencito denominado “ecológico”, pese a la cantidad de árboles que habían talado para construirlo y que a mi entender era mucho más agresivo que las formas de arribo anteriores. Por otra parte, las pasarelas metálicas, oxidadas al poco tiempo de haber sido instaladas no me parecían una buena idea, prefiriendo las anteriores de madera; y el Hotel Sheraton dentro del Parque Nacional, un verdadero elefante blanco. Durante muchos años, Argentina ejerció protestas contra Brasil por el helicóptero que utilizaban para sobrevolar las Cataratas con fines turísticos, y ahora teníamos el Aeropuerto Internacional, donde se tiraban petardos para ahuyentar a las aves, y que, con el ruido de los aviones de gran porte, espantaban a todas las que sobrevolaban a gran cantidad de kilómetros a la redonda. Téngase en cuenta que muchas de ellas eran las que realizaban la polinización dentro del Parque, que era prácticamente la única parte de la provincia de Misiones en que podíamos encontrar el bioma selva o bosque subtropical. Tampoco se prevenía a los turistas para que evitaran hablar fuerte o gritar, y pareciera que con la intención de tapar los sonidos naturales del lugar (caída de las aguas y canto de los pájaros), vociferaran con más intensidad que en otros paseos. Algunos hicimos el recorrido por las Cataratas durante el día, y otros, aprovecharon que en esos días había luna llena y lo pudieron disfrutar de noche.
Otra de las salidas propuestas era el cruce a Brasil para poder ver las Cataratas desde el mirador, y visitar la represa de Itaipú que se encontraba sobre el río Paraná y la compartían Brasil y Paraguay. El problema se nos presentaba con los mexicanos ya que necesitaban visa para ingresar a Brasil, por ser miembros del TLC (Tratado de Libre Comercio), y al no estar al tanto de esta programación, no la habían gestionado. Además, deberían haber pagado cien dólares, tal cual como si fueran estadounidenses. Entonces le pedimos al Cónsul de Brasil en Puerto Iguazú, quien estaba participando de nuestro Encuentro, que les extendiera algún permiso especial para pasar a Foz, sólo por algunas horas. Él nos dijo que para poder hacer eso, debía mandar a pedir ese permiso a Brasilia y esperar que formalmente le contestaran, y que ese trámite no llevaría menos de un mes, pero nos confirmó que no íbamos a tener problema en pasar igual, ya que nadie controlaría.
Salimos en dos camionetas con alrededor de quince personas cada una. Íbamos argentinos, brasileros, chilenos y mexicanos. Llegamos a la frontera del lado argentino y sin que nos bajáramos, nos dieron una caja de zapatos para que pusiéramos nuestros documentos adentro. Así, lo hicimos y el agente se los llevó a la oficina. No pasaron ni cinco minutos y volvió. Pensamos que habría algún problema. ¡Pero noooo! Nos hizo la venia, y nos dijo que ya los habían controlado y que estaba todo en orden. ¡Mentira! No hubo tiempo material para poder revisarlos. Y así cruzamos el puente. Del lado brasilero, nos saludaron gentilmente y nada más. Así pudimos sacar fotos de las Cataratas y recorrer la represa. Además, en Itaipú nos mostraron un documental con la historia de toda la obra. Caminamos por Foz do Iguaçu y tomamos algo fresco, pero todo estaba muy caro para los argentinos devaluados.
Al día siguiente en Puerto Iguazú se largó una de esas tormentas tropicales, en que era muy abundante la cantidad de agua y caía con mucha fuerza. Recuerdo que nuestro colega Vladimir Misetic se había ido al patio del hotel a disfrutar de la lluvia. Para él estar en un lugar donde llovían más de dos mil milímetros anuales era fascinante, porque residía en Antofagasta, pleno desierto chileno.
Todas las noches íbamos a caminar por Puerto Iguazú, que, a diferencia de su gemela brasileña, era una ciudad muy segura y conservaba sus locales abiertos hasta tarde a la noche. En esa región, por ser fronteriza, se mezclaban platos de uno y otro país, así que además de frutas y verduras tropicales, muchas veces salíamos a comer galetos, que se trataba de pequeños trozos de carne de vacuno o pollo y verduras, clavados en pinches de madera y asados.

Ese Encuentro que contó con alrededor de ciento cincuenta personas, permitió un mayor acercamiento con nuestros colegas y desde entonces, establecimos grandes amistades con muchos de ellos.

martes, 29 de noviembre de 2016

La Triple Frontera

  
Después de cuatro años regresé a la Triple Frontera llevando a mi hijo Martín de once años, quien sufría Síndrome de Autismo; y pensé que una nueva visita a las Cataratas podría agradarle mucho.
Nos hospedamos en la Residencial Paquita, frente a la terminal de ómnibus, que era un lugar modesto pero limpio y cómodo. Y aprovechando la suave temperatura del invierno, salimos a hacer una larga caminata. Pasamos por el puerto y luego fuimos hasta el punto tripartito. Desde el monolito argentino pudimos ver claramente la confluencia de los ríos Iguazú y Paraná, y los mojones de Brasil y de Paraguay.
Al día siguiente salimos hacia el Parque Nacional Iguazú. Al llegar tomamos el trencito “ecológico” cuya construcción demandó la tala de gran cantidad de árboles del Parque. El Hotel Cataratas abandonado, el Sheraton cual elefante blanco en medio de la selva y las nuevas pasarelas metálicas oxidadas a pocos meses de inauguradas, me produjeron un enorme desagrado. Para mí, que conocía el lugar desde hacía casi treinta años, todo me parecía un horror. También noté la disminución de aves, cuyos gorjeos había podido grabar en viajes anteriores. Durante muchos años, Argentina protestó ante Brasil por un helicóptero que sobrevolaba las Cataratas con fines turísticos, y ahora, de nuestro lado teníamos un aeropuerto internacional cuyos sonidos se expandían por toda el área, amén de los sistemas para dispersar aves que se utilizaban por razones de seguridad aeronáutica. No obstante, traté de quitarme la mufa de encima y disfrutar de lo que mucho que aún quedaba.
  Pero a poco de comenzar el recorrido, en medio de las pasarelas, un gran número de mariposas anaranjadas y azules comenzaron a revolotear a nuestro alrededor. Y fue así como Martín sufrió una fuerte crisis con gritos agudos y endurecimiento de sus miembros, sin poder seguir caminando. Lo abracé muy fuerte y traté de calmarlo. Como las mariposas no se iban, permanecí así un buen rato hasta que finalmente logró llorar (algo muy difícil para un autista), y luego, lentamente se tranquilizó y comenzó a sonreir. Era como un shock de sensaciones que brindaba este paradisíaco lugar. Él se cerraba al mundo, y el mundo le entraba por los poros. Un verdadero sacudón. El impacto fue tan positivo que comenzó desde ese momento a disfrutar de muchas más vivencias, incluso cuando las abejas se posaban en su vaso de 7UP en que largaba una carcajada…
Para él, que sólo existía el presente, le permitió desde entonces, recordar el pasado y aunque con pocas palabras, contar lo sucedido. Es lo que siempre sentí, que este paisaje se le mete a uno muy adentro. Agua, sol, vegetación, animales, tierra roja…, ¡mucha vida! Imposible estar deprimido.
Estábamos en junio de 2002 y se estaba jugando en Japón la final del Mundial de Fútbol entre Brasil y Alemania. Por lo tanto, era un día muy especial para ir a Foz do Iguaçu.
Era increíble lo que se podía ver. Banderas que cubrían edificios de varios pisos, autos de buena marca y modelo, pintados de verde y amarillo, y absolutamente toda la gente cubierta con prendas, gorros y maquillajes en alusión al partido. Finalmente, Brasil se clasificó pentacampeón y la fiesta dio rienda suelta. Música, cantos, bailes, disfraces, comparsas, fuegos artificiales, semejaban un verdadero carnaval de invierno. Y como no podía ser de otra manera, las murgas cruzaban al lado argentino tirando petardos ¡por si no nos enteramos!, ya que la mayoría de los argentinos iba por los germanos. No era mi caso.
Nuevamente fuimos hacia el Puente de la Amistad, pero no a comprar nada, sino a observar y fotografiar, ya que me parecía un espectáculo felliniano.
Uno, dos, tres, otro, otro más, más y más camiones cargados de mercaderías cruzaban sin que nadie los controlara… Pero, algún turista desprevenido en un buen coche parecía el culpable de todos los males, y era revisado hasta los dientes. A algunos les desarmaban el tablero del auto, mientras a su lado pasaban multitudes cargando de todo en las manos, la cabeza y la espalda… La situación era realmente grotesca.
Ciudad del Este había crecido aún más y era el centro de compras de toda la región con un umland que abarcaba a Buenos Aires, Sao Paulo y Rio de Janeiro.
Tanto Ciudad del Este como Foz do Iguaçu presentaban altos grados de criminalidad, en especial de asesinatos referentes a mafias de contrabando de mercancías y prácticas ilegales con personas, ya fuera adultas o menores de edad.
Paraguay prácticamente carecía de industrias y recibía sin impuestos productos de todas partes del mundo, que en muchos casos se utilizaban como simples envases de sustancias que ofrecían mejor precio en el mercado.
Los medios de comunicación atribuían la inseguridad a la presencia de Bin Laden en la zona, lo que sinceramente sonaba al menos como ridículo, pero era la forma de justificar una base norteamericana.
Sin embargo, esta región, y en especial el Paraguay, no era solamente comercio ilegal y “malas costumbres”; era una zona muy rica en cultura, en especial la guaraní.
Tengo el convencimiento de que la expresión de la gente y en especial la música como forma de comunicación, reflejan la geografía en que se vive.
La música es una de las expresiones más singulares e identificadoras del Paraguay. Entre los siglos XVII y XVIII, los Jesuitas notaron que los guaraníes tenían buen talento musical, y en sus misiones los nativos se interiorizaban en la música europea con muy buenos intérpretes, aunque nunca compusieron. La misma apareció con connotaciones propias a mediados del siglo XIX. La Polca, que adoptó el nombre de un ritmo europeo, era la forma más típica, y tenía sus versiones ligeramente distintas en la Galopa, el Kyre’ÿ y la Canción Paraguaya. Los instrumentos principales eran la guitarra y el arpa.
Tanto en Misiones, Brasil como Paraguay, la gente gritaba al hablar y lo hacía velozmente. Tal vez necesitaban tapar con su voz los sonidos de la naturaleza. Las galopas, las guaranias, la batucada son rápidas, aparentemente alegres, aunque los temas que se interpreten sean tristes. Y esa era otra de las razones que me llevaban seguido a estas tierras.

Cuando estuvimos de vuelta en casa, para sorpresa de sus hermanos, Martín les dijo: “Cataratas…, mucha agua, mariposas anaranjadas, azules, ‘ovejas’ tomaban Seven Ap… Cohetes… ¡son los brasileros!!!"

lunes, 28 de noviembre de 2016

Nació Ludmila, mi primera nieta


En el mes de febrero de 2002, el país, y principalmente Buenos Aires eran un caos. La gente seguía en las calles caceroleando ya que los bancos continuaban con restricciones para retirar dinero, y a pesar de que el presidente Eduardo Duhalde había prometido devolver los ahorros en la moneda en que habían sido depositados, la realidad era que quienes habían puesto dólares, sólo veían pesos devaluados. Y si bien, en mi caso particular, yo no contaba con fondos en los bancos, mis cuotas de las tarjetas de crédito me las habían pasado repentinamente a dólares, cuatriplicando mis deudas.
Todo parecía ser el peor de los mundos. Y en ese ambiente político y económico tan complejo, el día doce llegó María Ludmila, mi primera nieta.

La situación no era para nada sencilla ya que tanto su papá, mi hijo Joaquín, como su mamá, Luciana, eran adolescentes; y, además de no contar con un ingreso suficiente para mantenerla, no tenían la madurez necesaria para afrontar semejante desafío. Sin embargo, Ludmila nos trajo nuevos aires de esperanza y fuerzas para llevar adelante el crítico momento, y sus progenitores asumieron, no sin dificultades, pero con mucho amor, buena voluntad, y apoyo familiar, la responsabilidad de su crianza.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Vacaciones en San Bernardo

  
Todos los eneros de Buenos Aires habían sido muy desagradables para mí. El calor asfixiante, húmedo, sin casi descenso por la noche, y para peor, la mayor parte de los espectáculos se desplazaban hacia los centros turísticos costeros o serranos, y la calle Corrientes, la que “nunca duerme”, dormía hasta la siesta. Pero aquel enero de 2002 fue especialmente lúgubre, ya que el país estaba sufriendo una de las crisis más duras de su historia. Buenos Aires estaba literalmente desierta. Los espectáculos suspendidos, y los cacerolazos continuaban en todas las plazas del país.
Y en ese clima de incertidumbre y pesimismo, yo decidí no suspender las vacaciones porque de lo contrario no tendría fuerzas para llevar adelante todo lo que se me vendría encima. Y paradójicamente, conseguí alquilar un departamento en el balneario de San Bernardo, algo que me había sido prohibitivo en otras oportunidades, ya que todo estaba vacío y “regalaban” las locaciones.
Fue así como partí en micro al lugar elegido junto con mis hijos Martín (10) y Joaquín (17), mi madre (78), mi tía Velia (88), y mi ex - suegra Anita (86), para ocupar un departamento en planta baja a tres cuadras de la playa.

Martín y su abuela Anita en la puerta del departamento


Digamos que el elenco no era para nada sencillo, pero la intención era pasarla bien; así que, siendo muy temprano y no estando aún abiertos los locales comerciales, mientras las mujeres mayores acomodaban sus cosas, salí con Joaquín y Martín a hacer un reconocimiento del lugar.
San Bernardo era un pueblo muy bonito, y contaba con frondosa arboleda en todas sus calles, lo que permitía hacer largas caminatas sin sufrir las consecuencias del fuerte sol del verano, además de tener una playa extensa y medanosa.

A la mañana temprano, sombrillas y sillas descansaban de tanta actividad del día anterior



Calles con frondosas arboledas


Mucho verde por todas partes


El mar poco después del amanecer


La extensa playa sin gente por la mañana temprano


El tiempo estuvo espectacular, por lo que alquilamos una carpa y todos los días íbamos a la playa.

Mi mamá, mi tía Velia y la abuela Anita rumbo a la playa


Mi mamá y mi tía Velia en la carpa y Joaquín acostado sobre la arena


Martín animándose, de a poco, a pasar entre la gente


La abuela Anita, disfrutando un montón


Martín jugando con la arena


El sol estaba muy fuerte, aunque el viento lo atemperaba



Martín rumbo al mar


De a poquito, Martín fue al agua…


Martín saltando de alegría


La abuela Anita saliendo del mar mientras Martín continuaba saltando


Con la abuela Anita


Martín comiendo galletitas al regresar del mar


Martín descansando junto a la carpa


Martín se portó muy bien, como generalmente lo hacía, pero en una oportunidad, a causa de la presencia repentina de un perro, cruzó raudamente la calle, momento preciso en que circulaba a toda velocidad una moto. De hecho, la calzada era suficientemente ancha como para que lo pudiera esquivar, pero nosotros exageramos el peligro y lo retamos mucho para que no volviera a suceder.

Martín volviendo de la calle después de que pasara velozmente una moto


Martín quieto después de recibir nuestro reto


Joaquín y yo nos encargábamos de hacer las compras con el fin de llenar las alacenas, y para que nada fuera una carga concentrada siempre en la misma persona, las demás tareas imprescindibles de orden y limpieza las jugábamos a las cartas como prenda; aunque mi mamá quiso reservarse el derecho a cocinar.

Área medanosa en las proximidades de San Bernardo


Y así pasamos quince días disfrutando del mar y de la tranquilidad del lugar, teniendo largas conversaciones, y tratando de hacer de todo una diversión, a pesar de las permanentes quejas de mi madre.


domingo, 30 de octubre de 2016

El Cacerolazo en Buenos Aires

  
Después de la hiperinflación que sufriera la Argentina a fines de la década del ’80, que obligara al presidente Raúl Alfonsín a entregar anticipadamente su mandato, se inició un modelo económico basado en un tipo de cambio fijo (uno a uno peso – dólar), privatización de empresas públicas y liberalización del sistema financiero.
En una primera etapa, la economía logró estabilizarse, aunque sólo en apariencia, con un importante consumo por gran parte de la población, que catapultó al presidente Carlos Saúl Menen en la presidencia de la nación por un segundo período a partir de las elecciones realizadas en el mes de mayo de 1995, lo que fuera conocido como “voto cuota”, ya que muchos tuvieron temor de que otro gobierno derogara la Ley de Convertibilidad, que había permitido controlar la inflación, y posibilitar viajes al exterior por parte de la clase media, como nunca antes había sucedido. Sin embargo, en 1997 el modelo comenzó a mostrar sus deficiencias, creciendo el desempleo y aumentando la brecha entre ricos y pobres; y para sostenerlo saludable se necesitaba del ingreso de divisas, lo que al principio fuera equilibrado a partir de la privatización de empresas estatales, pero ya vendidas las “joyas de la abuela”, no hubo de dónde obtener más dinero tanto debido a las falencias estructurales del programa económico como al bajo precio internacional de los granos, lo que hiciera necesario refinanciar la deuda a intereses más altos para poder mantener la estabilidad.
En diciembre de 1999 asumió Fernando de la Rúa como primer mandatario, en medio de una gran recesión, con el apoyo de la mayoría de la población que supuso que las cosas iban a mejorar, pero ocurrió exactamente lo contrario. El año 2000 fue muy duro, aunque la gente consideraba que había que darle tiempo al nuevo presidente. Pero a partir de 2001, la Argentina vivió una crisis económica, política y social de enorme envergadura y de imprevisibles consecuencias.
De la Rúa había decidido sostener la Ley de Convertibilidad, tal como lo había prometido en su campaña electoral, lo que provocó que la situación financiera fuera cada vez más crítica, aplicándose medidas como el “blindaje” o el “megacanje”, que consistían en endeudamiento exterior para darle oxígeno al modelo, lo que redundó en continuos cambios de ministros de economía.
El 4 de marzo José Luis Machinea fue reemplazado por Ricardo López Murphy, quien contó con fuerte apoyo de los mercados, mientras Fernando de la Rúa aseguraba que se cumplirían las metas pactadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y reafirmaba el sistema de cambio fijo que desde 1991 ataba el peso al dólar en paridad uno a uno.
El 16 de marzo el Gobierno anunció un nuevo plan económico que preveía un recorte en el gasto público por 1962 millones de dólares en 2001 y por 2485 millones en 2002, para combatir el abultado déficit fiscal, lo que originara la renuncia de tres ministros y seis funcionarios del FREPASO (Frente País Solidario).
El 20 de marzo, Domingo Cavallo, ex ministro de Menem, aceptó la cartera de Economía, tras la dimisión de López Murphy; y nueve días después, el Congreso le otorgó “superpoderes” con el supuesto fin de restablecer la economía.
El 16 de abril, lunes siguiente a las Pascuas, el Gobierno anunció que planeaba recortar 300 millones de dólares en el gasto para cumplir un déficit fiscal anual acordado con el FMI en 6500 millones.
Yo había pasado la Semana Santa en Suiza en la casa de mi amiga Alejandra Bonazzi, y allí me había enterado de que los bancos europeos le habían bajado el pulgar a Cavallo por considerar que no era democrático que un país tuviera un super-ministro, sin estar reguladas sus decisiones a través del Parlamento, por lo que no me sorprendieron las medidas que tomara el Gobierno para tratar de capear el temporal.
Por otra parte, cuando el martes 17 de abril me presenté a dar una charla ante los estudiantes de Geografía de la Université de la Bretagne Occidental, en la ciudad de Brest, en el oeste de Francia, me resultó increíble lo informados que estaban acerca de la situación de la Argentina, preguntándome antes de comenzar mi disertación: “¿Pour quoi Cavallo?”
Así que, teniendo una visión externa, y por lo tanto más acertada, de lo que iba a ocurrir en un futuro próximo, en cuanto regresé de Europa, insté a mis familiares quienes tuvieran dinero en los bancos, a que lo retiraran y lo guardaran bajo el colchón.
El 10 de julio Cavallo anunció que llevaría a cero el déficit público mediante recortes en el gasto; y el 30 de julio el Senado aprobó un recorte del 13% en salarios y pensiones públicas que superaran los 500 pesos (dólares).
Y así las cosas fueron de mal en peor por lo que el 19 de noviembre el Gobierno inició la masiva reestructuración de su deuda pública. El riesgo-país rozaba los 3000 puntos. Dos días después, Economía decidió prorrogar una semana el plazo de los tenedores locales de títulos para presentarse al canje de deuda, y unos días más tarde, retrasaba de nuevo el plazo hasta el 7 de diciembre para que los inversores “minoristas” pudieran participar plenamente.
Pero el 29 de noviembre la crisis llegó a un punto insostenible cuando los grandes inversionistas comenzaron a retirar sus depósitos monetarios de los bancos, y, en consecuencia, el sistema bancario colapsó por la fuga de capitales y la decisión del FMI de negarse a refinanciar la deuda y conceder un rescate.
El 3 de diciembre el Gobierno limitó a 250 pesos (dólares) la cantidad semanal que podría retirar cada ciudadano de su cuenta bancaria para frenar la fuga de capitales, medida que se popularizó con el nombre de “corralito” financiero. En mi caso, en que mi salario era de alrededor de 1000 pesos, desde ya, que no podía afrontar el pago de todas las cuentas que llegaban los primeros días del mes; y eso le sucedía a gran parte de la población. Yo en ese momento ya estaba separada, con cuatro de mis hijos viviendo conmigo y la casa en refacción. Lógicamente me endeudé terriblemente, porque los bancos no consideraron la situación para sus clientes, y los punitorios de las tarjetas fueron elevadísimos. Y si bien, ante tal situación, Cavallo amplió a 1000 pesos a la semana la cantidad de efectivo que podían sacar los argentinos y a 10000, el máximo que se podía sacar del país, esto no pudo cumplirse porque los cajeros automáticos estaban vacíos y las filas en las cajas eran interminables.
El 5 de diciembre el FMI decidió no conceder un préstamo de 1260 millones de dólares ante la falta de cumplimiento de las metas fiscales de Argentina. El Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) congelaron préstamos de 1230 millones de euros, por lo que el superministro admitió que el país había entrado en una “virtual” suspensión de pagos y se trasladó urgentemente a Washington a negociar con el FMI la concesión del préstamo, pero no lo consiguió.
El 13 de diciembre se hizo una huelga general contra las impopulares restricciones bancarias. Al día siguiente, dimitió “por motivos personales” el Viceministro de Economía, Daniel Marx. Mientras, Argentina cancelaba los 700 millones de dólares en obligaciones evitando así la suspensión de pagos. El FMI exigió al Gobierno un presupuesto 2002 “creíble” previendo un retroceso del PIB (Producto Interno Bruto) en torno al 1,4%.
En la madrugada del 18 de diciembre estalló una violenta ola de saqueos a supermercados, sobre todo en busca de comida, en todo el país, salvo en la Patagonia, llegando a la ciudad de Buenos Aires. Visto esto, los comerciantes bajaron las persianas en todas las grandes ciudades. Porque primeramente los blancos elegidos habían sido los grandes supermercados, pero en general, la vigilancia superior lo impidió. Luego, grupos de vecinos, muchos de ellos provenientes de las villas de emergencia, se decidieron por los medianos y los más pequeños que eran más vulnerables, y sobre todo los más chicos, que solían estar atendidos por la familia del dueño. La imagen de un propietario chino en Ciudadela, Wang Zhao He, llorando ante el minimercado vacío y diciendo en su difícil español: “En China, 1300 millones, no tanto lobo”, fue paradigmática de lo que estaba ocurriendo. Algunos comerciantes irritados dispararon, y causaron algunas muertes, y la policía con balas de goma hirió a más de cien personas, tirando gases lacrimógenos para responder a los piedrazos. Un padre explicando que no robaba, sino que buscaba comida. Otro con dos hijos en brazos y una anciana diciendo que sólo querían comer. Un muchacho diciendo que hacía dos años que no tenía trabajo y que debía mantener a su familia. Y escenas de gente caminando tranquila, a la salida de un supermercado, con cajas en la mano. Chicos sin miedo a la policía ni a los gases, o indiferentes.
Eran pasadas las diez y media de la noche del 19 de diciembre cuando yo iba caminando por la calle Tte. Gral. Perón con la intención de tomar el colectiva 50 al llegar a Rodríguez Peña, cuando me topé con una gran cantidad de gente amontonada en el interior y la vereda de un local de comidas económicas, con el fin de escuchar el mensaje que de la Rúa estaba por trasmitir. Y decidí sumarme yo también.
Primeramente, anunció la entrega de nuevas raciones de comida en todo el país, y a continuación, argumentando que habían acontecido en el país actos de violencia colectiva que implicaban un estado de conmoción interior, decretaba el estado de sitio, algo que, según establecía la Constitución, era función exclusiva del Congreso de la Nación cuando se encontraba en período de sesiones.
A las once de la noche el Presidente dejó la Casa Rosada después de verse por televisión, mientras todo el país se preguntaba qué pasaría en el Gran Buenos Aires, sin cámaras de televisión que pusieran un límite a la violencia y dieran visibilidad a la represión. Con esta medida, sin duda, intentaba amedrentar a los saqueadores y a los manifestantes, pero produjo el efecto contrario. De pánico se había pasado al repudio, incluso muchos habían interpretado el estado de sitio, que suspendía las garantías constitucionales, como un toque de queda, que impedía caminar de noche. Y la gente comenzó a salir de sus casas y correr hacia el Congreso con cacerolas, sartenes, espumaderas y tapas, golpeándolas sin parar. En Parque Chacabuco eligieron el gran árbol de Navidad para protestar juntos, y cuando se sumaros los vecinos de la villa 1-11-14 se juntaron miles y decidieron marchar hasta José María Moreno y Rivadavia, en el barrio de Caballito. En Santa Fe y Juan B. Justo cortaron la calle, lo mismo que en Boedo. El mismo fenómeno se verificó en Almagro, Villa Crespo, y hasta en Belgrano, donde salieron con las cacerolas de teflón. Y miles gritaban al compás de sus utensilios de cocina: - “¡Qué boludos, qué boludos, el estado de sitio, se lo meten en el culo!”
Ya avanzada la noche, desde todos los barrios la gente se dirigía a la Plaza de Mayo exigiendo la renuncia del presidente y comenzando a corear una consigna que caracterizaría al movimiento: “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!” Todo el país había tomado las calles. Esto se conoció como “el Cacerolazo”.
En Ocampo y Libertador, se juntaron cientos frente a la entrada del edificio donde vivía Cavallo y cortaron parte de la calle, dando origen a la renuncia del ministro a las tres de la madrugada.
En la mañana del 20 de diciembre se encontraban en la plaza de Mayo manifestantes predominantemente oficinistas, empleados, familias, y organizaciones como Madres de Plaza de Mayo y grupos piqueteros pertenecientes a la agrupación Quebracho. Y si bien estos últimos fueron quienes apedrearon las vidrieras de negocios y bancos, la represión fue generalizada, ya que la Policía Federal cubrió la plaza de un gas lacrimógeno que descomponía, sin respetar ancianos, mujeres embarazadas o niños. Esta represión, que fuera trasmitida por todos los canales de televisión y radio, e incluso por emisoras internacionales, en directo durante todo el día, lejos de amilanar a la población, generó que más grupos políticos y manifestantes ocasionales, se acercaran a la Plaza.
La mayor parte de las personas que participaron en las protestas fueron autoconvocadas, y no respondían a ningún partido político, sindicato u organización social estructurada. Durante el transcurso de las protestas, treinta y nueve personas fueron asesinadas en todo el país, por las fuerzas policiales y de seguridad, entre ellos nueve menores de edad, en el marco de la represión ordenada por el gobierno para contener las manifestaciones tras la instauración del estado de sitio.
En medio de semejante caos, siendo las cuatro de la tarde, el presidente De la Rúa, mediante un discurso trasmitido por cadena nacional, anunciaba que no renunciaría a la presidencia e instaba a la oposición y a otros sectores a dialogar. Y ante el fracaso de su propuesta, tres horas después dimitía saliendo de la Casa Rosada mediante el helicóptero.
En sólo diez días el país tuvo cinco presidentes, ya que de la Rúa fue reemplazado por Ramón Puerta, quien, como Presidente del Senado, ocupara el cargo por tres días hasta tanto la Asamblea Legislativa eligiera al sucesor, que resultó ser Adolfo Rodríguez Saá. El interinato de “El Adolfo” se caracterizó por la declaración de no pago de la deuda externa y por la conformación de un gabinete que no llegó a calentar los sillones, ya que, al no pretender dar cumplimiento a lo pactado con los caciques del peronismo, le quitaron el apoyo y terminó renunciando por televisión desde San Luis, el 29 de diciembre. Entonces le llegó el turno a Eduardo Camaño, Presidente de la Cámara de Diputados, quedando como Presidente de la Nación el 31 de diciembre hasta la mañana siguiente, pasando la noche de Año Nuevo en la Rosada. Y finalmente, el 2 de enero de 2002, Duhalde asumió la presidencia, cargo para el que fuera elegido por la Asamblea Legislativa para un período de dos años, hasta completar el mandato.
Y fue precisamente en el momento en que asumió en que Duhalde pronunciara su célebre frase: “(…) quien depositó pesos, recibirá pesos, y quien depositó dólares, recibirá dólares”.
Las semanas de las Fiestas todo estaba desolado. La avenida Corrientes, la que nunca dormía, dormía hasta la siesta. Negocios, restoranes, cines y teatros vacíos, o directamente cerrados. Y desde ya, rotas las cadenas de pagos.
El 1ro. de febrero el Supremo argentino declaraba inconstitucional el decreto firmado por el ex presidente de la Rúa que limitaba la extracción de dinero (corralito).
El 3 de febrero, forzado por la escasa confianza con el FMI y las empresas extranjeras, el Gobierno anunció un nuevo paquete de decisiones. Entre ellas destacaba la flexibilización del corralito, aunque no su desaparición. En concreto, a partir del 6 de febrero, los argentinos podrían acudir al banco para retirar de golpe sus salarios, así como las indemnizaciones por despido y las jubilaciones. Además, se confirmaba la pesificación de la economía (las deudas, depósitos y contratos privados se convertirían de dólares a pesos, y la cotización de éste fluctuaría libremente con respecto a la divisa estadounidense). Sin embargo, no podían retirar ahorros, a menos que tuvieran como destino la compra de una propiedad dentro del país, amén de que, a pesar de las promesas de Duhalde, quienes habían depositado dólares, recibieron pesos devaluados.
El Cacerolazo masivo siguió prácticamente hasta el mes de marzo debido a la crisis que continuaba y se profundizaba por la falta de efectivo, la incertidumbre, el temor a volver a poner dinero en los bancos, y a la ola de despidos en la Administración Pública Nacional. Sin embargo, lamentablemente se cumplió lo que había anunciado Duhalde: “¡Ya se van a cansar!” Y así fue.
Continuaron las asambleas populares en los barrios, y surgieron como hongos después de la lluvia, una gran cantidad de locales y ferias donde se imponía el trueque de mercancías tanto nuevas como usadas, además del intercambio de servicios. Un verdadero desastre.